Expediente

La inclemencia de los refugios

Imagino que mi interior se ha convertido en un lago sereno. En un lugar de aguas apacibles. Siento que allí me desintegro, sin temor, sin pena. Me voy disolviendo lentamente en las aguas oscuras que llenan el lago.

Pero de pronto me ahoga el olor del agua estancada. Le ordeno al cuerpo que se recomponga, que despierte de su sopor y se mueva. El agua se agita, suben los detritos que yacen en el fondo, mi lago interior se llena de remolinos y de olas. Trato de mantenerme a flote con desesperación, para evitar ser tragado por el lago y luego escupido definitivamente y sin retorno en la orilla desconocida.

Giro a oscuras en la cama. Mi ejercicio de relajación no ha funcionado. La tranquilizante idea de flotar en un lago se ha convertido en otra herramienta de la ansiedad. Siento mi cuerpo mojado en sudor, las piernas me duelen, se oxidan por la menguada actividad diaria.

Se que lograré dormir cuando comience a amanecer, es un hecho comprobado durante este segundo mes de confinamiento. Pero esta humilde certeza tampoco permite que dedique el tiempo de insomnio a pensar en algo útil o concreto, ni que me deslice flotando amablemente al sueño. Porque de la misma forma que mi cuerpo se adapta a la comodidad de las leves cavidades que ha formado en el colchón, mi mente se apresura a colocarse en ciertos pasajes sin salida. Para evitarlos intento deambular de forma imaginaria por lugares y situaciones que añoro, a riesgo de navegar entre recuerdos y terminar a la deriva, porque a veces los recuerdos son un territorio peligroso, una simulación donde la isla paradisíaca puede volverse un iceberg.

Las imágenes de estos paseos se superponen, se funden, se esfuman; no se si recuerdo, si imagino, o si sueño. Recorro un bosque de ombúes a los pies del cerro Arequita, mirando los rayos de sol que se cuelan entre las ramas. Trepo a unas rocas del Río de la Plata en la rambla montevideana, buscando unas inscripciones talladas en piedra que nunca volví a encontrar por las fluctuaciones de la marea. Camino con mi nieta por las calles de un pueblo de pescadores en la costa Atlántica. Suspiro en una banca del audiorama de Chapultepec mientras suena la Gimnopedia 1 de Satie…

Mi perro sube a la cama y se acuesta, siento el calor y el peso de su cuerpo, su respiración. Mientras intento hundirme en el sueño, oscuro como su pelo azabache, recuerdo que murió tres meses antes de la cuarentena y que, gigante y tieso, lo envolví en una sábana en medio de la sala.

Mi perro es el único fantasma que me visita. Es probable que la densidad del aire de la ciudad, ahora modificado, no permita la incursión y el desplazamiento de estas entidades. El aire está cargado de una extraña electricidad, de suspenso hecho aire.

Las horas no se suceden, se arrastran una sobre la otra. Se siente como vivir un tedioso día único, que solo es alterado por la vibración de pequeños eventos disonantes.

Intento leer un libro que será descartado en la tercera o cuarta página, no tanto por la calidad del texto, sino por la incapacidad de concentrarme en algo. Giro la lámpara para no molestar a la esposa durmiente. Gracias al efecto de sombras que se produce al cambiar de orientación de la luz, descubro que en cierto sector de la pared han quedado cerdas de pincel adheridas a la pintura. Al acercarme noto que son muchas más de las que he visto inicialmente. La mitad inferior de la pared está cubierta de pelos gruesos.

Sucede algo parecido cuando miro el cielo del atardecer. Veo una estrella solitaria. Luego veo alguna más. Si presto mayor atención, registro que el cielo, aún iluminado por el sol que se esconde, ya está cubierto de astros.

Algunas canciones de amor dicen que estamos hechos de igual materia que las estrellas. Como en el cielo pero invertido, dice el fantasma de mi perro, los humanos somos millones de diminutas luminosidades intermitentes. Frágiles, inconscientes de nuestra finitud.

“Como una pintura nos iremos borrando. Como una flor, nos iremos secando aquí sobre la tierra. Meditadlo, señores, águilas y tigres, aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro, también allá iréis, al lugar de los descarnados. Tendremos que desaparecer. Nadie habrá de quedar.”

Hay una fotografía de otro escritor donde aparecemos luciendo máscaras de los antiguos médicos de la peste negra. Fue tomada en su casa de la colonia Juárez, un día de mayo del año pasado cuando se activó la contingencia ambiental extraordinaria, con más de 150 puntos en el índice metropolitano de la calidad del aire. Ayer mientras tomaba té especiado y leía instrucciones para fabricar una mascarilla, recordé esa foto y se la envié. “Tan proféticos siempre”, fue la respuesta del escritor.

Acabo de terminar el diseño de un libro en colaboración con el escultor y el dibujante. La piel de metal, que contiene textos, fotografías y dibujos, es un recorrido posible por el proceso creativo del escultor, y es a la vez, un artefacto ficticio.

A fines del 2019 descartamos la propuesta inicial para la tapa, que era un interesante fragmento de escultura metálica. La sustituímos por un dibujo realista del rostro del escultor hecho por el dibujante a partir de una fotografía que le tomé en su taller. El rostro del escultor está cubierto por una mascarilla.

Aunque la mascarilla es de uso habitual mientras trabaja con piezas de hierro esmaltado, el escultor mencionó que su aspecto en la imagen no era tanto el de un escultor, sino el de un cirujano. El cambio añadió una serie de elementos sugerentes al mecanismo interno del libro. Tres meses después se declaró la pandemia, se sugirió la cuarentena voluntaria y el uso de la mascarilla. Hoy esa imagen del rostro enmascarado está cargada de nuevos significados, se ha vuelto inquietante. Nos atrae la idea de, involuntariamente, haber creado un signo premonitorio.

En el texto inicial del libro, la editora escribe: “De forma inevitable, al iluminar un lugar oscuro se producen nuevas sombras y pequeños territorios de oscuridad. De igual manera, el intento de describir los hechos, la verdad, la realidad, produce ficción, simulacros y estratagemas”.

¿La editora se refiere al libro del escultor, habla de la pandemia, o habla de este texto que acabo de escribir?, pregunta el perro fantasma.

La esposa ha comenzado a asistir a sus pacientes de forma virtual. Se encierra en una sala o en nuestro dormitorio. Ha prohibido claramente que preste atención a las conversaciones. Con palabras y con sus expresivos ojos grises.

La nieta dibuja y pinta manchas de color conectadas que llama “mapas”, donde marca cruces que señalan tesoros ocultos y ríos por donde flotan peces, barcos y zanahorias. Una de sus piezas favoritas, y a la que suele retornar a agregar detalles, es la que pintó sobre un prospecto gigante de mi medicamento para el corazón. No me he ocupado de las posibles lecturas de este acto performático.

Su madre, la hija mayor, defendió la tesis universitaria desde su casa. Lo logró y es licenciada. Dicen que ha sido la primera en hacerlo aquí, aunque no lo hemos confirmado. Hija menor está concentrada en sus diseños textiles, la superficie de su cuarto permanece cubierta de trozos de tela de diferentes texturas y colores. Su pelo ha pasado por varias transformaciones en estos meses. Subvirtiendo un lema patrio, se ha tatuado “libertad o suerte”.

 

Montevideo, Uruguay