Expediente

Una ventana a lo real

Era un funeral con ataúd abierto, el escenario más duro es enfrentarte cara a cara con un cadáver  que te confirma el dominio que la muerte tiene para transfigurar un cuerpo. Habían pasado solo doce horas desde el fallecimiento de mi abuelo y ya estábamos, con toda la familia, reunidos para las exequias.  Mi madre, tan temerosa siempre, se acercó tímidamente a despedirse frente al féretro, lo vio y desconsolada dijo:

— ¡Él no es mi padre!

— ¡Él no se veía así!

El confinamiento por el Covid-19 me tomó por sorpresa, aunque ya las noticias internacionales nos habían advertido que era una pandemia y era imparable. Incluso cuando al funeral de mi abuelo (luego de solo un par de horas de haberse confirmado el primer caso en mi país) varios primos asistieron ya con mascarillas, me resistí a creer que la vida cotidiana se vería afectada. Estaba pendiente de una posible contratación que me permitiría tener algo de estabilidad laboral unos meses, tenía por delante varios proyectos de escritura, aún incipientes, pero esperaba que tomaran forma durante este año, y me preparaba para un viaje a un festival de poesía en un país lejano y enigmático. Como es fácil de suponer, el trabajo no se concretó por la agravada crisis económica que terminó destapando la emergencia sanitaria, los proyectos editoriales están suspendidos porque, así como muchas otras empresas, las editoriales están aterradas por su futuro y prefieren pausar sus inversiones, finalmente no hay fronteras abiertas, ni panoramas que nos indiquen cuando volveremos a juntarnos en un encuentro masivo de arte.

El funeral ocurrió el 29 de febrero, y desde ese mismo día ni la ciudad ni el país han vuelto a ser los mismos. Ha sido paradójico ver la muerte de mi abuelo como un hecho afortunado por haberse dado en el umbral del estallido de la pandemia que llegaba a Ecuador y con especial fuerza en Guayaquil. Luego de esa semana, las cifras de contagios se multiplicaron vertiginosamente y, aunque el gobierno repetía que los fallecidos eran apenas un número ínfimo, cientos de mensajes y llamadas de mis conocidos me comunicaban lo contrario: hospitales caotizados, miles de médicos contagiados y lo impactante: el sistema mortuorio colapsado; como resultado éramos una morgue abierta, la ciudad entera lo era. En esa semana cursaba un taller de crónica con un escritor español, y mientras recopilaba información para mi trabajo final me recorría a menudo una helada corriente por el cuerpo, las noticias de primera fuente me desalentaban abismalmente. Afuera la muerte. Adentro el miedo.

Me siento a contemplar el nuevo panorama, presiento que soy parte de un nuevo enjambre virtual: un usuario más online que para sentirse conectado con los demás se acomoda en una cuadricula junto a otros rostros en la pantalla que, al igual que yo, evidencian lo agudo de esta nueva normalidad. Pienso en mi madre, siempre tan aferrada al sufrimiento, apenas ha comentado algo sobre la pérdida de su padre, ni me ha escrito llorando que ahora es huérfana y que se siente abrumadoramente sola. Así como ella, hay miles de ecuatorianos que llevan el duelo contenido porque la prioridad ahora es la supervivencia propia y la de nuestras familias, luego, el poder alimentarlos y después, llorar a nuestros fallecidos. Sigo obsesionada con los relatos tan visuales que abundan en los chats y las redes sociales. Hijos entrando a la morgue para abrir fundas, tratando de encontrar el cuerpo de sus padres, sus abuelos o tíos. Algo se ha roto en Guayaquil, algo irreparable. La consideración y el escrúpulo con el que veíamos la muerte no tiene lugar últimamente.

Intento mantenerme conectada a mis viejas rutinas, aunque estas parezcan imposibles por la particularidad en la que nos encontramos: medito, me ejercito, cuido de mi hija y mi mascota Fibi, las alimento y me siento a trabajar, escribir le da sentido al encierro permanente. Al ser la única adulta de la casa preferí, durante el primer mes y medio, no salir ni a realizar las compras y relegar esas tareas a los servicios de mensajería, racionar la comida para tener el mínimo contacto con los otros. Todo lo externo: está allá lejano e intocable. Mis afectos: adentro y tangibles.

Ser crítica de arte de profesión y poeta por una especie de suerte me ha hecho vivir momentos de desolación con frecuencia, tal vez por eso el encierro lo llevo con algo de conformidad; no me ha sido tan difícil como a otros de mi círculo cercano. Lo doloroso es el miedo, saber que la muerte persigue a mis amigos y familiares allá afuera, y que mientras las familias ecuatorianas exigimos respeto y decoro para tratar a nuestros enfermos y nuestros muertos, el gobierno y sus elementos han robado del presupuesto de salud, han tomado este tiempo para disputas y para enjuiciar a sus enemigos políticos, mientras tanto, el sistema educativo y el económico se desmoronan como un bocado de masa crumble. Me niego a aceptar que la cultura y el arte siempre tengan que ser castigados por las crisis generadas por el mal manejo de nuestros capitales estatales. Me ofende que se tome del presupuesto de la educación para paliar las deudas y que se aprovechen de un estado de emergencia para destruir derechos ganados por años. ¿Cómo se duerme cuando duele por tantos frentes?

Sin embargo, cada noche, cuando mi niña ya duerme, me siento con una taza de té a escribir (si es que no me he dormido yo primero), documentar bajo cualquier signo lo que sucede lo he tomado como un deber. Sueño con escribir una novela donde unos villanos con caras conocidas controlan el poder mundial, nos han limitado a través del miedo de un virus mortal, una mentira que se alimenta con muertes seleccionadas para cernir a la población. Una sociedad sin inconformes en las calles luchando por los demás, ni vínculos afectivos más allá del que establecemos con nuestra familia más cercana. Un exilio inmanente. Esta idea ronda mi cabeza de día, de noche me digo que es una gran tontería, tantos buscando la gran novela sobre la pandemia, entonces cierro la página que ya se ha llenado de líneas y, agradecida, vuelvo a ese sitio a destiempo, siempre bienvenida con cobijo y siempre cálido: la poesía.

 

Guayaquil, Ecuador