Expediente

La Habana-upon-Avon

El tiempo se extiende como un camino sin fin, asfalto liso que solamente permite imaginar su prolongación cuando las dos líneas rectas que forman sus orillas parecen tocarse en el horizonte. En ese momento, el ojo necesita un relevo mental para seguir (sa)viendo. Del pasado se deduce un resplandor del futuro, casi una certeza, un afloramiento de sentido: el camino no está terminado, solamente puede trazar su surco rectilíneo más lejos, detrás de la colina triste del horizonte. Y nos dejamos llevar por la imaginación de un lento viraje que lentamente deformaría la monotonía.

Por tanto, estamos convencidos de que todo seguirá su curso. Al ser la época de la prudencia —que junto con el miedo a los demás, la sospecha de la contaminación, es una de las nuevas formas de ser de nuestras individualidades pandemiadas— ya no nos atrevemos a esperar un curso “normal”. Retomar constituye por sí solo un futuro deseable, un futuro de una persona mayor.

Porque el río de nuestras vidas nos dejó desplomarnos sobre las riberas del tiempo. Incluso su cómputo se volvió fastidioso, casi inútil. ¿Quién de entre nosotros podría decir sin fanfarronear, de inmediato, cuanto tiempo duró su propio aislamiento? ¿Por cuántas semanas las autoridades sanitarias, civiles y militares, exigieron nuestro encierro? ¿Cuántos días exactamente nos encontramos frente a nosotros mismos, en el mismo lugar de la casa, sentados en el mismo sillón, dándole vueltas a consideraciones semejantes?

Pasados esos momentos de estupor absorto, la mayoría de nosotros intentamos enfrentarnos al animal a brazo partido. Primero había que, si era posible, trabajar de forma remota, hacer las compras con un cubrebocas y estar provisto de un certificado de salida válido, transformar la casa en salón de clases para los pequeños, los medianos, los grandes, tan sólo salir una hora diariamente y en un radio de máximo un kilómetro alrededor de su domicilio, no reunirse con más de diez, luego cinco personas. Decidimos otorgarle nuestro consentimiento temporal a todo eso.

Cada uno debe, después, encontrar recursos adicionales porque, como el tiempo pasa de otra forma, nos crearon la obligación de ocupar de otra manera esta masa distendida de instantes acumulados.

Algunos recurren, con más o menos alegría, a algunos viejos demonios. Fui uno de ellos, y uno de los míos era, desde hace mucho tiempo, mi biblioteca, más precisamente su organización, el cuidado de darle a la sucesión de los volúmenes sobre las repisas el rigor necesario de una clasificación, la mezcolanza problemática de los géneros. Ahí es donde las cosas se complican. Si desde hace mucho tiempo la poesía no es un tema de cuestionamiento —su caso se resolvió con la atribución de una biblioteca particular en todos mis lugares de residencia sucesivos—, el del teatro está lejos de tener la misma apacible suerte. Una vez más, me encontraba frente a los lomos silenciosos de obras teatrales diseminadas sobre la estantería, unas comprimidas entre enormes novelas complicadas, otras destacándose entre los delgados volúmenes que ellas miran con desprecio a varios centímetros de distancia, algunas aisladas al final de la fila cuando el alfabeto así lo decide hasta que un recién llegado las empuja al estante inferior, o las propulsa hacia una nueva fila a la que no están acostumbradas y tal vez tengan que pedir informes a los vecinos reticentes al intercambio o, todavía peor, que se expresan en sus páginas en una lengua extranjera.

Había llegado a esa lamentable conclusión cuando mis ojos se toparon con dos enormes volúmenes, encuadernados en piel verde oscuro, que de lejos tenían una postura hierática. Libros serios sin duda. Me acercaba. Shakespeare, Tragedias, I y II. Dudaba, sin saber cuál tomar. Avanzaba con el brazo derecho, lentamente, pensando en tomarme el tiempo para escoger, luego, cuando los tocaba, casi al final, cerraba los ojos. Inmediatamente, como las posiciones exactas no habían tenido tiempo de fijarse en mi memoria, los dos volúmenes se entremezclaban. Me sentí un poco avergonzado, iniciando ahí como una nueva fase de mi malestar teatral. A pesar de los esfuerzos cuya vacuidad no se me escapaba, sus contenidos me esquivaban. ¿Dónde está El rey Lear? ¿Dónde está Hamlet? ¿Otelo está en el tomo I? ¿Y en el tomo II? Avanzaba a ciegas. Mi dedo índice rozó el lomo de uno de esos volúmenes, acarició el final hinchado, suave y firme a la vez. Abrí los ojos con una sonrisa de chamaco que se siente demasiado grande para echarlo a la suerte sin que las ganas de jugar hayan desaparecido. Tomo I: Tito Andrónico, Romeo y Julieta, Julio César, Hamlet, Otelo.

Tomé el libro en mis manos. Era un muy hermoso ejemplar. De esos de los que uno incluso está orgulloso sin ser por ello bibliófilo. La contraportada superior estaba deslucida pero un azul pastel flotaba todavía con la autoridad tranquilizadora de una pátina. En cambio, la cabezada bicolor, café y amarilla, me pareció de mal gusto, una decepción que rápidamente se atenuó por el doble marcapáginas en hilo satinado, de un bello rojo intenso, que lanzaba como salpicaduras de sangre fresca al interior de las páginas. A pesar de los años, un perfume de tinta reconocible entre miles subía discretamente por mis fosas nasales. El olor del saber, de las noches de estudio, del placer de leer. Una nariz compleja, que sólo los conocedores y maniacos aprecian. Cerraba el libro, ahora me acordaba de él, y lo abría de nuevo al azar. Hamlet, acto V, escena 1. Mi mirada descendía de prisa por la página. Hamlet: “Y estos huesos, ¿no fue laborioso que tomaran forma? ¿Se puede jugar a los bolos con estos huesos? Duélenme los míos con solo pensarlo”.[1] Una palabra que retuvo mi atención súbitamente me remitió a otro texto. Más adelante: “Tanto refinamiento comienza a haber en este siglo, que el pie del villano pisa el talón al cortesano y hasta los callos pisa, de su calcañar”.[2] Proseguía, la mente ahora estaba alerta. Tenía una idea. “Todo está en estar listo porque, lo que abandona, nadie sabe cuándo es el momento adecuado para abandonarlo”. ¡Estaba allí! El “mal”, los “calcañares”, la muerte, el destino… Sí, esto sólo podía significar una cosa: Eliseo Diego, el famoso escritor cubano seguramente había leído a Hamlet. La hipótesis en sí misma no tenía nada de sorprendente. Pero había algo más perturbador. Su recopilación de relatos breves, Divertimentos, en cuya edición francesa trabajaba precisamente en ese momento, incluía un texto que evocaba ese último momento de la vida, esa claqueta final cuyo chasquido funesto nadie oye pero que cada uno desea retrasar. Y lo que es más, las palabras eran las mismas. Mal. Calcañares. William Shakespeare comenzó entonces a iluminar, como con una vela, la prosa delicada y misteriosa de Eliseo Diego al mismo tiempo en que éste último le abría paso, con discreción y tal vez con malicia, a su ilustre predecesor en la escena literaria mundial.

Cruzando los mares, más allá de las eras, esos dos sin duda alguna habían estado vinculados. Cerraba el libro, admirando mentalmente desde la Tierra las galaxias imprevisibles de la creación literaria, su arriesgado nacimiento, la fragilidad de su estado. Y si me hubieran preguntado cómo vivía la pérdida de mi libertad de movimiento, sin lugar a dudas habría respondido que en ese preciso momento experimentaba una sensación de plenitud.

 

 

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

 

*El títutlo se refiere a la comuna en Seine-et-Marne que está en el departamento de la Isla de Francia. [N. de la t.]

[1] Traducción al español tomada de Hamlet, Cándido Pérez Gállego (introd.), versión definitiva Manuel Ángel Cornejo Dionís-Bayer y Jenaro Talens, 9ª. ed., Cátedra, 2001, p. 615. [N. de la t.]

[2] Ibíd., p. 623. [N. de la t.]

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa