Expediente

Nuestros momentos más oscuros

Después de que la epidemia en Wuhan aminorara, los que llevábamos mucho tiempo sin vernos empezamos a reunirnos para comer y cenar juntos. En dos ocasiones, hubo amigos que contaron las situaciones exasperantes de cuando sus hijos habían tenido fiebre alta durante la epidemia; ambos padres se habían sentido impotentes y abrumados, sin saber qué hacer. En ese entonces, el sistema de recursos médicos en los hospitales ya se había colapsado, los pasillos se encontraban abarrotados, y había filas y filas de pacientes que esperaban día y noche. Los que tenían el virus hacían cola junto con los que no estaban infectados. Muchas personas acudían sin tener una enfermedad tan grave, y al contrario, perdieron la vida a causa del virus que contrajeron durante sus visitas al hospital. Todos mis amigos decían lo mismo: jamás habían experimentado semejante ansiedad y pánico en toda su vida.

En los primeros días de la epidemia en Wuhan muchas personas vivieron por vez primera una época verdaderamente oscura. La muerte acechaba en cada esquina y uno no sabía en qué momento podría encontrarse con ella. Cada tanto llegaban noticias de amistades que habían fallecido, por lo que todos nos enfrentábamos a innumerables incertidumbres. Éstas eran las que más temor infundían en la gente.

¿Cómo podría yo no sentirme de la misma manera?

Cada vez que llega el invierno, mi bronquitis se agudiza de inmediato. Hace tiempo estuve hospitalizada durante tres Años Nuevos consecutivos, algo que sufrí de una manera indecible. Por eso, a instancias de mis compañeros de estudios, en 2013 compré una casa en la provincia china de Hainan.[1] Los inviernos ahí son muy cálidos. Desde entonces, cuando llega el invierno, me voy a Hainan para escapar del frío.

A diferencia de los años anteriores, a mediados de diciembre de 2019 tuve que viajar por trabajo a la ciudad de Chengdu. El Año Nuevo chino caía en fechas bastante tempranas en 2020, además, para entonces el gran frío invernal todavía no llegaba a Wuhan. Decidí cambiar el tiempo de escape del frío y reservé en línea un boleto de avión a Hainan para el día 6 de febrero. Fue el cambio de plan lo que provocó mi encuentro con aquella situación sin precedentes: una ciudad bloqueada.

El territorio de Wuhan está separado por las corrientes del río Yangtsé y el río Han, por eso la ciudad tiene esa estructura tripartita. Wuchang está al sur del río Yangtsé, mientras que al norte queda Hankou, donde se había detectado el virus primero. Antes, cuando el sistema de transporte aún no se encontraba desarrollado, un río tan grande en verdad podría haber detenido la propagación del virus. Pero ahora el tránsito entre las tres secciones de Wuhan es demasiado eficaz, ya que una red de túneles, puentes y líneas del metro hace que las tres ciudades se conviertan en una. Aunque el brote del virus se dio en el mercado de mariscos “Huanan” en Hankou, el transporte bien desarrollado propició que el virus se dispersara rápido por toda la ciudad gracias a las grandes cantidades de pasajeros que viajaban en todas las direcciones entre las tres partes de Wuhan. La aparición de unos cuantos infectados a los que no se les haya puesto de inmediato en cuarentena y tampoco estuvieran conscientes de su condición, implicaba una facilísima propagación del virus en todas las partes de la ciudad. Hace años escribí una novela titulada La muralla de Wuchang donde se describen los eventos históricos en torno al asedio de esta parte de Wuhan que duró un mes, fue a causa de la guerra y sólo sucedió en Wuchang.[2] Jamás imaginé ser testigo de un bloqueo de todas las partes de la ciudad, menos aun que yo misma estaría dentro de un Wuchang bloqueado. Tal coincidencia me resulta inexplicable.

Nadie podría haber imaginado en absoluto lo que iba a suceder. A finales de diciembre del 2019, ya sabíamos todos que una neumonía contagiosa se estaba propagando en Hankou. Los medios de comunicación reportaron que la fuente de propagación del virus eran ciertos animales silvestres del mercado de mariscos “Huanan”. Por la experiencia que habíamos tenido en China con el SARS,[3] todos nos pusimos en alerta e inmediatamente empezamos a avisarnos entre nosotros, a usar cubrebocas fuera de casa, a salir menos y a evitar las reuniones en la medida de lo posible. Sin embargo, pronto llegó un comunicado oficial: un equipo de expertos había arribado desde Beijing y su conclusión fue que la enfermedad era fácil de prevenir y de controlar, además de que no se transmitía de persona a persona. Todos suspiramos aliviados: no pasaría nada, siempre y cuando evitáramos ir al mercado de mariscos “Huanan” en Hankou y no comiéramos animales silvestres. De inmediato la vigilancia de la gente disminuyó, justo en una época llena de festividades cuando todos se juntaban para comer, beber y divertirse a gusto. Durante la primera quincena de enero, los habitantes de Wuhan casi olvidaron la enfermedad.

Pero en la segunda mitad del mes, diversos rumores empezaron a filtrarse desde los hospitales. La noticia que tuvo mayor resonancia fue una grabación de audio en la que una enfermera advertía con gran urgencia a todos sus amigos que mejor ni se acercaran a su hospital, porque se encontraba abarrotado de enfermos; que era imposible ver a un médico e incluso muchos de ellos se habían infectado. Y los principales medios de comunicación seguían transmitiendo alegres noticias sobre toda clase de reuniones y festejos de Año Nuevo; las páginas de los periódicos también estaban repletas de notas coloridas y jubilosas. No se mencionaba una sola palabra sobre el virus.

En la madrugada del 17 de enero mi hija se fue de viaje a Japón desde el aeropuerto de Wuhan donde la fue a dejar su padre. Ella me llamó por la tarde para contarme que él estaba enfermo, con fiebre y tos; necesitaba un goteo intravenoso, pero era difícil ponerle la mezcla de medicamentos porque el hospital estaba a reventar y no había manera de que lo admitieran. Por lo general, para alguien como su padre —docente de segundo nivel de la Universidad de Wuhan, y con setenta años— el ingreso al hospital suele ser un procedimiento muy sencillo. Así que, al escuchar las palabras de mi hija, todo aquello me pareció muy extraño.

Al día siguiente, le pregunté a un amigo médico si los rumores sobre la enfermedad infecciosa eran ciertos. El doctor me confirmó que era verdad, luego me pidió que me quedara en casa lo más posible y que, si salía, usara cubrebocas. Eso mismo empecé a hacer a partir del 18 de enero. Para entonces, Wuhan todavía se encontraba en medio de una marea de cantos y bailes festivos. Algunos jubilados particularmente activos participaban en todo tipo de presentaciones artísticas y reuniones de fin de año. No tenían la menor idea de que la muerte ya estaba merodeando a su alrededor.

Mi hija que entonces estaba viajando por Japón, me dijo que podría tener un resfriado; estaba con una leve tos, dolor de garganta y también fiebre. Como no sabía con claridad qué era lo que estaba pasando, le pedí que se comprara alguna medicina y que observara los síntomas todo el tiempo. El 21 de enero, ella me comentó que la fiebre había bajado y que ya se sentía mucho mejor. Le conté sobre la situación en China y le insistí que se comprara unos cubrebocas en Japón para que se los pusiera durante su viaje de regreso. También le dije que su padre se había sacado una tomografía computada en Wuhan, la cual reveló que tenía una sombra en sus pulmones y que al parecer se trataba de una infección. Pero puesto que no pudo ser hospitalizado en Wuhan, se había ido a otro lado para recibir un tratamiento.

El día 20, el señor Zhong Nanshan, un académico de la provincia de Guangdong, vino a Wuhan. Después de realizar una investigación in situ, reveló que la neumonía de Wuhan —así llamaban la enfermedad en un inicio— podía transmitirse y que, además, catorce trabajadores de salud ya estaban infectados. El eco de sus palabras retumbó como un trueno, despertando a un sinfín de personas. El estado de shock de la gente de Wuhan dio paso a la ansiedad. La noche del 21 de enero, de mi estudio en los suburbios regresé a la ciudad; casi no había coches en el camino. Wuhan parecía un desierto.

El avión en el que mi hija regresaba del viaje a Japón aterrizaría la noche del 22. Esa misma noche fui a recogerla al aeropuerto. Para ese momento, el pánico ya dominaba a todos los habitantes de Wuhan y, naturalmente, yo no era la excepción. Antes de salir de casa, dejé un mensaje a un colega diciendo que sentía una tristeza “de vientos desolados y gélidas aguas”, como rezan los versos de un antiguo poema.[4]

El aeropuerto está en Hankou, y el camino desde Wuchang hasta allá atraviesa numerosas áreas suburbanas pudientes y lujosas. Pero en el crepúsculo de aquel día los coches escaseaban y se veían aun menos transeúntes. He vivido en Wuhan durante más de sesenta años y nunca lo había visto tan desolado. El vacío de la ciudad se proyectó —todavía más inmenso— en mi interior; me preguntaba a qué nos enfrentaríamos en los próximos días. En el aeropuerto también había muy poca gente, las lámparas encendidas iluminaban la noche, pero el ruido habitual e incluso los sonidos estaban ausentes. Las caras se escondían tras los cubrebocas; todos esperaban de pie, manteniéndose a cierta distancia de los demás. El ambiente estaba impregnado de estrés y frustración.

El avión se retrasó y era casi medianoche cuando recibí a mi hija. Le dije que existía la probabilidad de que también estuviera infectada, porque siete días antes había comido con su padre quien al parecer estaba contagiado. De acuerdo con la disposición de que cada sospechoso de contagio debía ser puesto en cuarentena durante catorce días, le insistí en que se quedara encerrada en su departamento y no saliera durante al menos una semana. Debido al viaje, en su casa no quedaba ningún alimento, por eso me encargué de llevarle toda la comida. La cuarentena también implicó que —justo en la época de reunión familiar— no fuera posible estar juntas. Cada una se quedó sola, sin otra opción más que celebrar el Año Nuevo por su cuenta.

Cuando acompañé a mi hija a su domicilio y la dejé allí, no tenía idea de cómo se iba a desarrollar la epidemia. Me preocupaba si en unos días podría cargar combustible, así que volví a la gasolinera en mitad de la noche. Era casi la una cuando llegué a casa y encendí mi computadora para ver qué nueva información podía encontrar.

Fue entonces cuando de improviso vi la noticia de que la ciudad estaba cerrada. No sólo eso, sino que también todo el transporte público había dejado de dar servicio. Entonces comprendí: la epidemia debe ser muy grave, incluso fuera de control. Wuhan tiene casi diez millones de habitantes; poner bajo bloqueo a una ciudad de tales dimensiones no tenía precedentes en la historia. El gobierno no podría haber tomado semejante medida si la situación no fuera absolutamente crítica. Entonces, ¿cuántas personas se habían infectado y cuántas más se infectarían por el virus? ¿En qué medida y de qué manera se iban a contagiar? ¿Qué posibilidad había de que yo misma me quedara infectada? En aquel momento lo ignoraba todo. En mi pensamiento afloraron escenas de películas sobre de catástrofes bioquímicas, en las que cierta zona de contagio se aislaba por completo, dejando a los infectados solos contra el destino.

Después del aturdimiento momentáneo, traté de imponerme la calma. Quería ordenar de manera racional mis recuerdos de los últimos días: dónde había ido, con quién había estado en contacto, existía o no alguna posibilidad de haberme contagiado. También estaba intentando inferir qué pasaría después de que la ciudad de Wuhan fuera puesta bajo cuarentena.

Por lo regular salgo muy poco de mi casa. Lo malo fue que justo en esa época había salido bastante porque un colega se encontraba enfermo y se iba a operar. Lo fui a visitar al hospital, dos veces sin y una con el cubrebocas puesto. Afortunadamente, se trataba de un hospital en Wuchang, además mi amigo no estaba en la sección de medicina interna o respiratoria, y tampoco me había quedado por mucho tiempo en la sala de espera para pacientes externos. De todas formas, el hecho de haber visitado el hospital repetidas veces implicaba el riesgo de un posible contagio.

Por eso me aferré al tiempo y me hice un reloj de cuenta regresiva. Por cada día que pasaba sana y salva, restaba un día de la cuenta. Desde el 18 de enero empecé a usar cubrebocas y me impuse un período máximo de catorce días de encierro. Si en ese tiempo no se manifestaban los síntomas, eso significaría que no habría contagio y debería estar a salvo. Tanto mi hija como yo tuvimos una ligera tos, pero decidí que era faringitis. Fuera cierto o no, durante varios días seguidos tomamos medicina china y muchísima vitamina C, de las pastillas efervescentes que se disuelven en agua. Asimismo, cada noche tomaba una larga ducha, dejando que el agua muy caliente corriera por mi espalda y ahuyentara el frío. Y así, por un lado tomaba medidas preventivas, y por el otro seguía contando los días. Con cada día que restaba a la cuenta, mi mente se aliviaba un poco, pero al mismo tiempo no lograba liberarme de la profunda aflicción.

Un turbulento oleaje de rumores invadió la ciudad. Ciertamente, no eran sólo rumores. Entre los comentarios sobre el estado actual de los hospitales, también había muchas especulaciones. Una de las más alarmantes era que Wuhan estaba cercado por un muro de ejército y que ni un solo wuhanés tenía permiso de salir. El Estado estaba dispuesto a sacrificar a Wuhan y dejar a la población a la merced del destino. Este rumor seguramente alarmó a mucha gente. Yo, por el contrario, no lo creí. Consideré que en una época de avances tan grandes en ciencia y tecnología, no sería necesario sacrificar a la ligera a la población de una ciudad entera.

El 25 de enero, durante el primer día del Año Nuevo Chino, un equipo médico externo a la provincia de Hubei empezó a reunirse para venir y brindar apoyo a Wuhan. Esa noticia calentó mi corazón: en China, una vez que las cosas llegan al punto de tomar acciones a nivel nacional, todos los problemas se resuelven con celeridad y precisión quirúrgica. Así, sin duda saldríamos vivos del siniestro. Desde ese día me volví más optimista y confié que la epidemia pronto estaría bajo control. Fue también en aquel día que comencé a documentar en línea los sucesos y las historias personales de nuestra ciudad bloqueada que luego se convirtieron en el libro Diario de Wuhan.[5]

Para entonces, la tos y el dolor de garganta de mi hija por fin habían cedido. Por su parte, después de incontables peripecias, su padre logró llegar a Hainan, donde ya fue hospitalizado; ahí se comprobó que sí había contraído el virus. Pero aun siendo viejo y diabético, y sin el apoyo del resto de la familia, actuó con gran determinación y ese esfuerzo fue el que, al fin y al cabo, lo salvó de la muerte. De haberse quedado en Wuhan quizás no hubiera sobrevivido. En cuanto a mí, estoy tranquila porque bien sé que los momentos más tensos y terribles de Wuhan ya son cosa del pasado.

Los días entre el 20 y el 25 de enero fueron los más oscuros para mí y para muchos otros. Por supuesto, lo que experimentamos entonces es insignificante en comparación con lo que tuvieron que atravesar aquellos que se contagiaron o incluso murieron en vano. En conclusión, quiero decir que de los casi diez millones de habitantes de Wuhan que estuvimos encerrados en la ciudad, muchos no fuimos infectados, como aquellos dos amigos que mencioné al inicio y cuyos hijos presentaron síntomas durante la epidemia. Ninguno de nosotros tuvo en realidad una experiencia tan trágica como la que les tocó vivir a los enfermos y a los fallecidos. Sin embargo, durante los 76 días que vivimos en medio de la ansiedad, el estrés y el miedo, innumerables personas conocimos los momentos más oscuros de nuestras vidas y cada uno pagó un precio en el desastre de la epidemia.

 

 

Wuhan, China

Traducción del chino de Radina Dimitrova

 

 

* El presente ensayo fue escrito por la autora especialmente para Bitácora de encierro.

[1] Hainan es una provincia insular en el punto más austral del territorio chino.

[2] La novela de Fang Fang narra eventos que tienen lugar en 1926 durante la notoria “Expedición del norte”, una importante campaña militar de los nacionalistas contra los señores de la guerra. Entonces el Ejército Nacional Revolucionario asedió Wuchang y destruyó el muro citadino que todavía se preservaba.

[3] La epidemia de SARS empezó en China en 2002 y se propagó por el mundo, pero fue contenida con éxito y desde 2004 no ha habido nuevos contagios.

[4] “Soplan vientos desolados, ah, gélidas corren las aguas del río Yi”: es el primer verso del poema “Canto del río Yi” de Jing Ke (?-227 a. C.), tal vez el más famoso entre los asesinos que fueron enviados desde los distintos Reinos Combatientes (479-221 a. C.) para matar a Qin Shihuang y así impedir la primera unificación de la antigua China. El poema fue compuesto a la orilla del río Yi donde el príncipe Dan del reino de Yan dio un banquete de despedida antes de enviar a Jing Ke a cumplir con su misión.

[5] Desde el 25 de enero hasta el 8 de abril de 2020, Fang Fang publicaba en línea sus observaciones sobre la vida en cuarentena. Su blog se convirtió en la fuente más leída en toda China. Algunas de las entradas fueron censuradas, sin embargo sus contenidos siguieron difundiéndose entre los internautas. Estos escritos dieron pie al Diario de Wuhan, cuya traducción al inglés por el sinólogo estadounidense Michael Berry empezó antes de que Fang Fang terminara de publicar las entradas en línea, y fue publicado por la editorial Harper Collins. La versión en español fue realizada en España por Seix Barral con el título Diario de Wuhan. Sesenta días desde una ciudad en cuarentena.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa