Expediente

#Irse #Quedarse / Sábado 14 de marzo/ Le Gosier, Guadalupe

10 horas. “Sica, mucha gente está cancelando para mañana. Me jode de verdad. Vamos a tener que cambiar de lugar”. Mañana… Mañana es el cumpleaños de Saint-Yves, mi padre. Kelly, mi hermana, le prepara una fiesta sorpresa desde hace varias semanas. Hasta ahora, 54 personas habían confirmado que venían. Y sí, sesenta años y una jubilación el mismo año, inevitablemente convocan tanto del lado de la familia, amigos, como a colegas de trabajo. Finalmente, casi… “Jessica, lo siento, no voy a poder ir mañana”. “No estaba previsto, pero me llamaron para ir a trabajar”. “Debo cuidar a la hija de mi novio”. “Mi mujer se siente mal, prefiero quedarme con ella”. La fiesta se trasladará de la casa flotante a orillas del canal del Ourcq a la casa familiar en Issy-les-Moulineaux. ¿Pero es prudente mantenerla? ¿Y si todas esas personas tenían razón? ¿Tal vez debería renunciar a tomar un avión y permanecer aquí? Sin embargo, cierro mis maletas e intento callar mis aprensiones.

15 horas (hora local), Emmanuel Macron acaba de anunciar las primeras medidas de restricción. Los bares y restaurantes, así como el conjunto de los lugares no esenciales a la vida del país, permanecerán cerrados a partir de hoy a medianoche.

16 horas. Estoy en el aeropuerto. Una, dos, tres, cuatro, cinco personas me separan de una decisión que todavía puedo tomar. ¿Irme o quedarme? Después de todas esas cancelaciones tengo miedo de decepcionar a Kelly, ella que le dedicó tanto a la organización de este evento. Tengo miedo de decepcionar a mi padre, él con quien recientemente aprendemos a reconstruir un lazo. Entonces, camino silenciosamente, pero sin dar la vuelta para no flaquear. En el avión hay una veintena de asientos vacíos. Son los de las personas del crucero, en su mayoría italianos de Costa Favolosa, que se quedaron confinadas en Guadalupe. Comienzo a enojarme. Ya no tengo un hogar. Al irme originalmente de Guadalupe por tres meses, entregué mi estudio de Vinaigri, y mi departamento de Pantin sigue en renta. Se canceló el coloquio en el que debía participar a finales de marzo en Ottawa. Mis estancias de investigación previstas para mediados de abril en Costa de Marfl y en Camerún parecen poco probables. Y mi boleto de regreso a Guadalupe es hasta el 18 de junio. Debí quedarme. Mantener hasta el final mi “travesía”. Conservar en mi visor las curvas vertiginosas, aunque tranquilizadoras de las montañas de Basse-Terre. Estar ahí para abuelita y abuelito, usted sabe, “por si acaso”. Porque si el mañana existe, necesariamente habrá otros cumpleaños.

 

J-1

#Polizones

Domingo 15 de marzo, París, Francia

12:30 horas. “¡Sorpreeeeeeesa!”. Una treintena de personas se encuentran en la salita de la casa familiar para celebrar el cumpleaños de nuestro padre. “¿Qué hacen ahí? ¡Qué bien me engañaron! ¿O no, Isabelle? Sica, ¿también estás aquí??”. Su emoción es palpable, incluso me parece poco familiar. Como si se diera cuenta del aspecto subversivo de ese instante. Como si en el fondo fuéramos una banda de polizones, desafiando esas nuevas prohibiciones que, sin embargo, ayer todavía nos estaban permitidas. Es evidente, papá no se lo esperaba. Lo percibo emocionado y agradecido por ese “último” momento que pasaremos juntos, sin duda, por un largo tiempo. Entonces, sí, en ese preciso instante, lo sé, no quiero estar en ningún otro lugar más que al lado de todos ellos, mi familia. “Oh, mira, por cierto, ¿allá están Jojo, Patrice, Julien y Claire?”. No los he visto desde que me fui para establecerme en Guadalupe, hace dos años. Y… ¿esa voz burlona? Estoy segura de que es la del tío Serge, el hermano de papá: “¿Y bien, la viajera?! ¡Kuánto tienpo sin bverte, inkluso![1] Ven a que te presente a mi Brigitte”. Más lejos, un joven que se parece a mi primo Titi, cuya sonrisa conservo en la memoria gracias a los álbumes de familia: “Es Lenny, mi hijo, tiene 13 años”. Y allá está Marie, la pareja de Christophe. “Afortunadamente existe Facebook para tener noticias de ustedes, ¿no es verdad, primo?… ¡Jajajaja!”. Qué extraño cumpleaños, después de todo: un gel hidroalcohólico sobre el mueble de la entrada al pie de las escaleras, las manos de unos y de otros lanzándose en increíbles pantomimas a modo de saludos, y al momento del brindis, las copas se levantaron al cielo firmando en el aire con una cruz como para alejar la maldición. Y luego, a las 22 horas, llego a la Puerta de Pantin, al hogar de Étienne y Astou, los amigos que me reciben en su casa en cada una de mis estancias parisinas: “¡Bienvenida a casa! Vamos, a pesar de todo nos abrazamos, ¿verdad?”…

 

J-0

#común

Lunes 16 de marzo, París, Francia

11:30 horas. Étienne y yo vamos a hacer las compras a la gran avenida de Pantin. En mi bolsillo tengo ese cubrebocas que rescaté tras una visita a un cultivo de plátanos. Caminamos, no demasiado lejos, ni demasiado cerca el uno del otro. Las calles están medio vacías. Las miradas y los cuerpos me parecen furtivos, casi esquivos. Mis dedos nerviosos aprietan el cubrebocas que se quedó al fondo de mi bolsillo. Las cortinas metálicas de las tiendas están a medio cerrar. Los botones de las ramas de los árboles protestan al florecer. Nunca me hubiera imaginado París vaciada de su sustancia, muda, sin aliento. Pero ¿¡qué angustia!? Rápido. Me ahogo. ¡Aire! Por primera vez en mi existencia, me doy cuenta de que el aire, ese común invisible, tiene el poder de garantizar o de condenar nuestra calidad de vida. Tan pronto como el cubrebocas se pega a mi nariz, respiro, y a medida que el aire entra con fuerza a mis pulmones, la vergüenza y la culpabilidad me ganan… Esa persona de ahí no soy yo. No, ¡se los prometo! Sólo está un poco desorientada, como en plena disociación…

En la tienda, un altavoz, una voz exhorta a los clientes a “respetar lo más posible las consignas de seguridad”. Sin embargo, nada cambió en ese hipermercado, o casi. Arrasaron con los estantes de papel de baño. Los hambrientos también destriparon a los que tenían el agua, el aceite, la leche, la pasta, el arroz y la harina. No. ¡Fueron los atemorizados! Esta pandemia es una máquina de fabricación de miedo eficaz. Y el problema del miedo es que a menudo produce inhumanidad. Cuando trato de llegar a mi caja registradora, le pido al hombre frente a mí que me deje pasar, pero no me oye. Me dispongo entonces a mover mis compras cuando de pronto el hombre me grita: “¡Sobre todo no toque mi carrito, Señora!”. En las filas de espera, la gente llenó sus carritos como si hicieran sus compras del mes. “¡Váyase a la mierda, en la guerra como en la guerra!”. De acuerdo, pero en ese caso, yo exijo que tengamos cupones de racionamiento… En uno de los pasillos abarrotados, una mujer blanca le vocifera a una mujer magrebí insultos racistas: “Estoy hasta la madre de gente como usted, siempre son los mismos los que roban”. Antes de agregar: “¡Si está aquí es porque no había lo que buscaba en su país, entonces me debe respetar!”. Incluso la cajera a la que le propongo mi ayuda porque se prepara para cerrar su caja para tomar su descanso me castiga con un “¿Y a usted qué le importa?”. Sí, el día de hoy marca el principio de un nuevo mundo y darse cuenta de que estamos en el hueco de la balanza, para algunos de nosotros, puede ser una sensación sorprendente, cruel, preocupante o embriagante. En cualquier caso, que ya sea mañana.

 

J+1

#evasion

Martes 17 de marzo, París, Francia

Imposible levantarme. Estoy paralizada. Pasmada. Postrada. En estado de shock. Como encerrada en un cuarto donde el techo desciende progresivamente hacia el piso. ¡Crack! ¿No? ¡Espere! No cierre. ¡Déjeme saliiiiiiiir! Respire. El principio de un largo paréntesis recién comienza. Como una hibernación forzada. Pero ni mi organismo ni mi intelecto están preparados para ello. Frecuentemente creí que en caso de escasez sabría enfrentarla porque estoy acostumbrada a hacer el ayuno hídrico por toda una semana. Pero nunca soñé lo que deben sentir los prisioneros, los cosmonautas, los resistentes, los submarinistas, los mineros esperando los socorristas en la gorja de un pasillo medio obstruido. No, nunca lo soñé. O tal vez sí. Una vez, en tercero de preparatoria, en clase de filosofía. Cuando leí La náusea de Sartre, en la que el autor explica que no hay nada más libre que un prisionero porque su condición le ofrece todo el tiempo necesario para planear su escape. Respira. Y planea tu escape.

 

J+2

#libertadcondicional

Miércoles 18 de marzo, París, Francia

Extraño la isla de Guadalupe. ¿Cómo están abuelita y abuelito? Y Yanou, tiíta Nicole, mi tía Léa? ¿Morgan, Céline, Didier, Mathias? Otra vez tres horas de comunicación telefónica para tener noticias suyas. Mi cuerpo está aquí mientras que mi corazón se quedó allá. Rumio mi tristeza entre dos golpes de tenedor en el desayuno y me doy cuenta del peso que mi nostalgia[2] tiene sobre mis anfitriones, Étienne y Astou. Me siento dividida entre el reconocimiento que tengo hacia ellos, por su formidable muestra de amistad y su generosa hospitalidad, y mi incapacidad para p(r)ensar la situación con calma y razón. ¿Cómo se puede uno sentir “en casa” estando en casa de alguien más? ¿Cómo no tener el sentimiento de molestar cuando uno cuenta como un tercio en ese espacio privado y cerrado? ¿Cómo determinar que parte del espacio es “de uno” viviendo permanentemente en casa de y con otros? Es evidente que el confinamiento reconfigurará nuestra manera de ser en relación con nuestros co-confinados y nos obligará a repensar nuestras sociabilidades. Algunos tendrán bebés. Otros se separarán. Vecinos de piso intercambiarán mucho más que la sal y saludos veloces. Amigo(a).s recluido(a).s juntos tendrán por fin el valor de hablarse con la “verdad”, decirse cosas que uno sólo comparte cuando está al límite. Y luego, sin duda estaremos agradecidos con nuestro panadero ¾no sólo por ese sacro-santo “pan de cada día”¾ sino por esa bocanada de oxígeno diario que nos brinda y  que dentro de poco nos recordará el carácter, a la vez inédito y extraordinario, de nuestra improbable libertad condicional.

 

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

 

[1] En francés se reproduce un lenguaje oral que dice: Lontan an pa vwèw mèm y que dice en francés: Il y a longtemps que je ne t’ai pas vue, même. En la traducción en español se busca reproducir esa oralidad. [N. de la t.]

[2] El original en francés retoma una palabra del criollo de la isla de Guadalupe: “limbé” que, como especifica la autora en su texto, significa: forma de nostalgia, de tristeza, de melancolía. [N. de la t.]

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa