Expediente

Humor y amargo amor

Si no fuera por el humor y la geología, a estas alturas del encierro mi desesperación sería mucho más agria. Aparte de estudiar la tectónica de placas, me he reído, por ejemplo, de ocurrencias como la de Lilia Susana López, cuando dijo mientras le tomaban la temperatura: “Máteme ese recuerdo de ese amargo amor”. Gracias a su ingenio, algo tan lamentable como la creencia en que los termómetros infrarrojos causan daño cerebral se convirtió en un motivo luminoso para reírnos, con un mismo chiste, del terror pandémico y de los traumas amorosos.

También me ha hecho gracia que mi padre, después de varios meses de asediarme para que compre una motocicleta y no vuelva a pisar jamás el transporte público, ahora intenta persuadirme de que aproveche una oferta para comprar un servicio funerario a dieciocho meses sin intereses, con cremación incluida. Como él ya tiene su servicio pagado desde hace años —somos clientes frecuentes de la funeraria García López—, mi padre no puede aprovechar el descuento que le ofrecieron por teléfono, pero yo sí. Parece que la vendedora ya le llamó varias veces para ver si ya me convenció. En una de sus charlas, ella reconoció con sinceridad que “Lamentablemente nos ha ido muy bien con la pandemia”. Lamentablemente sí, les ha ido muy bien, y no pretendo contribuir a que les vaya mejor, razón por la cual no me compraré una motocicleta ni el servicio funerario correspondiente.

Por lo demás no hay muchas novedades en mi vida; los gimnasios y panteones siguen cerrados; como estoy escribiendo una novela ambientada en gimnasios y panteones, no he podido hacer trabajo de campo. Últimamente me cuesta mucho trabajo escribir ficción; la realidad, confusa y estridente, me impide escuchar con nitidez las voces de los personajes. En los días que amanezco más estreñido de la imaginación, me pongo a versificar como quien desayuna papaya con linaza. De ese ejercicio surgen poemas de ocio, décimas, redondillas, romances y sonetos como el que desahogo a continuación:

 

Y así se pasa el tiempo en cuarentena:

rodeado de papel (mas no de baño,

ni póstumas novelas de Bolaño)

sólo poesía leeré, ¡y de la buena!

 

Tanta opinión y tuit la mente aliena,

del mundo sin wifi la paz extraño:

ganas me dan de hacerme un ermitaño

y arrancarme del cuerpo esta cadena

 

que se llama WhatsApp y viraliza

la tesis del complot (mongol) y avisa

que la prima de un médico en Toluca

 

ya se nos enfermó, ¡y no estaba ruca!

Por eso contra el virus yo sonetos

sugiero compartir, y estarnos quietos.

 

Es cierto lo que digo en el soneto: el exceso de paparruchas y controversias en las redes sociales me hace sentir a veces indigesto, deseoso de tapiar mis ventanas digitales para recuperar el contacto con algo más real que las tendencias de Twitter y Facebook.

Lo que no es cierto es que sólo haya leído poesía en la cuarentena. También me he colmado de geología. Artículos, libros, documentales e incluso tesis de licenciatura. No entiendo cómo pude vivir tantos años sin saber que la subducción de la placa de Cocos bajo la de Norteamérica es la responsable directa de la actividad volcánica que da forma al Altiplano de México. Debajo del fango lacustre de la Ciudad de México hay más de dos kilómetros de roca volcánica, depositada por numerosas erupciones sobre el fondo calizo del océano cretácico que hubo aquí hace más de 66 millones de años. Esto lo aprendí en una tesis de la Universidad Nacional Autónoma de México; curiosamente, la autora dedicó su trabajo sobre la geología del Bosque de Chapultepec “A Dios. Por todas las alegrías, bendiciones y la fortaleza a lo largo de mi vida. Por mostrarnos tu amor a través de los milagros vividos en casa y que ahora son hermosos testimonios que me han hecho crecer espiritualmente y convertirme en una persona humilde de corazón”. ¿Cómo es posible que una persona familiarizada con el tiempo profundo y la fuerza brutal de los procesos geológicos sostenga una creencia tan cándida en un ser superior que gestiona milagros domésticos? ¿De qué forma se reconcilia el conocimiento de la materia inerte por excelencia (las piedras) con la fe en un dios personal que influye “espiritualmente” sobre el mundo físico? La disonancia cognitiva no tiene límites; en vista de la tipografía cursi(va) y los epígrafes de la tesis, concluyo que el mal gusto tampoco. Sé muy bien que una persona “humilde de corazón”, como la ingeniera geóloga, no escribiría esta clase de sarcasmos, pero la epidemia de creencias absurdas alrededor del coronavirus me ha vuelto intolerante.

Cada vez que leo sobre las propiedades milagrosas del dióxido de cloro o de la teoría monetaria moderna para curar esta crisis (¿Cómo no se dan cuenta de que el dióxido de cloro es blanqueador Cloralex y que la presunta soberanía monetaria propicia un endeudamiento social y ambientalmente insostenible?), me arden los intestinos. Por suerte la geología me sirve como antiácido. Pensar en el contraste entre la escala geológica del tiempo y la fugacidad de la existencia humana me inspira urgencia y desapego a la vez: por un lado me incita a atesorar mi escaso tiempo sobre el planeta y por otro me permite tomar sana distancia con respecto a las efímeras divinidades y tragedias de nuestra época.

De eso se trata el primer libro que devoré en la cuarentena: Conciencia del tiempo, de Marcia Bjornerud. El título original del libro es más comercial y explícito: Timefulness. How Thinking Like a Geologist Can Help Save the World. “Mundo” aquí significa algo muy restringido: la biodiversidad y la civilización humana. El mundo por lo demás no necesita que lo salvemos de nada. Lleva 4500 millones de años girando sin obstáculos alrededor del sol. Ni el cambio climático ni la extinción masiva ni la pandemia son una amenaza para él. Por desgracia sí lo son para nuestra especie y para muchas otras, lo cual me produce una terrible angustia.

Cuando la geología no basta para serenarme, recurro a la comedia, esa forma humilde e irreverente de contarnos el mundo. La comedia tiene final feliz no porque las historias terminen como deseábamos sino porque nosotros terminamos por aceptar cómo acaban las cosas. La comedia acontece, por ejemplo, cuando un hombre que acaba de perder a su hija decide participar en un concurso digital de baile organizado por la página de Facebook COVÍ [sic] DANCE 2020. Se llama Fabio Rodolfo Vázquez, pero sus amigos lo conocen como Lobo Vázquez, y dice al comienzo de su video: “Vamos a enseñar más o menos algo de lo que puedo bailar. Y ahí les va. Soy de la zona cinco”. Fuera de la ciudad de Guatemala, nadie sabe qué significa “zona 5”, lo cual prueba que Lobo Vázquez nunca se imaginó el alcance internacional que tendría su interpretación coreográfica de la canción ochentera Danger.

Lobo Vázquez es un milagro cómico de la pandemia. Si nos reímos al ver su video no es porque nos burlemos de él sino de nosotros mismos, que no esperábamos ver a ese hombre tímido y formal “de la zona 5” convertirse en un prodigioso derviche de la música disco. No obstante la rudimentaria producción de su video, el genio de Lobo Vázquez se impone. Su manejo del escenario —una habitación estrecha y mal iluminada de su casa— es portentoso, así como el acoplamiento entre la música y sus pasos extravagantes. Incluso sus calcetines blancos —hasta los invidentes saben que no deben usarse con pantalón y zapatos negros— son un hallazgo coreográfico, pues brillan como relámpagos cada vez que Lobo da un paso acrobático. Ese Lobo parecía un cordero, pero resultó ser un monstruo del baile que jamás habríamos descubierto sin la muerte prematura de su hija y sin la respuesta carnavalesca a las cadenas del encierro pandémico.

Lobo Vázquez es un diamante en bruto, y los diamantes son cristales de carbono que salen a la superficie de la Tierra en lugares donde la corteza es muy profunda y estable. Esos núcleos continentales se llaman cratones y he aprendido mucho sobre ellos en una obra de dimensiones tectónicas: Annals of the Former World de John McPhee. Este libro, cuyo título es una cita de James Hutton, fundador de la geología moderna, ha sido mi lectura principal durante el confinamiento; escritos a lo largo de veinte años y 700 páginas muy densas, los Anales me han permitido viajar a través de las eras y continentes para entender por qué existe California, por qué hay petróleo en Campeche y por qué se llama Chipre, que significa “cobre”, una isla mediterránea; por qué hay fracturas sísmicas en el muro de mi cocina y por qué hay fósiles marinos en el mármol de las estaciones del metro de la Ciudad de México (en Centro Médico están mis caracoles favoritos).

Me gustaría volcar aquí todos los datos curiosos que he aprendido en la pandemia, pero con ello excedería los límites de esta bitácora. Me gustaría glosar todos los memes, hacer el inventario de los chistes y la crítica mordaz de las supersticiones; montar una comedia del encierro, y que al final feliz de la catástrofe alguien diga de broma: “Máteme ese recuerdo de ese amargo amor”.

 

2 de septiembre de 2020

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa