Expediente

En el jardín

Alguien me espía. Por la espalda. Ocurre después de las ocho de la noche. Estoy sentado a la computadora. Detrás hay un ventanal. La casa es de una sola planta y está rodeada de jardín. Al fondo, la barda de piedra volcánica da a un baldío. Antes, la barda tenía una altura ondulatoria, imitaba los cerros. Hace un año le aumenté metro y medio parejo, y la coroné con picos de acero pues había robos en la zona. Esos picos impedirían, para mi desazón, que cruzaran los gatos silvestres, tlacuaches y cacomixtles que medran entre el solar y los jardines.¡Qué va! Hallaron su camino, siguen cruzando.

Ese ruido de uñas en el cristal a mi espalda son las ramitas y las hojas de los escobillones que planté hace una década, movidas por el aire. Pero esta noche, ¿hay realmente agitación? Noche y día frente a la computadora, una laptop. En la mañana la cargo por la casa, la llevo al jardín. Cuando se me cansa la vista, contemplo la vegetación. Ojillos me miran, los gatos que trasponen la barda y descienden por el bracerío de la bugambilia contra el muro. Yo soy el intruso en el jardín.

Unos pájaros cargan pajitas en el pico para hacer nido entre la hiedra. Las pizcan al pie de los cipreses, donde se asienta la broza. Los gatos están pendientes. Un día pongo la mesa del almuerzo en el jardín y paso un buen rato escuchando piar a los recién nacidos. A los pocos días dan sus primeros vuelos, planeando y remontando hacia el pirú. Cuatro hermanitos gorjean juntos allá arriba. Cinco días más tarde, han desaparecido del jardín.

Los días de sol, anda una culebra por el pasto. Si nos encontramos, me paralizo. Ella también. Tan pronto me quito del camino, se apresura a resguardarse bajo el macizo de flores. En estos días en que nadie sale de su casa y no se escucha ningún motor de automóvil, los cenzontles componen el espacio sonoro. Cantan una tanda por la mañana, otra por la tarde. De una fronda a otra apartada, y a otra más lejana, se responden. Jugando a liarme a sus estrofas, los acompaño con mi silbido. Por un segundo los embromé, pero muy pronto me dan por descalificado. Cae la noche, y es la hora de los cacomixtles. De carita intuitiva, solos o en familia, anillada la cola y elegante, se dirigen a los botes de basura en busca de alimento. Les llaman cacos, robadores. Garbosos, se encaraman en los árboles frutales. Cuando encuentro aguacates mordisqueados sobre el cerco de setos, sé que ahí han cenado. Hace años, las noches eran distintas. No se veía esa flotadura de color naranja, luz de la ciudad, los murciélagos crepusculares singlaban el aire. Hoy no se ve ni uno solo. En el rincón donde hice alzar lanzas de bambúes para ocultar la espalda de un edificio, antes pululaban las luciérnagas. El jardín guarda tristísimas extinciones.

Mirar el jardín no es ansia, es constancia. Dejo de trabajar. ¿Qué pasaría si se descompone la laptop? Después de la medianoche, con tanto silencio, en mi cuarto se oye de todo: cruje un muro, cae una gota dispareja del grifo, algo pegó contra el domo, ¿corren por el techo cojinetes de gato?, confundo mi resuello con un ruido exterior, un hosco gruñido de tlacuache, ¿qué fue eso?, el acomodo inaudito de un cuadro en la pared, ¿y aquéllos fueron cohetes o balazos?, antes del alba ¿un búho?, ¿cómo así, esos pasos frente a mi puerta a estas horas? Será un merodeador. Han asaltado varias casas. Ya duérmete.

Raras formas de convivencia. Once de la mañana. Los gorriones revuelan en torno a la fuente. Uno a uno, bajan a darse un baño. De pronto llega una primavera grandulona que, de un picotazo, se adueña del balneario, bebe un poco y permanece enseñoreada sobre el borbotón. De pico amarillo y plumaje naranja, aterroriza a los pajaritos pardos. De pronto, la ardilla allanadora dispersa a todos cascando su chasquido. Abro a lo ancho las puertas del jardín. Las libélulas entran y salen como Juan por su casa. Salgo a barrer las hojas secas en el césped. Tendidos, invisibles hilos de araña. Uno los rompe a su paso y se los lleva adheridos al rostro y a la ropa. Me enredan igual que esas horas perdidas mirando las noticias o los videos musicales en la laptop, en lugar de hacer vida hacia mí mismo en este jardín de magnitud y nadería. Se mete a la casa una lagartija exploradora. Muy pequeña, queda atrapada en el piso a desnivel de la estancia. No puede remontar. Quiero ayudarla, pero se esconde bajo el sofá. Pasan los días, sigue apresada. Intento rescatarla, sin conseguirlo. Está exhausta, tiene pellitas de polvo y briznas adheridas a las patas y la cola. Le dejo mosquitos como alimento. Por fin un día logro empujarla, casi marchita, con una tarjeta de cartón, al recogedor, y la libero. En el pavimento exterior se inmoviliza a recibir el sol. Días después la veo en correrías con otras de su especie. Pequeñita, desnutrida. Hay varias comunidades de lagartijas, unas verdeamarillas, otras casi negras. Y qué tal el gecko africano, el inmigrante más aislado, que llegó aquí escapado de alguna prisión. Sólo es visible muy de mañana.

Las horas se trastocan. Duermo siestas profundas, de leño. Escribo de madrugada. Conecto la guitarra eléctrica a volumen muy bajo para no despertar a los vecinos. Los días de calor duermo desnudo. Las tardes de frío me uniformo con la chamarra de cuero. Cada atardecer, el floripondio amarillo estrena su aroma hipnótico en el centro del jardín. Tuve el ensueño en otro tiempo de construir un vivero aromático con lavanda, romero, jazmín, huele de noche, pero triunfó el floripondio único, con su raro prestigio de toxicidad y enamoramiento. Impregna esta incomunicación en que vivo. En la noche, dejo abierta la ventana del baño para que perfume la casa. Dulce y enervante, atrae a algún cacomixtle enloquecido que busca encaramarse a él, pero no puede.

Tendido en la cama sin dormir, oigo un golpe. Será un gato. Y otro, ahora contundente. Me levanto. Hay un hombre en el jardín que intenta desprender la ventana abierta del baño para meterse a la casa. Le grito. ¿Qué quieres, cabrón? Tendrá más de cuarenta años, lleva cachucha y una chamarra holgada de ratero. Primero quiso entrar por el estudio, pero no pudo forzar la puerta, luego por el comedor, tampoco pudo. Evidentemente drogado, farfulla algo ininteligible, se da a la fuga, salta al baldío. Dejó huellas de sus manos lodosas en las manijas y en el vano de la ventana. ¿Por qué intentó entrar por el estudio? Venía por la laptop. Ya le robaron la suya a una vecina. Pronto los estudiantes volverán a sus cursos, en línea. Hay demanda, necesitarán conectarse. Nunca me había sentido aterrado así, en casa. Tengo espanto, y el espanto permanece en el jardín pues, durante todo el día posterior a la intentona, no veo cruzar un solo gato.

El ratero se lastimó en los picos de la barda, y yo, al remover por la mañana las piedras que escaló para trepar, me corté el dedo con un trozo de vidrio. Siempre, heridas pequeñas en manos y brazos cuando trabajo en el jardín.   Mientras chupo la sangre del dedo lastimado, decido lo que no quería. Le hablaré a don José para que instale en la barda una horrible serpentina de navajas. Es tan violenta, pero sin ella no podré dormir tranquilo.

Oculto entre las hojas del floripondio, un animalito, una mantis religiosa con sus manos de arma blanca. Parece fijar en mí sus globos oculares. Me acerco. Sé que no me hará daño, pero me estremece, como si me hallara frente a una asesina, que lo es.

Hablo por teléfono con un vecino que ya instaló una serpentina de navajas en su barda. Jovialmente, me corrige: la serpentina no se llama así, el nombre correcto es “concertina”. No puede ser, le digo, es absurdo. Pero sí, la espira de cuchillas lleva el nombre de un acordeón de botones, pues se expande como un fuelle al instalarla. Don José se lastima al manipularla con guantes de carnaza, pero ya quedó puesta. Desde ahora, dejaré por la noche las luces del jardín encendidas. En la hora del insomnio, veo un tlacuache cruzar por lo alto de la barda. ¿Se ha herido con las navajas y picos? Seguramente. Baja por los brazos de la bugambilia y alcanza el suelo. Es una hembra. Carga a su cría sobre el lomo. Sigue su rumbo despavorida.

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa