Expediente

Pandemia: un estado de guerra

Este tiempo de pandemia me ha permitido entender situaciones que no habría podido comprender de otro modo. Esas que por extremas y dolorosas, solo pueden percibirse a través de la propia experiencia.

Entendí a las víctimas de la guerra, por ejemplo.

La vida bajo permanente peligro.

La condena de quien siente miedo todo el tiempo, porque es perseguido y amenazado por fuerzas que no están bajo su control. De quien tiene enemigos a quienes nunca ha agredido. El temor de salir de la casa porque ese adversario está afuera esperando para aniquilarlo. La pérdida de confianza en las personas que le rodean, pues cualquiera puede haberse convertido en un mortífero contradictor, incluso parientes y amigos. Sentir cómo, en un instante, toda la vida cambia y se convierte en un caos. Es muy duro arrastrar la existencia cuando llega de pronto una gran amenaza contra la cual no podemos luchar.

Comprendí lo que se siente cuando se tiene la necesidad de salvarse, la obligación de escapar, sin que importe dejar atrás todas las posesiones materiales y afectivas: patria, hogar, trabajo, familia, amores, amigos, futuro, sueños.

Intuí, entre otras cosas, lo qué sintió mi padre hace más de 80 años, cuando su plácida vida en un pequeño pueblo alemán, en donde más de 4 generaciones de su familia habían vivido y construido juntos un mediano bienestar, se vio de pronto pulverizada y borrada de la faz de la tierra a causa de una guerra infame.  Entendí su huida para salvarse. Su penosa travesía por tierra y mar, sin dinero, sin afectos, hacia un país lejano y desconocido. Su monstruosa soledad ante la súbita muerte de su vida de siempre y ante su forzado renacimiento, desnudo de nuevo ante el mundo y sin nadie esperándolo al otro lado del camino, huérfano y con el lastre de recuerdos de días felices perdidos sin remedio.

Pude, al fin, ponerme en sus zapatos. Experimenté su pánico, la tristeza, su dolor. Ese “no poder hacer nada” porque el peligro es cierto y está en todas partes.

Pude llorar con él por primera vez, por su desamparo, por su desazón y angustia. Lloramos juntos. Yo aquí sobre la tierra, él allá en su última y eterna estación.

Sí; esta pandemia me condujo al entendimiento de lo que este amado hombre sufrió, pues ahora yo también soy víctima y refugiada de una situación similarmente letal y escabrosa.

Tras la tragedia de mi progenitor veo desde mi desazón un rosario interminable de miradas huérfanas e impotentes: refugiados de guerras, persecuciones, desastres naturales, pobreza, falta de oportunidades; tantas situaciones de hecho que constriñen a la gente, un río de tristeza tan antiguo, largo y abultado, que los continentes desaparecen bajo su caudal, y la tierra queda convertida en un corazón negro y húmedo, palpitando muy a su pesar.

Qué clase de seres vivos somos, capaces de sembrar tanto dolor, tanta miseria, tanta podredumbre en el más bello y milagroso de los planetas.

Como si no fuera suficiente con traspasar el túnel de la existencia, paso difícil y demandante dada la implacable imposición de nuestro orden económico, como si no bastaran sus muchas responsabilidades y vicisitudes, arremete sin previo aviso la insania del bípedo loco y tal cual hace ahora la naturaleza, embiste y destruye la vida y obra de millones de inocentes, a través de los siglos, a través de los milenios, sin compasión ni aprendizaje. ¿Hasta cuándo?

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa