Expediente

Diario de la peste

Lado A: marzo

 

En marzo, cuando empezó la cuarentena en Argentina, nos mudamos al campo. Digo “campo” y quien lee tal vez imagine vastas extensiones de tierra, ganadería, campos sembrados. Nada de eso. La casa de campo familiar alguna vez estuvo en medio de la nada pampeana, pero con el crecimiento demente de Buenos Aires, ya es apenas una casa con un generoso jardín en un bordo pantanoso de la civilización urbana.

 

La decisión no fue difícil porque durante los meses previos habíamos estado acariciando la idea de mudarnos, comprando la casa de al lado para mi madre (quien, independientemente de la pandemia, necesita de cuidados intensivos).

La crisis económica lo impidió y ahora nos amoldamos a lo que la emergencia manda.
En Buenos Aires, de todos modos, íbamos a perder los cabales rápidamente y a abandonar el aislamiento con cualquier excusa (demasiadas tentaciones).

Ordenamos la casa y establecimos unas rutinas: limpiar por la mañana, preparar la comida. Por la tarde, tratar de trabajar o escribir (no es evidente que pueda hacer ninguna de las dos cosas).
Armé mi escritorio de campaña en la casita de huéspedes.

Un sábado fuimos a hacer las últimas compras antes del aislamiento. Mi mamá pretendía que fuéramos al pueblo donde ella se aprovisiona (General Rodríguez: esa costumbre tan típicamente argentina de denominar a las poblaciones según los nombres de los asesinos que comandaban los fortines desde los cuales se exterminaban a los indios) a comprar las piedritas sanitarias de los gatos a su proveedor habitual, pero nos resistíamos a semejante viaje. Como iba a reprocharnóslo hasta el fin de los tiempos, le dijimos que en la subida a la autopista había retenes policiales, lo que era cierto.

 

En los supermercados de “cercanías” (es evidente que la comunicación está copiada de las resoluciones españolas), ya se aplica el protocolo de no más de seis personas dentro del local. La cola se hace afuera.
Un joven se asoma al supermercado y pregunta: “¿Tenés alcohol en gel, para ponerme en la cola?”. El de adentro le contesta “Tengo, pero es para ponerse en las manos”. “Pero no, pelotudo, es para saber si hago o no LA FILA”. La escalada de improperios continuó, y no se fueron a las manos porque había mucha seguridad en las inmediaciones.
En la carnicería sólo aceptan dos personas adentro. En la verdulería no hay nadie, así que salimos enseguida (aprovecho para agradecer que, en nuestra cadena alimentaria, dos piezas fundamentales son el Parador Fruit y Carnes Marcos: esperemos que conserven la salú, que es tanto o más importante que las materias primas que nos ofrecen).
Cocinamos, cocinamos, cocinamos (las recetas pueden verse en Linkillo. Recetas mías).
Congelamos y organizamos menúes para los próximos días y semanas.
En los cuatro grupos activos de whatsapp que tengo las noticias vuelan, van y vienen. Los chistes se alternan con los partes médicos de todo el mundo. Sigo juntando textos “filosóficos”, materiales para pensar (Agamben, Bifo, Badiou, Byung-Chul Han, etc…).

Uno a uno, los Estados latinoamericanos se entregan al “estado de catástrofe”. Por aquellos días, México todavía se resistía a cercenar las libertades individuales.

Entre nosotros, comenzó la criminalización de la resistencia o la distracción y la censura de las voces disidentes. Hablando de censuras, el Ministerio de Salud recomendó a los medios evitar la difusión “de series o películas sobre catástrofes”.
Correlativa de esta política es la “cuarentena informativa” que propagandiza un médico en uno de esos programas fascistas de opinión: a la gente no hay que decirle ni todo ni la verdad, para que no se aflija. Comienzan a tratarnos como a subnormales, criminales, marginales.

Y todos empezamos a usar con extrañeza la palabra “ayer”, porque el tiempo parece detenido. En uno de esos “ayeres” de marzo, nos enteramos de que una vecina de Rosi, la asistente de mi mamá que ya no viene a acompañarla ni a hacer las tareas de la casa, dio positivo y la internaron junto con su hijo. En La Reja (a dos puentes de autopista de donde estamos) fue el caso del joven que se fue a una fiesta el día después de haber llegado de viaje y contagió a todo el mundo (semanas después, dos personas de esa fiesta morirían).
Hago una confesión: yo no me lavo las manos. No puedo hacerlo, porque justo antes de la cuarentena cometí la torpeza de caerme y quebrarme una mano, que tengo enyesada. Así que uso y abuso del alcohol en gel.

En la televisión, los epidemiólogos más renombrados no cesan de recomendarnos siempre lo mismo: lavarnos las manos.
Parecen ignorar, en ese punto, el sentido del gesto de lavarse las manos y a lo que conduce: la Cruz.
Conviene revisitar el 18 Brumario de Luis Bonaparte, en particular el comentario de Marx a la máxima hegeliana que traduce mal el dicho latino (Hic Rhodus, hic salta!: “Hier ist die Rose, hier tanze”): “la Filosofía es La Rosa en la Cruz del Presente”.
La pandemia nos obliga a pensar y, sobre todo, a pensar un futuro que, siempre lo supimos pero ahora nos alarma, no puede estar en las manos de médicos, abogados y economistas.
La Cruz, nuestra cruz, es la pandemia (consecuencia de un régimen de acumulación insensato, intolerable y suicida). Pensar una salida, eso nos toca…

El 21 de marzo empezó el otoño y el roble empezó a descargar sus bellotas sobre el techo de chapa de la galería. El repiqueteo, que a veces se convierte en tiroteo, parece remedar el ritmo de las muertes informadas en el mundo.
Aprovecho para limpiar la pileta de hojas y bellotas, dado que empezamos el otoño con 30 grados y un sol radiante. Barro los caminos de laja. Vierto microbios en los inodoros para que limpien las cámaras sépticas y los pozos. Tiendo la ropa a secar.

Afuera, el lockdown argentino se vuelve salvaje: miles de personas detenidas en operativos policiales sin ton ni son. No se puede pensar desde el propio terror a la muerte. Aunque esa muerte sea sólo una muerte política. Pero seguimos cumpliendo el aislamiento con un fastidio creciente, porque estamos hartos de que se nos responsabilice personalmente por la pandemia.
La idea que circula en la esfera pública (y que los políticos abrazan con algarabía) es que hay que pasarla mal, en estos días.
Como nuestro domicilio temporario nos lo permite, enviamos a nuestros amigos y amigas fotos nuestras, tomando el té en el parque. ¡Qué escándalo!

 

Podría alegar que la procesión va por dentro, o que convivir con mi madre ya es una pesadilla suficiente como para sumar otras, pero no es el caso. Yo estoy con una mano inmóvil, obligado a no poder trabajar con mi ritmo habitual. Acabo de rearmar mi grilla de cursos para el primer cuatrimestre, porque desde el suburbio al que estoy condenado (prácticamente sin internet) y manco, no creo posible poder dictar un seminario de maestría virtual.
Nos adaptamos. Pero nos adaptamos sin perder el sentido de una vida. Por supuesto, sabemos que en el otro extremo (que aquí es como decir, cruzando la calle de tierra) las personas que menos tienen no sólo necesitan de contención económica (subsidios, alimentos) sino de un plan sanitario específico y, finalmente (o antes que nada), de un debate de lo que está en juego, que es el delicado tramado social, que el trauma pandémico está deshaciendo aceleradamente.
¿Somos responsables de eso? Decididamente, no. Lo más grave es el resentimiento que domina en estos días: ¿No estás sufriendo lo necesario? Ya vas a pagar.

 

*

 

Lado B: septiembre

 

Ha pasado todo el invierno y ya prácticamente no hablamos de la pandemia. Está ahí, los casos se multiplican y los muertos se amontonan, pero preferimos no hablar de eso, porque no sabemos qué palabras usar para consolarnos.

Las sociedades y los Estados quedaron divididos en dos, que poco tenían que ver con identificaciones previas (como “izquierda” y “derecha”). Ahora están los “aislacionistas” (todo el mundo salvo…) y los “circulacionistas”.
Había que refundar el mundo de la mano de los epidemiólogos que no se atrevían a decir lo obvio: la peor pandemia es la especie humana bajo la formación económica “capitalismo tecnificado2.
En cuanto al trabajo: las herramientas para el teletrabajo y la educación remota estaban ya creadas, pero no habían podido ser impuestas universalmente por razones sentimentales. En las Universidades, se dieron clases “normalmente”, a la distancia. Nos encerraron, nos persiguieron y nos criminalizaron, pero no nos perdonaron la condena al trabajo en circunstancias completamente hostiles y en una modalidad que jamás habríamos elegido.

Ya no hablamos, ya no decimos nada, porque el discurso público sigue bailando la contradanza caduca de civilización y barbarie, unitarios y federales, populistas y liberales. Ninguna idea nueva sale de las galeras o las alpargatas de quienes bailan mecánicamente la musiquita tarada del siglo XIX. Alguien se ilusionó, por ejemplo, con el Ingreso Universal Ciudadano (ya descartado). Alguien pensó que podría impulsarse una reformulación progresiva del sistema impositivo o un conjunto de leyes de reorganización territorial o una Carta Magna de protección ambiental, pero hubo otras urgencias incomprensibles: toquetear los tribunales para beneficio de no se sabe quién, pero seguramente no de quienes más sufren la prepotencia de la Ley (ninguna referencia a la tutela judicial efectiva, ninguna herramienta que promueva las acciones judiciales colectivas, ninguna democratización verdadera del acceso a la justicia).

Yo creo que la clave fue dada por el ministro de seguridad de Buenos Aires en uno de sus habituales Bernissages: en su cuenta de Instragram publicó un videíto autopromocional con montaje y música de película de acción clase B. Hacia el final un letrero dice: “Gestión basada en hechos reales”, lo que significa que vivimos en una ficción que adapta sin rigor algunas realidades. De la verdad (esa obsesión filosófica), nada. De la justicia, tampoco. Del rigor de la representación, ni nos hablen. Cada uno apuntala su propia sombra. Y nada más.

Aquí, donde estoy, en medio del campo o el borde de la ciudad, han pasado helicópteros incesantemente controlando, no sé, que no viniera nadie a cortarme el pasto o que no hubiera algún pintor haciéndose unos mangos.

 

En los textos que hemos estado discutiendo, pública y privadamente, se diseñaban dos hipótesis y, por lo tanto, dos posibles respuestas (o, mejor: dos necesarios cursos de acción).
Por un lado, la respuesta a la pandemia ha provocado una crisis del Capital que no se esperaba y no se consideraba posible. La suspensión de las metas fiscales en Occidente (Europa y USA a la cabeza) y los insensatos programas de crecimiento indefinido (en todo el mundo), la quiebra de sectores industriales enteros, el hundimiento de las bolsas. Todo parece augurar una crisis sin precedentes del régimen capitalista y, por lo tanto, la posibilidad de pensar en alternativas (Bruno Latour: “A la exigencia del sentido común: «Retomemos la producción lo más rápido posible», tenemos que responder con un grito: «¡De ninguna manera!». Lo último a hacer sería repetir todo lo que hicimos antes”.)
Por el otro, los sistemas democráticos entran en retirada y se delegan poderes excepcionales («Estado de Excepción») en el el Ejecutivo, que utiliza sus estrategias de control poblacional con una violencia hasta ahora desconocida. El modelo es China, claro, pero el largo brazo de la vigilancia contínua y la cancelación de las libertades individuales «por justas razones» y «por una buena causa» (la «salud del Pueblo») llega a la más recóndita de las repúblicas bananeras. Puesto el acento en este aspecto (digamos: superestructural), de lo que se trata es de establecer nuevos parámetros políticos de convivencia que pongan un freno a las fantasías de dominio total del Estado Universal Homogéneo. O no. ¿Qué tenemos por delante? ¿»El estado despótico y la vigilancia total»? Qué alternativas. Los regímenes que conocíamos ya han sucumbido, al punto que podríamos preguntarnos si «la democracia y la república fueron un sueño».
La opción «La vida» o «La economía» se refiere precisamente a eso. Crisis del Capital o crisis de la Biopolítica. ¿Pero para qué o para quiénes? En el fondo, es la Revolución, cuyo fantasma vuelve, precisamente cuando el Mundo redefine su destino.
¿Cómo empezó todo? Los más memoriosos recordarán la crisis ecológica de la que se viene hablando desde hace varias décadas: adelgazamiento de la capa de ozono, recalentamiento global, emisiones de CO2, deforestación, derretimiento de los hielos polares, incendio de la selva amazónica, antropoceno, catástrofes, catástrofes, catástrofes.
2019 se cerró con una tensión incomprensible entre China y USA a propósito de aranceles y comercio mundial. En verdad, ahora lo sabemos, circulaba por debajo el debate sobre el Coronavirus, es decir: quién cerraría el ciclo de contagios.
Sumen a eso todo lo que quieran y que ya se sabe: 5G, Huawei, Brexit (y el resquebrajamiento de la Europa imaginada por Kojève como paso primero del Estado Universal Homogéneo que nunca llegó a cuajar del todo… hasta ahora), Fontana di Trevi, Venecia y las hordas de turismo de masas contaminando el planeta: la Tierra tenía los días contados.
La pandemia fue, entonces, la forma de trazar dos límites contradictorios: a la acumulación de Capital y a las libertades individuales. En pocas semanas, el aire se limpió, la tierra empezó a enfriarse, los animales entraron a las ciudades, se abrieron los cielos.

 

El jueves 28 de agosto de 2014 festejé mi cumpleaños número 60 en el Bar Belmonte de Copacabana. Cuando comuniqué la invitación a mis amigos y parientes, muchos de ellos manifestaron su sorpresa por lo extemporáneo del convite y lo excéntrico de la locación.

Sucedía que yo iba a estar Río de Janeiro, acompañado por seis personas más, en el marco de un evento académico binacional. Mi hija se pidió una semana de vacaciones y compró un ticket con unas millas que teníamos guardadas. Mi hijo no pudo faltar al trabajo, pero nos acompañó a través de whatsapp.

Sumados los amigos y amigas cariocas, la fiesta alcanzó su exacto punto de coagulación. Nos entregábamos a una opulencia imaginaria y a una frivolidad liminar: cumplir años es tomar conciencia de lo que ya no más.

Este año, las fichas cayeron dramáticamente. Ya no más Brasil, no más pasajes comprados con millas, no más subsidios de universidades extranjeras.

Este año, brindé en soledad mirando las pocas estrellas que titilaban a través de las nubes del cielo y después me acosté a mirar de corrido los seis episodios de la miniserie The Capture, una ficción paranoica sobre agencias de espionaje, vigilancia total a través de cámaras de seguridad y falsificación de la verdad.

Antes de dormir supe que no quería eso para nuestro futuro, pero tampoco aquello. Ni un mundo totalmente bajo control, ni un mundo entregado al hedonismo consumista.

Haber anticipado aquel cumpleaños me sirvió como un umbral para poder dejar atrás, paulatinamente, mi propia huella de carbono en el mundo (aunque siempre me jacté de no haber tomado nunca un avión sino por razones de trabajo, lo cierto es que muchas veces acepté encomiendas laborales sólo por la posibilidad de acumular millas de viajero frecuente).

El “ya no más” viene acompañado de una certeza: antes que prohibirnos tal o cual cosa es mejor dejarnos aprender qué hay que resignar para el bien común.

El tiempo corre, vuelve sobre sus pasos, se detiene hasta inmovilizarse. Nos resulta imposible concentrarnos en un objetivo y descubrimos que no sabemos en qué día estamos.

Casi todo lo que había previsto Giorgio Agamben al comienzo de la pandemia fue verificándose punto por punto, sobre todo sus puntualizaciones sobre la muerte del estudiantado universitario, el final de una forma de construcción de saber compartido. Pero ni él ni Bifo, los dos autores cuyas consideraciones intempestivas fuimos siguiendo al mismo tiempo con alarma y entusiasmo durante todo nuestro invierno previeron el cansancio y, todavía más, el agotamiento y la desesperanza. Incluso hasta hace algunas semanas podíamos sostener alguna esperanza, pero ahora ya sabemos que no, que si la hubiera, no la hay para nosotros.

Agotados, desecados, extenuados, ahora querríamos ya no movernos nunca más, ya no tener que escribir un solo informe, ya no rendir más cuentas de lo hecho ni proyectar lo que haremos. No hay espacio para hacer nada porque el espacio, junto con el tiempo, se ha reducido hasta su mínima expresión.

Incluso las imágenes se agotan: ya no soportamos vernos a nosotros mismos, simulacros de vivientes, muertos-vivos conectados a máquinas, gesticulando en primerísimo primer plano y preguntando: ¿se oye, se ve? Y ya no: ¿se entiende?

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa