Expediente

El encierro-el in-fierno

De pronto una indolencia del peso de veinte atmósferas se ha abatido sobre mí.

Charles Baudelaire[i]

 

En su última novela, Désir, que se publicó a principios de este 2020, Philippe Sollers —que tomó su título de El hombre de deseo, de Louis-Claude de Saint-Martin, que se publicó en 1790 y que leyó Maximilien Robespierre—, escribió: “Salir de sí mismo hacia el más allá llena las bibliotecas, pero entrar en sí mismo, después de salir de ahí, se estudia poco”.

Durante los dos primeros meses de confinamiento, en marzo y abril, vivimos bajo el yugo, no sólo del nuevo virus, sino que tampoco podíamos salir de nuestras casas más de una hora al día, y, es más, esto sólo después de haber llenado un formulario editado por el gobierno donde debíamos estipular nuestra hora de salida. Las calles de la ciudad estaban libres, de vacaciones.

El cielo sobre París ya no estaba todo rayado por el humo blanco del tráfico aéreo, y ya no tenía el manto del humo negro del tráfico terrestre. Teníamos el mismo cielo que habían visto Dante, Balzac, Bataille. Nunca en toda nuestra vida habíamos visto un azul del cielo tan límpido, y ahora comprendía que por tanto tiempo se le hubiera asociado a la idea de absoluto. La mirada llegaba mucho más lejos de donde estaban puestos los ojos. La profundidad del cielo era palpable. Era el absoluto al alcance de la mano.

El placer de ver griposa a la máquina de consumo del ser humano tenía un precio, el precio de la muerte de las actividades industriales y del miedo al desempleo masivo que estaba por venir. Se aplazó la marcha del progreso. Pero los periodistas y los hombres en el poder seguían divagando. Esta vez habían encontrado un nuevo lema: “el después del confinamiento”. Especulaban sin límites sobre un nuevo mundo “del después”, más solidario, donde nos acercaríamos más los unos a los otros. Deseo piadoso. Michel Houellebecq precisamente había declarado: “el después será un tanto peor”. Y eso es lo que yo creía.

Entre más pasaban los días, más el encierro de circunstancia que nos habían impuesto nos revelaba aquel en el que habíamos vivido desde hace años. El encierro en casa impuesto por el nuevo virus no databa de hoy, sino de ayer. Lenta y seguramente nos habíamos dejado encerrar por las doctrinas novlang[ii]… las redes, los accesorios: pensar menos y experimentar una felicidad perezosa —“una felicidad vomitiva”, escribe todavía Baudelaire—.

El asfalto que recubría el viejo adoquín parisino se había convertido en una inútil resina negra. La policía dividía la ciudad en zonas y controlaba nuestros trayectos. Las señalizaciones de plástico, que reemplazaron a las que nuestros ancestros dibujaron a mano, de colonia en colonia, ya no estaban alumbradas por luces led; ya no había nada que vender. La calle ya no nos pertenecía pero no queríamos enterarnos de ello. Los repetidos trabajos de reparación de las calles las fueron vaciando poco a poco de su sustancia.

Como aceptaba quedarme en casa, no era infeliz. De fracaso en fracaso o de victoria no aplaudida en victoria no aplaudida, quién sabe… le había puesto punto final a la escritura de un libro, Divinités… Una especie de tratado de las imágenes cuyo tema consiste en la rivalidad entre las divinidades de Walt Disney y las divinidades precolombinas. Se publicará finalmente en septiembre del 2021, por más caótico que sea septiembre del 2021.

Recluido, leía, como buen prisionero… las nouvelles de Guy de Maupassant —¡ah! Esa Francia tan bella—, apreciando su estilo moderno, conciso, luminoso… William Seward Burroughs, sus cartas desde Tánger para Allen Ginsberg. Un documento magnífico sobre “alguien” que nunca se entera que está escribiendo una obra monumental de su tiempo, El almuerzo desnudo, y habla del día a día, de la angustia, de la duda, de la miseria, de la necesidad de droga y sexo… Una quincena de investigaciones del comisario Maigret, también, en medio de las cuales Simenon nos hace vivir, de 1930 a 1960, en un París desaparecido, provinciano y, a la vez, trepidante… J. G. Ballard, autor de Crash… sus nouvelles de ciencia ficción, La zona de catástrofe, que relativizaban el drama que el nuevo virus nos imponía (y esto tan sólo es el principio… Esperemos al 2021)… Charles Duits haciendo referencia a Victor Hugo —Victor Hugo o al que desgreñó el aire—, Friedrich Engels y su Origen de la familia, de la propiedad y del Estado, Fenimore Cooper, Jean Richepin —¡ah! Las palabras antiguas cuyo significado hay que ir a buscar en el Larousse—, Jacques Soustelle, Robert Mowry Zingg… Sorprendente trayectoria la de Robert Mowry Zingg, quien, en 1934, pasó un año completo en compañía de los huicholes de la meseta de Tuxpan de Bolaños, en el corazón de la Sierra Madre… Los huicholes… uno de los pueblos más civilizados que vive en uno de los medios más salvajes y de donde extrajo su monumental, Los huicholes: una tribu de artistas… y que, algunos años más tarde, en 1937, se interesó en los niños salvajes que fueron criados fuera de una civilización, y produjo, en 1942, la primera compilación sobre ese tema, Feral Man and Extreme Cases of Isolation.

La última cultura del hombre del siglo XX era la del aislamiento a ultranza. Tan sólo el “en casa” se convirtió en la norma. Los cafés, las tabernas de París, que por mucho tiempo fueron los lugares preferidos de los jóvenes artistas, escritores, estudiantes, obreros, con sus paredes cubiertas de pantallas de televisión que transmitían las 24 horas al día el espectáculo de las noticias por las noticias, anulando cualquier intención de reunión (pensaba en las escenas que se grabaron en los cafés y las tabernas de la película Vivir su vida —¡qué bello título!— de Jean-Luc Godard, Anna Karina topándose con el filósofo Brice Parain). Las salas de cine permanecieron cerradas después del confinamiento…. ¡Todos con su smartphone!

Escribía, leía de vez en cuando, trepaba a mi techo para admirar el absoluto al alcance de la mano… Solamente por el sexo, me maquillaba a la hora de la salida para ir al otro lado de la ciudad a revolcarme en la piel del otro. Por ella desafiaba las prohibiciones. Para que dos desconocidos hicieran el amor había que llenar un portafolio con análisis sanguíneos y certificados de buena conducta… Me decía: todo el mundo tiene miedo, nadie se atreve a ir hacia el otro… Tomaba el metro… Programado con su automatización general, programa impulsado por la Secretaria del Trabajo actual cuando era la presidente con el fin de eliminar a la mayor parte del personal en caso de huelga, el metro mostraba su inhumanidad reciente al lanzar por los altavoces sus acostumbradas órdenes en francés, alemán, español, japonés, chino… para los usuarios ensimismados que están sobre los andenes y a quienes las cámaras en funcionamiento permanente vigilan. Ni modo, allá iba. Me decía: el encierro-el in-fierno.[iii] Toquemos al otro. Nuestra vida vale bien nuestra muerte.

 

 

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

 

 

* En el original el juego de palabras es: l’enfermement-l’enfer (me) ment es intraducible pues descompone la palabra “enfermement” (encierro) en tres partes para decir: “el infierno (me) miente”. [N. de la t.]

[i] Traducción tomada de Eclipse de la belleza. Estética del bien y del mal de Rafael Gómez Pérez, Madrid: 2018; en donde se afirma que esta frase proviene del proyecto de prefacio para un libro que Baudelaire escribió. [N. de la t.]

[ii] Referencia a 1984 de Orwell. La novlang es un término metalingüístico que refiere a una lengua imaginaria que se usa en ciertos discursos militantes, como el anarquismo libertario, los movimientos anticapitalistas y altermundistas, pero también en diversos de extrema derecha. [N. de la t.]

[iii] Ver nota i. [N. de la t.]

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa