Expediente

Los sacudimientos del mundo. La época desnudada por el covid

Desde el primer momento, tras cobrar conciencia, tardíamente, de la rápida propagación del virus en Europa a fines del invierno de 2010, nos apresuramos a interrogarnos acerca del “mundo de antes” y el “mundo de después”, como si la pandemia debiera marcar un corte histórico radical en el estado del mundo y en nuestra conducta ante él. Ahora, a fines de este otoño de 2020, afectado un poco en todas partes, pero en particular en Europa, por una segunda ola que durante demasiado tiempo se consideró improbable, se puede ver cada vez con mayor nitidez que el “mundo de después” sólo exacerbará, a causa de la pandemia, un buen número de características del “mundo de antes” que permanecían en la sombra, tendencias de fondo, ignoradas voluntariamente o no. Es cierto que todo esto se siente menos en Europa, donde, tras “los crímenes del siglo XX”, para retomar la expresión de Jan Patocka ── el pensador checo que en 1977 redactó la Carta 77 con el escritor Vaclav Havel ──, que la pusieron en llamas y la fragilizaron en su interior, se piensa equivocadamente que somos vectores de una nueva Aufklärung[1] y defensores de un mundo pacificado. Quizás hayamos leído demasiado rápido a escritores como Roberto Bolaño ──que pronosticó el “desencanto democrático” no sólo en los países sudamericanos, salidos de dictaduras militares──, o el norteamericano Thomas Pynchon, que no deja de anunciar el apocalipsis, sin hablar de Cormac Mac Carthy, que describió el fin del mundo en La carretera.

Aquí me propongo, entonces, subrayar algunas de esas tendencias que el Covid-19 ha puesto al desnudo, como un revelador fotográfico. Comencemos por la más evidente y tal vez la más severa, ya que provoca estragos humanos: la “globalización” se nos presenta de una manera muy vívida porque es un devenir-mundo que no se reduce a la economía y que no liberalizó a la política a escala mundial, como lo anunciaron sus expertos en algoritmos. Por razones ideológicas (para nada ajenas al trabajo de los Estados que la pusieron en marcha), la “globalización” (una expresión utilizada en exceso, sin ton ni son) no puede (en adelante) reducirse únicamente a la globalización económica (entendida como la apología del libre intercambio y de la apertura del mercado, que la era Trump ya había criticado en 2016). El desfondamiento de la economía (producción y consumo) dejó ver y trajo al primer plano de la acción política (es decir, al de las decisiones reales y soberanas, desde lo alto) que la globalización es un fenómeno histórico de larga duración marcado por múltiples factores. Contrariamente a las caricaturas que aludían a un periodo “post-histórico” (sin representación histórica, sin dimensión colectiva y reducida a un pulular de relatos individuales) cuando en realidad se trataba de una “post-Guerra fría”, advierten una acelerada urbanización, otros, el endurecimiento de los Estados, la persistencia, desde la revolución de 1979 en Teherán, de Grandes Relatos religiosos o ideológicos, o incluso, los movimientos migratorios, pero todos los comentarios coinciden, hoy día, en el papel central de la revolución tecnológica, marcada por el deslizamiento ineluctable hacia lo digital. Y el Covid nos lo recordó, al detener de golpe los intercambios económicos: vivimos en el devenir-mundo de una globalización marcada por flujos múltiples y diversos. Lo cual nos obliga a no postrarnos ante el argot económico y sus letanías sobre la globalización (todas esas tablas de interpretación que desde hace décadas se impusieron “matemática” y “financieramente”), y, en consecuencia, a dar cuenta de la cuestión de la potencia y del poder, que vuelve al centro de nuestras interrogaciones, y que no sólo tiene que ver con el aspecto administrativo de la gobernanza. Esto nos lleva a otra toma de conciencia, esta vez doble: por un lado, hay que considerar un mundo unificado pero “finito” y vulnerable (así como la Tierra es redonda y finita), esto es algo que desde hace décadas han señalado autores como Paul Virilio e Iván Ilich; por otro lado, debemos tomar en cuenta una geografía política marcada por el desplazamiento de su eje, de Estados Unidos a Asia, el ascenso de la potencia de China y el impulso demográfico de India (mil cuatrocientos millones de habitantes). Todo eso en detrimento de Europa.

El Covid nos ha globalizado más que nunca, eso se siente aun con más intensidad en la medida en que los viajes aéreos se ven afectados y, a la vez, nos hemos replegado sobre nosotros mismos a causa del confinamiento y el toque de queda. Despliegue globalizado y repliegue localizado, global contra local: esto se advierte con mayor claridad si observamos que las grandes metrópolis de Francia se encuentran bajo un control mucho más drástico que otras regiones, con menor tasa de urbanización.

Pero ¿todo esto es inédito, radicalmente nuevo? Hace tiempo que Arjun Appadurai, un intelectual indio al que no le llevó décadas formarse en los intercambios digitales, mostró los resortes de esta historia mundializada inédita. En Géographie de la colère (Geografía de la rabia, publicado en francés por Payot en 1985) insiste en diversos factores que nos pueden ayudar a esclarecer lo que sucede hoy día: de entrada, opone a los sistemas celulares (horizontales e imprevisibles) con los sistemas vertebrados (verticales y autoritarios) y predice una guerra (de un inevitable terror multiforme)[2] entre ambos (“El primero es vertebrado y el segundo celular: los Estados-nación modernos reconocen su pertenencia al mundo vertebrado y constatan que se han visto involucrados en un combate desesperado para sobrevivir como formación global”); en seguida, observa una potencial falla en la circulación mundial y, por lo tanto, descoyuntamientos entre diversos tipos de flujos globalizados (imágenes, ideologías, mercancías, personas, riquezas, finanzas); Appadurai, en fin, pone en relieve el fenómeno horizontal de la viralidad transfronteriza, cuyas figuras son múltiples: desde luego, pandemias (el Covid es una viralidad aún desconocida ahora, a fines de 2020…), pero también el terrorismo (una violencia que no es frontal ni previsible), incluso los bugs informáticos. Todas esas son violencias, vengan o no del exterior, que minan el interior de las sociedades. Estamos lejos del concepto, tipo Clausewitz, del Estado-nación que protege a las sociedades en su interior, y entra en guerra contra otros Estados, al exterior. Se habló de guerra, a propósito del Covid, y ahora, a fines de octubre, se vuelve a hablar de guerra, a propósito del terrorismo. Esa es la paradoja histórica: la viralidad que fragiliza a los Estados-nación a escala global, los refuerza, como boomerang, en el plano interior y roe sus libertades públicas.

En efecto, esas violencias interiores dan lugar (lo que resulta fascinante si se tiene a la vista el mapa del avance y retroceso del coronavirus) a voluntades y a capacidades de supervisión muy diferenciadas en la escala del poder, que se explican por la especificidad de las culturas políticas y las costumbres singulares de las poblaciones: ¿cómo explicar de otra manera el éxito alcanzado en Corea del Sur, Taiwan, Japón y Nueva Zelanda? Y al mismo tiempo, ¿cómo entender (aquí pienso en los países de América Latina) que no se pueda intervenir brutalmente en sociedades que sufren en lo social y económico? Esa es otra paradoja: la globalización rampante de la viralidad pasa por un retorno a la antropología cultural y a la política (y por lo tanto a la capacidad del Estado de aplicar medidas que algunos interpretan como estado de excepción).

En este momento prevalece la convicción de que el coronavirus, indisociable de nuestra vivencia globalizada por las imágenes (¡y ese es todo un tema!), acentúa una crisis de mediación (política, cultural, educativa…) que corre a la par de la revolución digital, al origen de lo que justamente se ha llamado “desintermediación”. En su último libro, el editor y ensayista italiano Roberto Calasso muestra los efectos perversos[3] de este fenómeno, y nos hace ver que el “aumento” de realidad traído por lo virtual se acompaña de una restricción de la inteligencia perceptiva, que perturba nuestro vínculo con el tiempo y el espacio (aquí se impone una reflexión sobre la conectividad que, más que unir, fragmenta y separa). En estas circunstancias, el confinamiento precipitó definitivamente y consagró nuestra entrada a la revolución digital (videoconferencias, teletrabajo).[4] La crisis radical de las mediaciones favorece, a su vez, el aumento de la potencia de los poderes autocráticos, dictatoriales, y de todos los que hacen a un lado las elecciones y las Constituciones. Lo anticiparon muchas revueltas, se inscriban o no en la estela de las primaveras árabes: la ruptura entre el poder y la sociedad tiende a crecer y las mediaciones activas entre lo alto y lo bajo, entre el poder y el pueblo se reducen, como piel de zapa. En este contexto, resulta excesivo hablar de un repliegue de la democracia en Europa, sin embargo, sería prudente preocuparse por los riesgos de una ruptura territorial en Gran Bretaña o en alguna otra parte de Europa.

Pensar la evolución posible de este mundo finito, unificado y archipielagizado, común y fragmentado, que exige transiciones ecológicas, energéticas, climáticas, indisociables de la revolución tecnológica asociada con las NTIC (nuevas tecnologías de la información y la comunicación), nos permite mirar de otra manera el mapa del mundo. La lista de los Estados autocráticos no deja de crecer y no se reduce al trío Putin, Erdogan, Xi Jing Ping, que atizan los miedos y manipulan las identidades. Sin embargo, y no es casualidad, el PCC chino, fortalecido por el Covid, representa el modelo histórico de un capitalismo de Estado que tiende a imponerse, y más ahora que la reactivación económica alcanzada por el Estado comunista y sus bancos resulta patente.[5] Ante ese capitalismo de Estado a la China ──irrigado por la expansión económica, el nacionalismo y el Partido, apoyado por controles de todo tipo, ahora posibles y reforzados (se trata, justamente, de forzar) por la Técnica (comenzando por el reconocimiento facial…)── que crece en potencia, el lado americano adopta la consistencia de un capitalismo digital de Plataformas mundializadas (los GAFAM[6] exportados desde California, Estados Unidos), que buscan instalarse donde haya apertura de mercado y demografía galopante, como India.

El Covid, entonces, puso todos los relojes a la hora. Sólo para hablar de Europa, ¿nuestros dirigentes están condenados a vivir a ciegas los sucesivos acontecimientos que minan a los países democráticos desde su interior y abren de nuevo sus llagas identitarias, o bien, serán capaces de imaginar otro modelo de crecimiento? Nadie conoce el futuro, eso es cierto. Hace poco salió un libro del helenista François Hartog bajo el título Chronos,[7] en el que describe a los regímenes de historicidad por venir y retoma las tesis del intelectual indio D. Chakrabarty, quien, entre otras cosas, relaciona el cambio climático con el cambio de época y evoca a las multi-temporalidades antropológicas y culturales, lo mismo que al régimen antropocénico (que disocia el tiempo de la naturaleza y el tiempo humano), en resonancia con muchas intuiciones ya antiguas de Octavio Paz, en Tiempo nublado. Hartog advierte que el imaginario cristiano adquiere un nuevo vigor en un mundo europeo post-cristiano, y observa que, en efecto, nos encontramos atrapados entre impulsos mesiánicos (que anuncian la entrada en el “mundo del final”) y de complicaciones catastróficas que designan el “fin de los tiempos”.

Incluso si nos inclinamos por el “catastrofismo ilustrado” de Jean-Pierre Dupuy, un intelectual que pasó por Cuernavaca y estuvo cerca de Iván Ilich, no hay que ceder al predominio del discurso mediático, debemos hacernos eco de los pensadores y escritores que no tienen miedo de pensar y de transfigurar al mundo de otra manera, poéticamente, meta-físicamente, quizá. El progresismo tecnológico sigue su curso “por default”, no tiene memoria, se agota y se infla sin pensar, llegó la hora, entonces, de no abandonar la memoria del mundo y de los pueblos en manos de reaccionarios para quienes el mundo ya se detuvo. Paul Ricoeur hablaba de respetar las promesas incumplidas de la Historia, y hay muchas, para no caer en las angustias del presentismo y de una opinión víctima de una mediatización ultrajante y tóxica.

 

 

Traducido del francés por Conrado Tostado

 

[1] Ilustración, en alemán (N. del t.).

[2] Ahora que los atentados terroristas en Europa se focalizan en la religión islámica, alientan combates identitarios y nutren furores nacionalistas, resulta esencial considerar el carácter proteico del “Homo Terrorismus” (ver el libro de François Thuillier y Pierre-Emmanuel Guittet, Homo Terrorismus. Les chemins ordinaires de l’extrême violence, Editions Temps présent, 2010). (N. del a.).

[3] La actualidad innombrable, Anagrama, 2018.

[4] Ver el artículo “Comment repasser du virtual au réel?” (“¿Cómo volver de lo virtual a lo real?”) de Olivier Mongin en la revista Tous urbains, No. 30-31, septiembre 2020, Presses Universitaires de France.

[5] Cfr. Les capitalismes à l’épreuve de la pandémie (Los capitalismos a prueba, por la pandemia), La Découverte, 2010.

[6] GAFAM, acrónimo de Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft.

[7] Chronos, L’Occident aux prises avec le temps (Occidente confrontado al tiempo), Gallimard, 2020.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa