Expediente

¡Que viva la vida!

Foto: Jotamario Arbeláez

 

Al frente del escritorio donde diseño estos fárragos hay un ventanal de pared a pared que da a una cordillera azul debajo de un cielo blanco de nubes,

antecedida por un bosque verde ascendente que no deja ver los árboles,

esos alisos, robles, pinos y eucaliptos acribillados desde que el sol atisba por el canto de jilgueros, mirlos, ruiseñores y petirrojos que ya distingo.

Desde aquí veo cómo corren por entre ellos mis perros callejeros y ahora montaraces, Dina y León, ladrándole a las copas por donde se escurren las ardillas de cola gruesa.

Mi mujer ha puesto en el aire los “Conciertos en oboe” de Juan Sebastián interpretados por Puskunigis y la Orquesta de Cámara Saint Cristopher.

He dejado sobre la mesa de noche la lectura de El paraíso perdido en busca de llegar al ciego de Milton,

cuidando de no doblar el borde de la página por donde voy, y más bien señalándola con el afilado cuchillo de pelar manzanas, como ahora se estila.

Entiendo que por sobre la atmósfera del planeta desde hace unos meses revolotea una pandemia que ha paralizado las actividades del mundo y amenaza con el exterminio de la especie humana,

por lo que las autoridades mundiales han decretado una cuarentena

indefinida que tiene a la población al borde del hambre, del aburrimiento, de la desesperación y hasta de la locura.

Nunca antes en la historia, la humanidad en pleno había estado manos arriba y sus gobiernos calzones abajo, sin camas ni respiradores suficientes para atender a los afectados, casi sin tránsito por las carreteras de la tierra, del agua y del aire,

sin espectáculos deportivos o culturales, respirando con tapabocas y casi

que tocando con pavor el botón del piso del ascensor y el timbre de casa.

“Al menos el virus del sida lo adquiría uno tirando”, me comenta quejosa mi musa Dina Merlini desde el ancianato de San Andrés.

 

Como tengo tiempo de sobra para continuar este scherzo, salgo a caminar por el bosque y a pensar cómo lo termino,

pues describir la felicidad suele ser aburrido para el lector y hasta ofensivo

para algunos espíritus que no soportan el reposo del guerrero,

sobre todo si se presenta con buen aire, con buen bar, con buena biblioteca

y con buena cama.

A punto de cumplir los ochenta y de escuchar el primer berrido de la segunda generación de su gene desobediente.

“Se nos aburguesó el proletario anarquista”, suele ser el comentario más comedido.

 

Veo venir por el sendero a una niña con una cesta y unas mejillas más rojas que su boina. Debe tener unos dieciseis años. Lleva desamarrado un zapato. Me extiende una sonrisa ofreciéndome el contenido de la canasta.

Me dispongo a arrodillarme para amarrárselo, pero, sospechando que es una trampa que me pone el Maligno para hacerme caer en la redes de la policía o del Covid-19, me desvío por un atajo en busca del riachuelo donde me baño desnudo para aplacarme.

En el fondo encuentro una pepita de oro del tamaño del ombligo de mi mujer. Aunque ella prefiere las chaquiras, se la llevaré de regalo.

 

Ya en La montaña mágica retomo mi teclado como si fuera un virtuoso.

Ahora las nubes han destapado unos retazos de cielo lapislázuli, los pajarracos se han acallado y el aparato despide los “Conciertos de violín” interpretados por Emmy Verhey y la Camerata Antonio Luco.

El jardinero incidental poda el pasto con todo y el efluvio del tutiplén de dientes de león que ya volverá.

Nuestra servicial Alejandra me pregunta si prefiero un cóctel de frutas o una margarita.

Me doy un baño de tina con espuma hasta el techo. La afeitadora eléctrica me perfila la barba. El aroma del Vetivert me hace alzar aún más la cabeza en la que me sigue creciendo el pelo injertado.

 

Foto: Salvador Arbeláez

Todavía no sé cómo voy a terminar el artículo y me siento incapaz de pedir la ayuda del cielo.

Para qué, si sé desde el principio que la partícula más pequeña y letal escapada del país donde vive recién casada mi adorada Arancha Lou

va a acabar con la existencia de todos los seres humanos e incluso de Dios

pues si no queda quien le dé rostro le tocará volver a la Nada.

Me timbra el celular sin discordar del concierto.

“Hola, poeta —dice la voz—, te habla Adolfo Vera Delgado, tu cardiólogo de cabecera. Te llamo para decirte que leo religiosamente todo lo que escribes en los periódicos y en las redes. Y te cuento que estoy preocupado porque en los últimos textos estás muy reiterativo con el tema de la muerte, de que te vas a morir. Y eso te puede hacer daño. Ya sé que vas a decirme que lo haces por mamar gallo. Pero desconfía del sentido del humor de la pelona. Eres un privilegiado y estás escribiendo como los ángeles, lo cual no es razón para que vayas a reunirte con ellos. La última vez que te tomé la tensión e hice una revisión a fondo de tu corazón percibí el resultado de que vas a vivir noventa y seis años. De modo que por favor, mi querido amigo, cambia de tema. El mundo no se va a acabar y la vida es bella”. Colgó.

 

El mundo no se va a acabar y la vida es bella. Así es. El mundo inacabable y la preciosa vida escriben por mí.

 

 

La montaña mágica, Colombia

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa