Expediente

Mandatos para los confinados

Debemos lavarnos las manos.

Debemos pensar positivo.

Debemos aprender y practicar las medidas de protección.

Debemos hacer deporte.

Debemos seguir trabajando.

Debemos aceptar el estado de emergencia que nos protege de nosotros mismos.

Debemos ser creativos.

No tenemos permitido estar angustiados, estar asustados, tener ganas de deambular en pijama tragando galletas todo el día.

Debemos ocuparnos de nuestros hijos.

Debemos educar a nuestros hijos.

Debemos darle clase a nuestros hijos.

Debemos tranquilizar a nuestros hijos.

Debemos prepararnos para levantar la economía.

Debemos entender hasta qué punto nuestras enfermedades, nuestros cuidados, nuestras convalecencias ponen en peligro la economía.

Debemos meternos bien en la cabeza que la deuda se incrementa.

Debemos escribir en caliente la obra maestra del confinamiento.

Debemos lavarnos las manos.

Debemos mantener el ánimo.

Debemos esforzarnos.

Debemos estar convencidos de que la fuerza es un asunto de voluntad.

Debemos sentirnos plenos.

Debemos ser razonables.

Debemos contribuir a la economía.

Debemos organizarnos.

Debemos ser pacientes con nuestra desgracia.

Debemos 135 euros y ser objeto de una amonestación.

Debemos entender que el gobierno hace lo correcto.

Debemos mantenernos en pie.

Debemos jugar con los niños.

Debemos saber que los drones recorren las calles por nuestra seguridad, que nuestro smartphone es rastreado por nuestra seguridad, que nuestros datos personales son leídos por nuestra seguridad.

Debemos pensar en la deuda, en la caída del PIB, en nuestra responsabilidad ante esta crisis.

Debemos decirnos que, después de todo, se publican demasiados libros, así como se representaban demasiadas obras de teatro o se ofrecían demasiados conciertos; no pasa nada si la cultura pierde recursos, los más rentables saldrán fortalecidos.

Debemos lavarnos las manos.

No debemos tener ganas de llorar, de estar malhumorados.

Debemos informarnos, escuchar los discursos, ver la televisión, escuchar la radio.

Debemos teletrabajar.

Debemos aprovechar para hacer el quehacer.

Debemos aprovechar para ordenar.

Debemos aprovechar para limpiar las ventanas.

Debemos aprovechar para aspirar.

Debemos aprovechar para cocinar platillos deliciosos.

Debemos ir a trabajar con el miedo en el cuerpo si somos cajeros, obreros, médicos, almacenistas, carteros, vendedores de panadería, mano de obra irremplazable.

Debemos firmar exenciones ilegales en las que nos comprometemos a no arremeter contra nuestro empleador si alguna vez atrapamos ese virus.

Debemos volvernos más invisibles que nunca si vivimos en la calle.

Debemos entender que la economía de mercado funciona bajo un esquema de justo a tiempo para mantener una competitividad ejemplar y que, de conformidad con ese principio, las existencias inactivas de cubrebocas quirúrgicos, de gel hidroalcohólico y de medicamentos no tenían ningún interés.

Debemos entender bien que los cubrebocas y los guantes son producto de la economía, que dependen, como todos nosotros, de la ley de la oferta y la demanda y que es normal que su precio haya aumentado un 1200 por ciento.

Debemos aceptar una justicia aleatoria, es la crisis. Qué podemos hacer si un poli te deja pasar para ir al lecho de tu padre agonizante y, un segundo después, el mismo te pone una multa de 135 euros y te obliga a regresar a casa.

Debemos aceptar que la policía nos golpea por nuestro bien, como un adulto golpea a un niño para hacerle comprender los principios básicos de la educación.

Debemos lavarnos las manos.

Debemos ayudar a los niños a seguir sus clases.

Debemos aprovechar para leer.

Debemos aprovechar para escuchar podcasts.

Debemos aprovechar para comenzar con el yoga.

Debemos correr, pero no demasiado lejos.

Debemos pensar en nosotros mismos.

Debemos pensar en los demás.

Debemos aplaudir a las 20:00 como —hace algunos años— cuando poníamos veladoras en nuestras ventanas en memoria de las víctimas del terrorismo, con la ilusión de hacer algo por el otro.

Debemos toser en el codo.

Debemos tomarnos la temperatura.

Debemos imprimir nuestro certificado de desplazamiento derogatorio o —en su defecto— copiarlo en un papel cualquiera.

Debemos concentrarnos en nuestro bienestar.

Debemos aceptar que durante la crisis se voten leyes de excepción a fin de facilitarle el trabajo al gobierno.

Debemos entender que, de una manera u otra, hará falta subsanar el déficit del seguro médico.

Debemos entender bien que sería mezquino preguntarse sobre la necesidad de pasear en tren a los enfermos por todo el país en vez de reabrir los hospitales que estuvieron cerrados porque eran demasiado costosos.

Debemos lavarnos las manos.

Debemos decirnos que después todo volverá a ser como antes.

No debemos considerar esta epidemia como un viraje, sino más bien como un paréntesis.

Debemos pensar que esta historia del pangolín era imprevisible.

Debemos meternos en la cabeza que vivimos en el mejor de los mundos.

Debemos meternos en la cabeza que nuestro sistema es el mejor de los sistemas.

Debemos pensar positivo, sí.

Debemos recuperarnos.

Debemos seguir adelante.

Debemos aceptar descargar nosotros mismos una aplicación en nuestros teléfonos para garantizar nuestra seguridad, no debemos escandalizarnos si un ministro evoca el uso de los brazaletes electrónicos para aquellas y aquellos que no tienen un smartphone.

Debemos aceptar la idea de trabajar más una vez que el paréntesis se cierre.

Debemos esforzarnos por nuestro país.

Debemos considerar que nos toca a nosotros esforzarnos por el país y no a la inversa.

Debemos evitar poner mala cara, ser críticos, minar el esfuerzo nacional recordando —por ejemplo— que todavía vivimos bajo las leyes de excepción del 2015, así como Estados Unidos no abrogó la del 2001.

Debemos ser responsables y dejar de criticar las medidas que se tomaron con prisa y pánico contraponiendo argumentos calmados y razonados; no se trata de tener razón o de estar equivocado sino de respeto a la autoridad.

Debemos decirnos que el mundo de antes era ideal y que renacerá de forma idéntica simplemente con la nueva obligación de los cubrebocas y de las medidas de protección.

Debemos lavarnos las manos.

Debemos tener confianza.

Debemos respetar la sana distancia.

Debemos coser nosotros mismos un cubrebocas.

Deberíamos —en última instancia— comenzar a construir una cama de reanimación con una bomba de bicicleta o un inflador de colchonetas para acampar en caso de una intubación de urgencia.

No debemos perder el sentido del humor, estar faltos de inspiración, no lograr escribir ni una línea, no conseguir tocar dos acordes ni cantar ni bailar.

Debemos aprovechar este tiempo para ser inmediatamente productivos, fecundos, inventivos, activos, emprendedores, eficaces.

Debemos renunciar a nuestros asuetos pagados.

Debemos renunciar a nuestros días de vacaciones.

Debemos poner todo en marcha para evitar perder puntos de PIB; esta vez sería lo peor de todo, una verdadera catástrofe.

Debemos releer a Proust, aprender inuktitut, hacer abdominales, escuchar los cursos del Collège de France.

Debemos ser vigilados por drones que nos protegen de nosotros mismos.

Debemos tener correctamente nuestro certificado de desplazamiento derogatorio para atravesar la calle e ir a comprar el pan.

Debemos depositar nuestra confianza en el gobierno, incluso si los ministros contradicen al presidente, quien contradice a los comités científicos.

Debemos entender que si se descubre una vacuna, esta tendrá un precio.

Debemos entender que este tipo de crisis obliga a seleccionar las prioridades, es decir, las poblaciones, porque un trabajador sano vale más que un viejo cansado.

Debemos lavarnos las manos.

No debemos teletrabajar mascullando.

Debemos luchar contra los tristes estados de ánimo.

Debemos esperar detrás de la línea dibujada en el piso.

Debemos admitir que, de todos modos, somos un maldito lastre para la sociedad con nuestras debilidades y nuestras enfermedades.

Debemos evitarnos, esquivarnos, alejarnos, sospechar uno de otro.

Debemos aceptar que circulen las mercancías y los hombres si no el comercio se derrumbará.

Debemos seguir informando de cualquier paquete sospechoso que nos parezca abandonado.

Debemos aceptar ser vigilados por nuestra seguridad.

Debemos tener fe en la sinceridad de las declaraciones.

Debemos pensar que se hizo todo lo que podía hacerse.

Debemos prepararnos para trabajar doble turno.

Debemos anticipar la reactivación.

Debemos decirnos que la deuda no es la Covid-19, la deuda somos nosotros.

Debemos abrir los ojos, nadie tiene nada por nada.

Debemos meternos bien en la cabeza que el balance de los muertos es una cosa, pero que la recesión sería todavía peor.

Debemos lavarnos las manos.

No debemos dejarnos llevar.

No debemos dejar de sentir deseo.

No debemos acurrucarnos hechos bolita mientras esperamos.

Debemos pensar, actuar, cantar, aplaudir, recuperarnos con la ayuda de pensamientos positivos y entusiastas.

No debemos imaginar que de esta crisis pueda surgir un intento de reorganización global; es una crisis, es decir, un problema, no una oportunidad.

No debemos pensar en una transformación.

No debemos pensar en una transición.

Debemos copiar una vez más nuestro certificado de desplazamiento derogatorio.

Debemos esforzarnos por el país.

Debemos frenar el decrecimiento.

Debemos entender bien que era necesario reducir los recursos y el personal de los hospitales para permitir conservar una economía sana y competitiva.

Debemos pensar a futuro.

Debemos decirnos que si no nos zambullimos en el trabajo será el derrumbe.

Debemos usar la palara “derrumbe” y no palabras como “transformación”, “decrecimiento”, “reapropiación”. Debemos decirnos que esta crisis es una catástrofe, no el principio de un cambio. Debemos ahora evitar que la economía sufra, sería lo peor de todo: el sufrimiento de la economía.

Debemos darnos prisa, es decir, estar en movimiento porque la pasividad estimula al pensamiento.

Debemos lavarnos las manos.

Debemos, sí, lavarnos las manos para conservarlas limpias.

 

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto