Expediente

Diario de la pandemia

Lunes

“Yo tengo claro que este virus, por eso se llama Covid-19, porque es coronavirus-diciembre 19, estaba desde diciembre del 2019 campando a sus anchas por todas partes”.

Lo acaba de decir la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en una entrevista de esta mañana para la cadena radial Onda Cero. Yo vivo a las afueras de la Ciudad de México, muy lejos de Madrid, pero la pandemia nos obliga a sentir que todos vivimos en una misma ciudad, con idénticos miedos y preocupaciones, igual de atentos a cualquier cosa que pueda ser algo parecido a una revelación. Por ejemplo, las declaraciones de Díaz Ayuso. Y es que, en febrero pasado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) explicó que “Covid” es el acrónimo de la expresión “coronavirus disease” en inglés. La “d” no se refiere a “diciembre”, sino a “disease” (enfermedad). Conclusión: la responsable política de uno de los estados más afectados por la pandemia en todo el mundo ni siquiera sabe qué significa el nombre de la enfermedad y, peor aún, no parece estar muy al tanto de los comunicados de la OMS. ¿Es grave? ¿Esto dice o no dice algo sobre la capacidad de los líderes al frente del combate al coronavirus? Y la pregunta del millón: ¿el virus estaba o no “campando a sus anchas por todas partes” desde diciembre de 2019?

 

Martes

No quiero salir. Hace al menos dos semanas que solo voy a la calle a tirar la basura. Debo tener el “síndrome de la cabaña”, que en resumen no es más que el miedo a abandonar la seguridad del refugio hogareño. Aunque yo no sé si lo que tengo es miedo. Lo que sí creo es que a través del Covid-19 me animo a pensar que quizás el mundo de afuera no vale mucho la pena.

¿Qué me pierdo? ¿Ver a mis amigos? Estaría bien, sí, pero también es cierto que desde el principio de la pandemia hablamos mucho por teléfono y nos sentimos bastante más cerca que antes. ¿Pasear por la ciudad? Cuando lo intenté, ver a la mayoría de la gente con el tapabocas bajado, en la papada, me puso tan molesto y nervioso que no disfruté la caminata. ¿Sentarme en un café, tomar algo en un bar, la sensación de libertad de hacer lo que quiero? Sí, pero es el precio. Y tampoco es que antes me hiciera tan feliz rodearme de gente con la que sé muy bien que cada día tengo menos que ver. Vivir con poco no es tan malo. Al contrario, supone una enseñanza. La renuncia a lo superfluo debería incluir el tiempo perdido en las múltiples hipocresías de una sociabilidad forzada. Ya no más encuentros vacíos al servicio de un ego desbocado. ¿O sí? ¿La vida también es eso? El “síndrome de la cabaña” es tramposo. Te permite ver lo que está mal afuera pero no te deja ver lo que está mal adentro.

 

Miércoles

Mi amigo G. me cuenta que en diciembre conoció a una chica, L., en un avión. El vuelo iba de Oaxaca a la Ciudad de México. La chica, L., es psicóloga y vive en León. En el aire, durante el viaje, hablaron sin parar de libros, música, viajes y amores perdidos. G. me explica todo con detalles y en los pliegues de su voz detecto cierta angustia que le desconocía. Según dice, L. es delgada y bajita, lleva el pelo corto “como Ana Torroja” y habla entre susurros, con una mezcla irresistible de dulzura y sensualidad. La melancolía en la voz de G. crece cuando menciona a V., su esposa desde hace más de quince años. “Tú sabes cuánto la quiero”, me aclara, tal vez porque sabe que soy tan amigo suyo como de V. Sí, yo soy testigo de ese amor, pero en este momento preferiría no serlo. Ahora lo que quiero es que me cuente más.

En el aeropuerto de la CDMX, G. y L. intercambiaron números de celular y, tras despedirse con un beso “tierno”, de inmediato comenzaron a mandarse mensajes por WhatsApp. Ella le escribió sobre su vida como madre divorciada, fue sincera al comentarle lo difícil que le resulta criar sola a su hijo de siete años y, como al pasar, le dijo que estaba feliz de haberlo conocido; él contestó que no iba a mentirle: estaba casado, sí, pero ella lo intrigaba, le gustaba, quería conocerla más. Con idénticas dosis de reparos y entusiasmo, quedaron en verse a la semana siguiente. G. viajó a León, L. lo recibió en su casa, pasaron todo un fin de semana entre abrazos y caricias y se juraron defender ese amor que descubrieron sin proponérselo. De a poco, sin prisas, intentarían ver de cerca el rumbo que tomaría su historia.

A finales de enero, G. regresa a León y apenas vuelve a verla se da cuenta de que ya no hay vuelta atrás. El amor entre ambos no tiene nada de aventura, es lo mejor que le ha pasado en su vida. Envuelto en un remolino de emociones, G. añora y teme el día en el que dejará todo por ella. Piensa cómo le confesará lo ocurrido a V., sueña con L., se siente más vivo que nunca. Y un día de febrero, convencido de que en cualquier momento cambiará de forma de vida, de pareja y hasta de ciudad, llega la pandemia.

La voz en el teléfono se apaga de a poco. “Esto del coronavirus me hace pensar. ¿A quién tengo atado mi destino? ¿A la mujer con la que vivo, que adoro, o de la que me enamoré? Si me contagiara y corriera el riesgo de morirme, ¿al lado de quién debería estar?”, me pregunta. Yo no sé qué responderle. Prefiero decirle que ahora no es momento para pensar en eso. “¿Y cuándo va a ser el momento?”, insiste. “No sé, cuando termine todo”, le contesto. Hay cosas que no terminan, me dice. Empiezan y no terminan nunca, nunca.

 

Jueves

Ricardo Piglia dice que el diario íntimo es un subgénero literario muy particular, ya que está hecho para que nadie lo lea. Se escribe un diario para practicar el arte de la confesión a un lector único que en realidad es uno mismo. Por eso, el autor-lector lo oculta, lo cierra con llave, no permite que nadie más lo vea. Leer el diario íntimo de otro siempre es un ultraje. O, mejor dicho, una transgresión.

El diario fuerza al autor a un ejercicio de sinceridad, algo a lo que los escritores no están acostumbrados porque su trabajo se apoya en los artificios, los trucos narrativos y la imaginación. Para colmo, tiende al autoexamen de un “yo” del que los escritores suelen escapar. Por más autobiográfica que sea una escritura, el “yo” de un relato no coincide necesariamente con el “yo” del autor. Uno es un personaje; el otro, un narrador. La reunión de ambos en las páginas de un diario evoca la confesión psicoanalítica: el paciente es narrador y personaje a la vez. ¿Qué tan creíble es el mundo del que habla el paciente? Igual, quizás, que el mundo del que se escribe en un diario.

Claro que diarios íntimos hay de todas las clases y las generalizaciones nunca abarcan la diversidad. Están el histórico de Ana Frank y los novelados de Daniel Defoe (Diario del año de la peste) y Adolfo Bioy Casares (Diario de la guerra del cerdo), los personalísimos de Franz Kafka y Alejandra Pizarnik y otros decididamente literarios, como los de Susan Sontag, John Cheever, Julio Ramón Ribeyro y León Tolstoi, por citar algunos. Yo me quedo con la idea de que el diario está hecho a partir de una sinceridad dudosa, pensado para que no lo lea nadie y con la esperanza secreta de una transgresión. ¿Cuál sería la transgresión de un “diario de la pandemia”? Dejar claro que a la realidad nunca hay que buscarla en la escritura. Si está en algún lado es ahí afuera, justo donde ahora no podemos ir.

 

Viernes

Algunas dudas sobre el coronavirus:

Una. ¿Qué tan real es la narrativa de un contagio internacional desde China? Hoy leí que por los mismos días de la aparición del “paciente cero” en Wuhan hubo casos en Francia y en Nueva Zelanda. Ya se conocen al menos tres cepas del virus. ¿Se puede pensar que el Covid-19 surgió en varios países a la vez?

Dos. ¿Y si el virus ya estaba suelto en el mundo desde noviembre o diciembre del año pasado? De ser así, la convivencia global con el Covid-19 tiene más tiempo del que creemos. ¿Esto significaría que nos contagiamos antes del encierro?

Tres. Estados Unidos sospecha que la OMS protegió a China al no alertar a tiempo del peligro global que representaba el coronavirus. Pero, ¿y si la OMS no encendió todas las alarmas porque la amenaza era seria, como lo es, pero quizás no tanto como para confinar en sus casas a la tercera parte de los habitantes del planeta?

Cuatro. Las muertes del personal sanitario, en México y tantos otros países, ¿ha sido en vano? ¿Murieron para que el mundo siga como era antes? ¿O para que cambie?

Cinco. ¿La pandemia se ha convertido en un espectáculo?

 

Sábado

G. me llama en la noche, aprovecha que V. está dormida. Hablamos más de una hora. Me dice que L. le pidió que por favor no vuelva a buscarla. Según ella, sus mensajes le generan mucha ansiedad y no quiere sentirse así en estos días tan difíciles. Me doy cuenta de que G. realmente está enamorado. Sufre. Quisiera abrazarlo. No va a llamar más a L. “Estamos viejos, Leo, ya nos conformamos con que el amor sea un recuerdo”, me dice, y cuelga.

 

Domingo

Qué mañana tan hermosa. Qué raro es vencer el miedo y volver a salir.

Ciudad de México, México