Expediente

Interrupciones de una pandemia

Como algunas experiencias de intensa alegría o angustia, también como la escucha de algunas músicas o la lectura de algunos poemas, aunque de manera dolorosa y no pocas veces en extremo exasperante y de manera desorientadora, una pandemia como la del coronavirus 19 ha interrumpido los hábitos del diario transcurrir. O, más bien, ha multiplicado los tipos de interrupciones. No solo los ha multiplicado; en algunos casos, a pesar de una creciente irritación, los ha instalado como la insobornable compañía. Muchas ocupaciones permanentes se han detenido y costumbres que considerábamos profundamente arraigadas permanecen en suspenso. Tiempos extraños estos: hasta se han paralizado por el momento gran parte de las prácticas que construían las jornadas de la mayoría de las sociedades en todo el planeta. De ahí que puede resultar conveniente usar la estrategia de las transiciones, y procurar caracterizar con transiciones ascendentes, esto es, con cierta generalidad, varios tipos de interrupciones que específicamente ha introducido esta pandemia, e indagar cuales son algunas de sus posibles lecciones. Raramente en los males no se esconden algunos bienes.

En la vida cotidiana el primer tipo de interrupción de la pandemia, el más directo, previsiblemente ha sido eliminar la mayoría de las interacciones cara a cara por miedo a contagiarse. Su consecuencia: cada individuo se aísla del resto o, a lo más, se encierra con unos pocos, en muchos casos a solas con la familia. De pronto, como en otras enfermedades, se interrumpen del todo o en parte los quehaceres cotidianos y se nos obliga a recordarnos que somos criaturas frágiles: criaturas que es necesario no dejar de cuidar. Recordamos que como animales humanos somos parte de una primera naturaleza que, con nuestras tecnologías, hemos aprendido a controlar por doquier. Pero a la vez recordamos que hemos aprendido a controlar por doquier nada más que un poco. Por eso, si este primer tipo de interrupción prosigue generando reflexiones, acaso descubramos o, más bien, una vez más volvamos a descubrir, que no solo tenemos que cuidar de esa parte de la primera naturaleza que son esos animales menesterosos que somos, sino también que tenemos que cuidar del resto: de los animales no humanos y, más abarcadoramente, también de la tierra, su vegetación, sus ríos y mares que tanto hemos ensuciado y hasta echado a perder. Prosigamos todavía con un poco más de reflexión y, en el encierro, con imaginación centrífuga demos un salto hacia fuera del encierro. Rescatemos, pues, aquellos impulsos reprimidos del Romanticismo que aconsejan no solo profundizar en la ecología, sino paso a paso comenzar a retomar una erótica despreciada por la razón instrumental de gran parte de los tiempos modernos: la erótica que hemos perdido en relación con la naturaleza, con toda la naturaleza. Porque no es posible cuidarse a solas.

Pero la pandemia del coronavirus 19 y el necesario encierro para evitar contagios han producido como consecuencia un segundo tipo de interrupciones, esta vez económicas, que han afectado y afectan, aunque de diferente forma, a los más diversos grupos sociales. Están quienes se pueden encerrar porque tienen suficiente dinero y habitan en casas con jardines e incluso alberca y, si no tanto, al menos saben que cada mes recibirán un sueldo, grande o pequeño, pero un sueldo. Toda esta gente rica o, al menos, de buen pasar o, al menos, de cierto pasar, después de enviar listas de pedidos a los supermercados, además de soportarse y de soportar la nueva cercanía con los suyos, tendrá que molestarse en lavar y desinfectar los productos que recibirán en sus puertas, pero poco más. En demasiados países, por desgracia, este grupo es muy, muy reducido: una isla en la multitud. De ahí que la pandemia, como si fuese necesario, ha puesto ante los ojos la multitud. Esa multitud que sobrevive al día con una economía de la pobreza y, no pocas veces, de la miseria y que siempre está ahí, aunque no se la quiere percibir. Más todavía, su presencia molesta tanto que se la cubre con un telón de falsa normalidad que procura volverla invisible. Pero por más grueso que sea el telón y por más que busquemos distraernos con cualquier magia, las y los miserables tercamente permanecen ahí, y hacen ruido y producen disturbios. Son aquellas y aquellos que al amanecer, pese a las cuarentenas, necesitan salir a trabajar o a vender algo para poder subsistir ese día, ellas o ellos mismos y sus familias. Por supuesto, las desigualdades sociales y la miseria no son productos de la primera naturaleza, pero sí lo son de esa segunda naturaleza que construimos todos los días entre todas y todos. Por eso, si este segundo tipo de interrupciones, la económica, también genera lecciones, acaso descubramos o, más bien, una vez más volvamos a descubrir, que es decisivo cuidar también de la segunda naturaleza: de nuestros semejantes-diferentes, los otros animales humanos, y de las instituciones que nos protegen, a la vez que se lucha en contra de las instituciones que nos dañan. Porque no es posible cuidarse a solas.

No obstante, la pandemia del coronavirus 19 y el encierro acaso nos regalen un tercer tipo de bienvenida interrupción, bienvenida e inesperada y, tal vez en principio, hasta repudiada. Se trata de detener o, al menos, de suspender en algún grado el afán de novedades. En las más diversas sociedades del siglo XXI, a cada paso avasalla ese afán que tanto destruye, y con el cual las personas y las sociedades se autodesgastan. Tales novedades suelen ser de varios tipos. Según el grupo social, diversas modas satisfacen esa persistente ansiedad. Comienzo con un ejemplo que, socialmente, poco influye. En grupos minoritarios de las sociedades clasificadas como subalternas a menudo se vive en medio de un afán de nuevas mercancías culturales, de todo eso que sin cesar producen y ponen en circulación las Casas Centrales del Pensamiento: ideas filosóficas o historiográficas, o teorías sociológicas, o nuevas maneras de hacer literatura, o de ejercer la crítica literaria o fílmica, o, en general, de producir arte. De este modo, se imponen novedades que con frecuencia no lo son, pero eso no importa sin tienen la requerida etiqueta de exportación. Sin embargo, en general, respecto de la mayoría de la gente, el afán de novedades en nuestras sociedades —¿en todas ellas?— es muy otro: a menudo se reduce a un desesperado afán por nuevas mercancías que llevan a los más diversos grupos sociales al adquirir desenfrenado, no solo de lo que no necesitan, sino de lo que les estorba. Así, no poca gente, con fervor llena los roperos de camisas no tan viejas, de faldas no tan viejas, de pantalones no tan viejos, de calzones no tan viejos, de zapatos no tan viejos…, cuyo único destino es lentamente apolillarse. Mientras tanto, se continúan comprando nuevas camisas, nuevas faldas, nuevos pantalones o lo que sea, según el poco o mucho dinero de que se disponga. Si este tercer tipo de interrupción genera también reflexiones en los grupos sociales adictos a la compra desaforada, de nuevo sea bienvenida la inesperada interrupción de la pandemia. Acaso se descubra o, más bien, una vez más se vuelva a descubrir, la vieja lección una y otra vez recibida con odio: que con frecuencia menos es más. Que podemos vivir eliminando una inmensa cantidad de bienes, que a menudo son solo pseudo-bienes, pero que suponemos que necesitamos como se necesita aire para respirar.

Sería de la mayor utilidad proseguir enlistando tipos de interrupciones de esta pandemia, a la vez que comentamos posibles oportunidades que tales interrupciones brindan para escapar del aburrimiento, del desconsuelo, de la impotencia. Pero acaso con estos escasos ejemplos y el rápido esbozo de sus lecciones ya se puede comenzar a respaldar empresas que es tiempo de emprender si queremos detener algunas de las catástrofes que, con furia creciente, no dejan de reproducirse. No solo se trata de respetar sino también de querer a la primera naturaleza y de ayudar a reconstruir una segunda naturaleza menos dañada, menos injusta, menos perversa. Como una herramienta de tales empresas, claramente es inevitable recobrar el sentido luminoso de la austeridad.

Por consiguiente, si es que todavía se está dispuesto a recomenzar, hay que dejar que las muchas interrupciones, también las de esta pandemia, nos enseñen a sacar a la luz los numerosos agujeros que ensombrecen la vida de los animales humanos y sus sociedades, esa vulnerabilidad a menudo viciosa que corroe, y nos instruye para autodestruirnos.

 

 

Tepoztlán, México

 

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa