Expediente

Hogar* o Temporada de invierno

La niña tenía cuatro años, de manera que con seguridad sus recuerdos eran confusos. Su madre, para hacerla consciente del inminente cambio, la llevó hasta la cerca de alambre de púas y, de lejos, le mostró el tren.

¿No te alegras? Ese tren nos llevará a casa.
Y entonces ¿qué va a pasar?
Entonces estaremos en nuestro hogar.
¿Qué es un hogar? preguntó la niña.
Donde vivíamos antes.
Y allí ¿qué hay?
¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás también estén allí tus muñecas.
Mamá preguntó la niña, ¿en casa también hay guardias?
No, allí no hay.
Entonces preguntó la niña, de allí ¿podremos escapar?

 

*István Örkény, «Hogar», del libro Cuentos en un minuto

(Trad. Judit Gerendas, Thule Ediciones, 2006).

 

La niña de cuatro años, criada en un campo de concentración, quiso aprovechar la oportunidad que le ofrecía la libertad, donde faltaban los guardias (si alguna vez estuvieron ausentes, en cualquier parte del mundo, los “guardias”), salvarse, de una vez para siempre, y escapar de la libertad, porque sea como sea, es más fácil escapar de la libertad que de ti mismo. Recuerdo cuando llegué a México y los problemas que tuve para adaptarme a la libertad. Crucé las fronteras de muchos países para llegar hasta donde estoy, pero hay una frontera dentro del hombre que no se cruza fácilmente, y tal vez uno al cruzarla, deja de ser uno mismo. Todos tienen un niño dentro, algunos lo matan con el tiempo, sólo para estar en paz con el barrio donde viven o con quien los rodea; otros lo mutilan; algunos desde siempre están en paz con él, creo que la mayoría de los artistas, y por supuesto que hay otros que representan una minoría. Sin embargo, en situaciones extremas, ese niño puede convertirse en un animal espantado, difícil de ablandar o domar, incluso en condiciones normales. Alguien puede ser salvado por el arte, por el trabajo científico, la familia o también quien recibe la ayuda profesional de las instituciones de salud para convertir esa bestia inocente en un niño.

 

En la guerra podías moverte de un lugar a otro, adonde te sintieras un poco más seguro. Si llegabas a la frontera, te salvabas. Pero había gente que no quería cruzar la frontera por la ética colectiva de su nación, de una familia o de sí mismo. En la guerra o en otra situación extrema. Por ejemplo, cuando la vida del individuo o de sus seres queridos está en peligro debido a su etnia.

 

Planeaba viajar a Kosovo durante las vacaciones de verano, mi madre falleció hace menos de un año y entre los albaneses existe la tradición de que los miembros de la familia arreglen las tumbas un año después de la muerte. Pensé en arreglar la de mi madre y ayudar a mi hermano a cambiar el techo, que gotea. Mientras trataba de determinar cómo haría para llegar a Kosovo, vía Frankfurt, Londres, París, Ámsterdam, Roma… en un momento, la vida pareció detenerse. La noticia de la aparición del COVID-19 dominaba en todos los medios de comunicación. Comenzaron a tomarse medidas extraordinarias en el mundo, se interrumpieron las clases en las escuelas en todos los niveles, se cerraron restaurantes, cine. El galope del quinto jinete del Apocalipsis se escuchaba en todo lugar, sin importar dónde tratara uno de guarecerse. Por supuesto, todavía hay gente que cree que este virus asesino es una mentira, que la Tierra es plana, que la serpiente le habló a Eva (con esto último incluso puedo estar de acuerdo, pues si la serpiente le habla hoy día a todo el mundo, entonces por qué no había de hablarle también a Eva), y que no creerán en la existencia del virus hasta que les hable al oído, los tire al suelo, los deje con secuelas o, en el peor de los casos, los abrace arrastrándolos al otro mundo.

 

Ahora, imagínense el mundo como si fuera una casa (además, es una casa), imagínense abriendo la puerta y cuando entras, no te sientes bien porque alguien llegó en tu ausencia, un intruso que se llama miedo. Imagínense que necesitan un poco de aire, para recuperarse; quieren salir a tomar uno, dos o tres tequilas o cervezas afuera, y en cuanto abren la puerta de la casa, notan que el miedo se ha apoderado también de las calles. Van a su cantina favorita y ven que el miedo ha ocupado su lugar en la barra del bar o en la mesa, está allí sentado y bebe por placer, porque se le pegó la gana. Piensan en sus seres queridos, piensan sin control en lo que sea, y no pueden romper los muros del miedo.

 

Regresas a casa, bebes otra cerveza y te parece como si no tuviera sabor; bebes tequila o whisky, tampoco los disfrutas. Cambias de marca; por ejemplo, en vez de Jack Daniels bebes Wild Turkey, tampoco vale. Cambias de bebida, pasas al vodka o al ron, en vano. Escuchas tu música favorita y no la soportas, vas del rock al blues, al jazz, al soul, en vano.

 

Así andaba, cuando recibí noticias de los Estados Unidos. La editorial Laertes publicó el libro Emergency Exit (Salida de emergencia). El título fue seleccionado mucho antes de que estallara la pandemia. Salida de emergencia, salida de emergencia, me repetí. Tenía el libro en la mano. Él, el libro, era la salida de emergencia de este mundo modificado según el modelo de Trump y Putin. La poesía entonces, más que nada, fue mi salida de emergencia y me senté en las primeras semanas de la pandemia y comencé a escribir. Escribir como nunca sobre la belleza del mundo, de la vida, quizás paradójicamente, expresándola a través de lo feo, lo terrible, lo grotesco, lo absurdo. Pero como siempre, al servicio de la belleza humana, en busca de instrumentos que rechacen la locura, que iluminen la oscuridad. La casa, el barrio, la ciudad, el mundo hoy están heridos; nos queda poca luz, hay que protegerla a toda costa, reenviarla y recibirla online (por mi parte todavía no me adapto de la mejor manera al mundo virtual, pero tenemos bibliotecas que podemos enriquecer con libros online).

 

El MIEDO deja al hombre estupefacto. El sentimiento pierde sentido hasta que se materializa en palabras. Tú las pronuncias, pero están vacías por dentro, sin peso. Durante largas jornadas laborales escribiendo, dados los muchos problemas de la poesía contemporánea, me sentí en la posición del sordomudo (quizás como mi tío sordomudo que falleció esta semana). Es un mundo entero el sonido, un universo que no se puede expresar. O se expresa de una manera en que los demás no entienden, y uno se ve obligado a rendirse, mirando desde fuera, pues por dentro nunca se deja de aullar. Así es como veo al hombre hoy ante la pandemia, ante el poder político que pierde sentido y parece que sólo los ciegos no vieran la llegada de un nuevo orden mundial, con toda probabilidad peor, ante una crisis económica que destruye un orden social y en consecuencia provoca una crisis de seguridad global. Son momentos en que quizás puedan acelerarse los procesos en marcha, esperando que no sean para empeorar, o acaso por ser tan mala la situación no pudiera mejorarse, aunque haya pocos, incluso artistas, que buscan más lo desconocido en el arte y mucho menos lo desconocido en la vida real. Es hora de que el poeta, pintor, dramaturgo, músico, arquitecto, “sordo” hable, grite lo más fuerte que pueda, y no produzca niebla para vender como si fuera el humo de marihuana o de puros cubanos. El silencio no es oro. Podría serlo para los cobardes.

 

Nadie está detrás del escritor. Está solo en este mundo ante el cadáver del dios muerto, asesinado, vivo en el más allá. Detrás del criminal hay un ejército de criminales; detrás de los corruptos, detrás del político que controla a las masas, hay un ejército de ovejas dormidas, que si alguien las despertara lo amenazarían con su balar, que a veces puede ser letal.

 

Democracia no significa que el pueblo, esa criatura de siete, setecientas o setecientas mil cabezas cierre los ojos, incline la frente y pase en silencio ante a las vacas sagradas de la política, o de los criminales que han lavado dinero. Las vacas deben ser ordeñadas. Las vacas han sido, están, y si sobreviven, será para ordeñarlas.

 

La vida humana está en una temporada invernal blanca de nieve, ahora el mundo entero es un gran invierno, hace frío afuera; es hora de que el hombre, el individuo, hasta que vivamos bajo estas medidas extraordinarias, se labre un poco un camino dentro de sí mismo para conocer al niño que hace tiempo que abandonó en su interior; para que se conozcan, se perdonen, se reconcilien, hagan las paces.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa