Expediente

Aquí y allá

Estoy en uno de esos lugares de Francia que siempre me ha parecido que tienen la máxima intensidad posible (en este país al que, con frecuencia, le falta intensidad): la Isla de Sein, una minúscula isla de unos cuantos kilómetros de largo en el Océano Atlántico, casi en el extremo occidental del territorio metropolitano de Francia; estoy con la persona con el mayor grado de intensidad que me haya sido dado encontrar —y sin embargo, sin embargo, sin embargo, me hace falta algo de la intensidad de la Ciudad de México que, ahora que escribo estas líneas, se encuentra a cerca de 9,000 kilómetros de distancia. Más precisamente, a 8,757 kilómetros a vuelo de pájaro entre el lugar donde me encuentro (el número 15 de la calle Fernand Crouton, C.P. 29900, Isla de Sein, en una de las casas más al oeste del territorio francés) y aquel lugar tan especial: la última casa al sudoeste de la aglomeración de México.

El primero de enero de 2017 pasé frente a esa casa con la misma persona, con su misma intensidad y mis dos hijos. Mi recuerdo es muy preciso porque lo registré en mi novela Jeu Nouveau, donde el narrador sale en distintas direcciones en búsqueda de los últimos habitantes de la ciudad (últimos en el sentido geográfico, no histórico). Al sudoeste, resulta: “Delegación Cuajimalpa, colonia Xalpa, una calle que se llama San Miguel porque más adelante se convierte en un sendero del bosque que va hacia el Cerro San Miguel, asfaltada, al principio, y de tierra, después, con casas que parecen casi ricas, grandes y felices, y luego, pequeñas chozas frágiles, de láminas y materiales recuperados, sus medidores de electricidad totalmente nuevos que revelan que la zona acaba de ser conectada, la última casa antes del bosque tiene su dirección escrita en grandes caracteres sobre su buzón, 58 San Miguel México DF, como orgullosa de formar parte de esta ciudad, de ser (pero, ¿lo saben? ¿Piensan en eso los que la habitan?) los últimos habitantes, en espera de que otros se instalen unos metros más adelante”. Y añadí, para los lectores franceses: “no la encontrarán en Street View, la única manera de verla es yendo hasta allá, arrastrando el cuerpo —o bien, cuando esté listo el Google Car: pero ya no será, entonces, la última casa”.

5 de septiembre de 2020, ahora que escribo estas líneas, descubro a la calle y el camino a San Miguel en diferentes mapas electrónicos, y me coloco en la ubicación exacta de esa casa (en mi novela di sus coordenadas geográficas precisas, 19.3028663 grados de latitud, -99.3287356 de longitud —sin saber que dos años más tarde me servirían de nuevo): el Google Car aún no ha llegado (su trayecto se detuvo doscientos metros más abajo en 2011, y desde entonces no ha vuelto por allá), pero no sé si más adelante, sobre el camino, se hayan instalado nuevos habitantes. Tendría que ir, tendría que llevar mi envoltorio corporal hasta allá, lo que significa, desde la Isla de Sein: un barco, un tren, un avión y un coche.

Viví cuatro años en la Ciudad de México (2013-2017). Volví brevemente una vez (muy al inicio de 2019). Entonces, desde hace dos años la Ciudad de México sólo es un recuerdo para mí. Esta ausencia no está directamente relacionada con la situación sanitaria mundial —aunque esa situación subraye que ya no soy un habitante de la Ciudad de México. Que ya no puedo pasearme por ella como lo hice tantas veces. El 9 de enero de 2016 un taxi nos dejó, a B., C. y a mí, en la Carretera 67, al sur del Valle del Silencio (justo debajo de La Marquesa), en el EdoMex: en esa época, estaba fascinado por la noción de frontera entre el D. F. (todavía se decía D. F.) y el EdoMex (o en su caso, Morelos), y buscaba todas las huellas posibles de esa frontera (por ejemplo, una pequeña mojonera de piedra, en un sendero). Caminamos hasta el Cerro San Miguel (al que sólo se puede llegar dando un largo rodeo; la subida es ruda). Y de nuevo, cuesta abajo, hasta Los Dinamos IV: 19 kilómetros de caminata, en total.

11 de diciembre de 2016: esta vez solo, en bicicleta, sobre la ciclo-pista de la antigua vía del Ferrocarril de Cuernavaca, desde el punto cero, en Polanco, hasta el centro de San Miguel Ajusco, 36 kilómetros al sur, y de regreso. Se atraviesa una buena mitad de la ciudad —y qué mitad: todos los contrastes de México, chozas de lámina frente a casonas inmensas, bosques y autopistas de ocho carriles, ruido y silencio, llanos y cuestas.

Entonces, primero de enero de 2017 con L., C. y L.: colonia Xalpa, calle y luego camino de terracería, pasaje bajo los cables de alta tensión, con sus vibraciones tan amenazantes, picnic familiar en el gran llano cubierto de hierbas altas al sudoeste del Cerro San Miguel —a 3,500 metros de altura, algo cortos de aliento, esta vez no subiremos más alto.

El 27 de agosto de 2017 (nuestra última vez en Los Dinamos, ese año), con L. y N.: nos estacionamos en el Cuarto Dinamo, a la altura de los primeros puestos, y seguimos a pie por el camino asfaltado que serpentea por el bosque hasta una gran pradera, tomamos a la derecha para llegar el camino que bordea, en su flanco derecho, a la barranca Coconetla y desemboca en una planicie al pie del Cerro San Miguel (ladera sudeste, ahora) —una vez más, renunciamos a subir: en la víspera habíamos escalado la cima del Ajusco.

Para un lector que viva en la Ciudad de México, o que la conozca bien, sobre todo su sudoeste montañoso (esa sensación increíble al dejar atrás la Magdalena Contreras y subir hacia Los Dinamos, esa inmersión inversa, desde la hormigueante ciudad de siempre, en un paisaje de bosque de montaña que ya no tiene nada que ver con ella) nada le parecerá muy sorprendente en estos paseos. ¿Podrá percibir, ese lector, esta extraña nostalgia de quien se vuelve a sumergir en ellos, de quien, al mirar simplemente una marca en un plano, revive las emociones que sintió en ese lugar?

A cambio, en una suerte de contra-don, le entrego el relato del paseo que hice hoy por la Isla de Sein: un circuito de 3.62 kilómetros, saliendo del número 15 de la calle Fernand Crouton por el camino del faro (un faro inmenso, negro y blanco, que se enciende al caer la noche en el extremo de la isla), ese camino, al que le decimos “autopista” para reír (aquí no hay ningún coche, sólo unas cuantas bicicletas), es una cinta de concreto de menos de dos metros de ancho, que atraviesa, primero, un istmo de no más de 50 metros de largo (a la derecha, el Atlántico, a la izquierda, el Atlántico  —evidentemente, pienso en el Istmo de Tehuantepec, con sus 200 kilómetros de ancho, el Atlántico a su derecha y el Pacífico, a su izquierda), y más adelante se ensancha un poco (en el lugar donde, en 1855, se abrió un cementerio para los que morían de cólera, aún quedan algunas tumbas), luego se estrecha de nuevo —en ese punto hay que dejar la autopista (pienso en la 95, a la salida de la Ciudad de México hacia Cuernavaca, cuota, con su increíble segundo piso,[1] o bien, en la libre[2] y el encanto de esas minúsculas aldeas de nada por las que atraviesa) y doblar a la izquierda, por el páramo de hierba baja, atestado de excremento de conejos (aquí pululan), hacia el amer (un amer es una referencia para los que navegan, en este caso, un grueso pilar de concreto pintado de rojo y blanco) de Plas Ar Scoul (plas, en bretón, significa lugar; y scoul, ¡el coco![3]) — este es el poniente de esta isla del poniente, es decir, el punto más occidental posible de la isla, la vista al mar es infinita, y hay que aprovecharla, hay que aprovechar estos 180° enteramente abiertos al Atlántico; y en seguida, subir al faro pasando por la muy pequeña capilla de Saint-Corentin (cerrada a los visitantes), caminar por el dique (el último invierno resultó fatal para él, la furia de las olas desmembró y arrojó lejos numerosos pedazos de concreto), mirar las cuatro chimeneas de la minúscula planta de electricidad de la isla, las calas, donde se puede pescar o recoger algas, y emprender el camino de regreso, cerrar el circuito, volver a la primera parte de la isla, donde se encuentra la aldea, la vida humana, y del mismo modo en que las casas de la Ciudad de México han ido mordisqueado las colinas, tan armoniosamente, desde mi punto de vista, aquí se han integrado perfectamente al sitio natural de la isla, son series de casas de dos pisos con chimeneas que sobresalen orgullosamente de sus techos, callejuelas minúsculas, apenas lo suficientemente anchas como para rodar un barril, y dos muelles que dan directamente al mar que, en marea alta, chapotea y se rebela contra ellos —de modo que, sí, aquí reencuentro algo de la intensidad de allá.

Me queda esta inquietud de saber que para el lector mexicano que recorre estas líneas, su aquí es mi allá. Y yo quisiera que fuera mi aquí.

 

Isla de Sein, Francia, septiembre de 2020

Traducción de Conrado Tostado

 

[1] En español, en el original (N. del t.).

[2] Ibid.

[3] Croquemitaine, en francés. Personaje de los cuentos que aterra a los niños.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa