Expediente

Historias del pensamiento accidental. Capítulo Pandemia

 

  1. Dolor fantasma

 

La idea de pandemia nos recuerda un poder atávico: un sólo cuerpo, el nuestro, es todos los cuerpos. La situación de millones realizando el mismo acto de encerrarse en simultáneo nos hace un único, mismo animal reaccionando —sí, por obligación o mandato— principalmente por instinto y realizando el más grave de los pecados modernos: la improductividad. Y ese no “generar” riqueza, como quiere el sistema, nos reúne en otra forma de producir valor: el valor de valorar la vida. Así, sin más. La simple y sencilla, la elemental “vida”. Sobrevivir por solidaridad, por egoísmo, con conciencia del otro o no, nos hace darnos cuenta de muchas cosas. Nada más que agregar. Por otro lado, pienso en el encuentro con nuestra dimensión física. En lo personal, mi cuerpo, ahora confinado, se vive a sí mismo en su profundo ser mecanismo, como imagino lo hacía siendo bebé: en un espacio limitado, estoy, como nunca, en él, para él, con él. Accionándolo, pensándolo, sintiéndolo. Día a día, descubro todas sus posibilidades. y sí, algunas se revelan ahora, nuevas.

He sentido también mi cuerpo en el tiempo, he meditado en sus rutinas. Mi mente elabora pensamientos que revuelven el pasado con la posibilidad de un futuro, pero que se topan irremediablemente con este presente continuo que parece borrar los días y fundir las horas con los años, los meses con los minutos. Siento que vivo estos días como un dolor fantasma, la ausencia de algo que insiste en manifestarse. Los días amputados, el tiempo que no tengo ya, que “no viví” y que no podré ya habitar, realmente, con todos mis gestos: esas prácticas y hábitos que singularizaban mi vida cotidiana, mental y corporal, son ahora brazos y piernas extirpadas. Recuperaré mis/esos miembros, obvio, aunque de verdad me pregunto qué forma tendrán, a qué estímulos responderán y, sobre todo, quién será la persona/organismo que los active: ¿qué recuperaré, quién seré yo luego de esto?

 

 

  1. Lo útil y lo inservible (de las necesidades creadas a las creaciones necesarias)

 

Teodoro Adorno decía, al hablar de movimiento social, que a la hora de su cumplimiento y ante el fracaso de sus expectativas, el grupo social vive lo inesperado como un “no saber qué debe hacerse”. Hoy, sabemos de sobra lo que debemos hacer, vivimos desde hace tiempo en un mundo sobrediagnosticado. Pero no sabemos cómo implementar la cura o no queremos aplicarla, obvio. El capitalismo tiene varias formas de evadir el tratamiento. Una de ellas, la idea de apocalipsis, es una manera de infundirnos terror y de arrebatarnos agencia. El sistema nos quiere convencer de que después de él no hay nada. Hoy en día, el necrocapitalismo, modo actual del capitalismo, solo puede alcanzar sus objetivos marginando, excluyendo, exterminando seres humanos, naturaleza y comunidades. ¿De qué morirá el necrocapitalismo?, de habernos extinguido. Ahora, luego de la pandemia, me pregunto si como individuos recuperaremos nuestra agencia y nos lanzaremos, ahora sí, a hacer un mundo para nosotros, habitable, para dejar de ser solo un instrumento de utilidad para la enorme fábrica de adminículos y sentimientos inservibles. ¿Pasaremos de las necesidades creadas a las creaciones necesarias?

 

 

  1. Tener algo en común

 

La idea de pandemia tiene algo de fascinante. Es como por fin, tener algo en común. Esto lo pienso porque siempre he estado confundida en mi relación con la idea de “civilización”: no me decido entre afirmar que “odio a la gente pero amo a la humanidad” o declarar que “amo a la gente pero odio a la humanidad”. Ya saben, por un lado, pienso en mis seres queridos en oposición a esas atrocidades como la guerra y los genocidios. Y por el otro, recuerdo a ese político que se enriqueció comprando tratamientos de cáncer que en lugar de medicamento (caro) contenían agua (barata) y que fueron administrados a cientos de niñas y niños, pero pienso también en lo opuesto, en esas miles de personas que trabajan incansablemente por los derechos humanos, el medio ambiente o las víctimas de crímenes atroces. En fin. Hace poco decidí que las dos sentencias me representan.

Mientras medito en nuestras miserias y bondades, resuelvo: sabemos que la pandemia nos ha acercado, ha tendido un puente de comunicación o mejor, de emoción, entre millones de seres humanos. Estamos enfermos todos, si no de Covid-19, sí de miedo, incertidumbre, rabia, hartazgo y de monstruos imaginarios y vampiros reales. Pero también podríamos decir que estamos sanos de solidaridad, empatía, participación y apoyo mutuo. Esto hay que señalarlo, sobre todo, porque el mundo deberá reconfigurarse, se ha dicho ad nauseam, en torno a este tipo de rasgos humanos como repudio a los valores del capitalismo. ¿La productividad se combate con actos improductivos?, no lo sé, pero al menos, apostemos a exasperarla hasta que se rinda de desesperación.

Siempre he creído que las facultades más altas de lo que llamamos Persona, son el instinto, la emoción y la intuición. Hay que extraerse la piedra, pero de la cordura. Porque de verdad, me parece increíble que a estas alturas del siglo XXI, todavía haya gente que dude de que para todo hay una explicación irracional.

 

 

  1. Un papalote

 

He pasado ya muchos días en un mismo lugar moviéndome veloz entre noticias, lecturas, tuits y emisiones de radio. He tenido sueños como son los sueños, ideas y pensamientos, momentos blancos como la sábana de los fantasmas, melancolías, nostalgias y euforias. Todo un ser humano ha pasado sobre mí, la humanidad me ha atravesado. A veces siento que estoy en la azotea del mundo, volando el papalote de lo que somos. Lo he visto enredarse en las ramas de un árbol y ser golpeado por un rayo y por el granizo. Volar con el aire de los tiempos que sopla y lo mece, y lo levanta, y luego lo vuelve a mecer.

 

 

Ciudad de México, México

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa