Expediente

Las despedidas

Después de tres meses, salí por fin de la casa. No tuve más remedio: necesitaba efectivo. Hay un cajero automático a tres calles; decidí ir un domingo y temprano, antes de las ocho de la mañana. Quería garantizar que no me tropezaría con nadie, que no encontraría ningún cuerpo en el camino. Un amigo que tiene un primo médico me aconsejó que fuera con mascarilla, que llevara guantes, que uno a uno desinfectara después todos los billetes. “Puedes usar un secador de cabello”, dijo que decía su primo.

Todo salió bien. Pulsé mi clave secreta con un dedo de látex amarillo. Metí los billetes en una bolsa plástica. Usé por primera vez un secador de cabello.

Después de tres meses, por primera vez me puse zapatos.

 

 

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El 22 de abril en Osorno, al sur de Chile, nació mi nieto. Mi hija Paula y Hans tuvieron que esperar hasta el día anterior al parto para saber a qué hospital debían dirigirse. Todo dependía de las estadísticas y de las estrategias frente a la emergencia. Según lo que pasaba o no cada día se decidía qué clínica se destinaba a los casos de Covid-19 y cuál otra se dedicaría a atender todo lo demás.

Todo lo demás: lo natural, lo de siempre. La vida de antes.

Cuando nació Bruno, su padre pudo estar con él media hora, luego debió abandonar el lugar hasta el día siguiente. La idea era evitar cualquier riesgo. Evitar la presencia de los otros. La otra cara de la emergencia sanitaria es el vacío. La ausencia como definición de la normalidad.

Mi nieto recién llegado. El mundo no tiene roces, no tiene tacto, no tiene ni siquiera demasiados sonidos. Solo es aséptica soledad.

 

 

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El encierro supone, también, un nuevo lenguaje. La vida que se movía entre el adentro y el afuera de pronto se esfumó, se acabó. Hay palabras que permanecen suspendidas, sin asidero. Otras se debilitan, están amenazadas, pueden envejecer muy rápidamente.

Llevo meses escuchando la continua alusión a la sana distancia. Lo dicen los voceros oficiales. Lo repite cualquier funcionario. Se multiplica en los medios y en las redes. Es el eco cotidiano en todos lados.

Hace unas semanas, si hubiera saludado a mi vecino sin abrazarlo, me hubiera reclamado. “¿Qué pasa?”, podría haberme dicho, “¿Por qué tan distante?”, podría haberme preguntado. Ahora, si de casualidad nos cruzamos en la entrada del edificio, solo levantamos la mano y apuramos el paso. Apretamos monosílabos entre las muelas. La distancia recorta el lenguaje.

Vivir sin abrazos implica también vivir con menos palabras.

 

 

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“Vivo en un depa muy chiquito”, me dice.  Es cierto. He estado ahí. O por lo menos conozco el espacio público de la casa: una sala pequeña, un comedor casi adosado a una cocina estrecha, el pasillo breve, el baño.

“Somos cuatro —dice—. Y el depa solo tiene ese baño”. De pronto me cruza la imagen de la familia, ellos dos, sus dos hijos adolescentes. Generalmente nos hemos visto afuera. En un restaurante, en un parque, en una calle antes de entrar al cine.

“No sabes lo que es esto”, repite.

Hay vidas en común que solo pueden ser tolerables con mucha calle. No es algo que tenga que ver con las relaciones, con la calidad de los afectos, ni siquiera con las costumbres domésticas. Se trata —en su más cruda literalidad— de la dimensión física del amor.

“Mis hijos han empezado a golpearme —me dice—. Tú sabes —aclara—, es de juego. Pero de todos modos me preocupa. Quiero pensar que me tienen cariño”.

 

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Aquello que llaman la nueva normalidad no es otra cosa que la misma normalidad que ya conocíamos pero que, ahora, será peor. Su novedad son sus carencias. Es una normalidad sin. Sin contacto físico. Sin seguridad clínica. Sin trabajo. Sin amantes. Sin multitudes. Sin viajes. Sin turismo. Sin tranquilidad… El sentido de lo normal, en pocos meses, ha perdido peso, estatura, densidad. También se ha contagiado del virus.

Poco a poco, cada día, el confinamiento solo agudiza las contradicciones: es un privilegio feroz o una violenta desesperación. La virtualidad es una simulación de la vida real que ya no podemos tener. Como sea, tratamos de sobrevivir a esas ausencias. El encierro solo es una larga ceremonia, el ritual de las despedidas.

 

 

Ciudad de México, México

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa