Expediente

También los enanos comenzaron albinos

Ordenando hace poco las fotos sobre el manicomio de Mazorra que la fotógrafo cubana Damaris Betancourt hiciera en 1998 ―proyecto de un libro próximo a salir en la editorial Rialta―, me di cuenta de que existe algo que podríamos llamar “intimidad compleja”, o plana, o desbordada, que responde a aquellos seres que desconocen el pliegue social, o que lo conocen pero a conveniencia lo ignoran, y están siempre expuestos al ojo-otro, el ojo que marca ese horizonte donde nos movemos y escondemos todos: el ojo termómetro.

Y si hablo de Diez días en Mazorra, la serie de Damaris, no es porque crea que ella, con sus imágenes, viola algo (ese algo donde el ontos de alguien se revela), sino porque viendo esa galería de rostros, gestos, bocas, cigarros, no podía dejar de pensar que toda la intimidad de estas personas estaba muy atravesada por su propia imagen, por lo que de ellos cabe en una foto, como si el túnel, ese túnel muchas veces en forma de pulpo que en la mayoría de nosotros avanza desde el exterior hacia adentro, estuviera en algunas personas quebrado, discontinuo, roto, o sencillamente no existiese, y su relación con el mundo se estableciera entonces de manera perversa, sin medias tintas.

¿No es radicalmente el loco: el loco fotogénico, el loco Artaud, el loco que se corta los testículos y se los come…, ese loco que es toda frontalidad y ha huido de la multitud para ganar un rostro que de otra manera sería imposible tener; el loco perverso en sí (entendiendo como perversión precisamente esa imposibilidad de construir un tono y una conducta apropiada para cada momento o lugar)?

Algo de esto tiene que haber intuido Roland Schneider, el conocido fotógrafo suizo, en Zwischenzeit, el libro de fotografías que hizo durante su propia reclusión en 1987 en un manicomio de Berna. Un manicomio que él mismo describe como sucio, despintado, poco higiénico y marrón (color café y caca), antes de añadir:

 

¿Qué es lo que me permite fotografiar aquí? ¿Quién soy yo, parado en medio de estas personas tomando fotos? ¿Quién me da permiso para fotografiar sin piedad a estos humanos (personas), sin preguntarles? Pero ni siquiera sabrían lo que estoy preguntando. Solo hablan su propio lenguaje confuso e ininteligible. Aquí y allá algunas palabras se parecen a las que uso. ¿En qué tipo de posición estoy aquí? ¿Un loco como ellos? ¿Un visitante capaz de moverse y salir cuando quiera? ¿Una especie de turista con cámara? ¿O el voyeur que se daña con otros?

 

Preguntas que, si nos fijamos bien, apuntan todas hacia un solo lugar, hacia esa intimidad desbordada que mencionaba antes y de algún modo todos nos hemos hecho alguna vez, por lo menos antes de decidirnos a afectar a alguien, a invadir ese afueradentro que representa la personalidad de algunos.

Schneider, a nivel iconográfico, resuelve todas sus dudas con la mayor sutilidad. Su Zwischenzeit, publicado como libro en 1988, un año después de su internamiento, apenas capta rostros, poses, biologías; sus fotos son fotos de detalles: una puerta, una sombra, una bañadera, una cama, una espalda; mostrando esta ausencia de pliegue social a partir precisamente del blanco y negro, del fuera de foco que parece aplastarlo todo y de una soledad que se respira en cada imagen, como si la “intimidad” ya no tuviera de qué agarrarse, donde trocarse en otro.

Y lo que es mejor, como si cada una de sus imágenes fuera una toma de conciencia ante lo inesperado, ante algo que nos sobrepasa y desarticula por completo, ante la perversión cotidiana.

¿No es precisamente el aura que traspasa este habitar el primero que sufre cuando nos colocan ante la guerra, el virus, lo insano o la muerte?

Recuerdo que cuando comenzó la plaga a inicios de este 2020 no dejaba de preguntar y, a la vez, muchos no dejaban de preguntarme sobre mi vida. “¿Todo bien?”, decían. “¿Algún problema?”, decían. “¿Muchos enfermos allá?”, decían.

Y la respuesta era idéntica: “Sí. Todo bien. Pero estoy paralizado”.

Paralizado por los muertos, pensaba.

Por las noticias, las estadísticas, las mascarillas, el insomnio, la realidad ―pensaba―.

Paralizado por la ratonera en que de pronto (¿de pronto?) se había convertido todo.

Por el terror, pensaba, intentando colocar mi parálisis en la misma esfera de la escatopolítica. Por la bestialización cada vez más visible y su dominio de la narrativa-mundo.

Bestialización que venía ya de lejos ―como sabemos todos―, de antes de la plaga incluso, y que muchas veces el cine ha mostrado de manera tan cruda, como en Blind beast, por ejemplo, la película de Musumura, donde en una suerte de estetización extrema los amantes terminan devorándose, viviendo una vida que tiene o debe ser un proyecto de arte en sí mismo, una odontología, para adaptar el universo dientes a una percepción de la vida en sí.

O en La Grande bouffe, el clásico de Marco Ferreri con guion de Rafael Azcona, donde cuatro amigos realizan una orgía gastronómico-sacrificial antes de convertirse en dispositivos de muerte, en un intestino único lleno de puerco, cordero, gallinas, dulces y peste, que es en lo que al final termina todo cuando la destrucción se convierte en un concepto exacto.

Concepto que en la mayoría de los casos nos sobrepasa ―es el caso ahora mismo―, y no precisamente por comer o morder o devorar mucho, como en las películas citadas anteriormente, sino, más bien, por lo contrario, por cierta inapetencia, o como decía en un lúcido texto Paul B. Preciado, por cierta somatopolítica, por cierta “forma de poder espacializado que se extendía [extiende] en la totalidad del territorio hasta penetrar en el cuerpo individual”.

Y continuaba: “el virus actúa a nuestra imagen y semejanza, no hace más que replicar, materializar, intensificar y extender a toda la población, las formas dominantes de gestión biopolítica y necropolítica que ya estaban trabajando sobre el territorio nacional y sus límites. De ahí que cada sociedad pueda definirse por la epidemia que la amenaza y por el modo de organizarse frente a ella”.

Organización que ha dejado morir a los más endebles (todos hemos vistos cómo en España u otros lugares ante la urgencia extrema racionalizaron y burocratizaron la muerte dejando sin asistencia imprescindible a los menos rentables), ha construido una paranoia extrema, una paranoia que siempre simula ser un saber y en verdad es solo el reflejo de los miedos y la desinformación que como el virus circula en muchas direcciones a la vez, y ha acelerado las técnicas y prácticas de vigilancia todas, dando paso a un mundo que si bien ya estaba, nunca volverá a ser como antes.

Y no solo porque a partir de ahora estaremos más controlados (a ciertos niveles, ya lo estábamos), sino, porque a partir de la actual plaga la morfología del control tomará la apariencia de esa intimidad compleja de la que hablaba al principio y viviremos en un mundo donde el pliegue vigilancia y el pliegue deseo (que es siempre un pliegue de libre arbitrio) ya no existirán. Serán uno. No dos o cuatro o cinco, como ocurría aún en los primeros años de la Guerra Fría, cuando para detectar misiles nucleares había que montar un operativo que leído desde el presente parece sacado de un cómic de Walt Disney.

Y lo que es peor, lo aceptaremos como cultura: un operativo que codifica a la vez que da placer.

¿No es esto lo que ya sucedía a nivel micro cuando abríamos las páginas de Pornhub u otros servidores sin importarnos demasiado que el mismo software que nos “limpiaba” momentáneamente de estrés, maldad, neurosis, fana, carencias, nos atrapaba en un punto de reificación, un punto donde ―según el policía de turno― ley, vida y cotidianidad chocan?

En el epílogo a su documental La cueva de los sueños olvidados, Werner Herzog, quien ha bordeado ya con muchas de sus películas el lado catastrófico del ser, tanto con territorialidades que atraviesan el delirio (véase La Soufrière) como con rodajes a veces cínicos (véase Fitzcarraldo), reflexiona sobre lo que quizá será nuestra próxima mutación: una donde toda el agua será caliente y la inmunidad estará enriquecida por una suerte de bombona nuclear. Una donde todos viviremos y nos reproduciremos como cocodrilos albinos.

Cocodrilos que el autor de También los enanos comenzaron pequeños no solo propone como un símil de nuestro futuro, sino de nuestra venidera y siempre aparatosa construcción social.

Construcción que ―estoy seguro― comenzará con la distancia que impone la mascarilla y terminará con un miedo político al aire que respiran los otros; o con el encierro, que es al cabo donde todo finaliza cada vez que al mundo o a las personas o a las enfermedades “se le sale la madre”.

 

 

Praga, República Checa

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa