Expediente

Carta a mis dos periquitos australianos 

I

Durante la plática de sobremesa, o de manera epistolar, tantas voces amadas me hablan de esta contingencia: Escucho la voz de mi hermano que insiste en el lockdown. Espera con paciencia que saquen la vacuna como el antídoto perfecto para la pandemia.  Proclama su fe inalterable en las virtudes de la ciencia. Desde otro rincón de la mesa oigo el frenético delirio de los que conciben que estamos siendo víctimas de un complot fabricado por las estratosferas de una alta y oculta sociedad cuyo plan macabro es doblegar nuestra voluntad a través de una enfermedad fabricada… el que delira muchas veces ve otra cara marginada de la verdad… aunque su versión de los hechos se acerque a la ficción.

Converso con los que elevan su bandera verde contra el viento y la marea de la expansión urbana cuya trinchera es la ecología y el vegetarianismo. Desde ahí resulta imposible no mirar a la pandemia como extensión directa del caos climático, el resultado obvio de nuestra crueldad globalizada hacia los animales y las plantas. Murciélagos y puercos derramando su sangre. ¿Y qué si morimos muchos cuando el gran organismo que nos sostiene ya está infectado por el virus que somos los humanos?… Naturaleza… Ella toma este respiro (que para nosotros parece mortal) para sacudirse las pulgas…

No menosprecio a los que insisten con sus miradas tiernamente puestas en la infancia de los niños, que la pérdida económica, psicológica y física de una cuarentena indefinida vulnera nuestra dignidad humana y laboral. Nuestra necesidad tan humana desde la infancia de tocarnos. La muerte es preferible, me dicen, a suspender o estrangular la calidad tan efímera de nuestras vidas… Me encandilo con el utópico fervor de quienes afirman que la alegría, el contacto de la piel y la vida comunitaria son la mejores vacunas para volvernos inmunes al virus del miedo… Anoto el diagnóstico de los médicos alternativos que ven la pandemia no tanto como una enfermedad sino como un contundente indicador de la buena o precaria salud que ya existía dentro de cada cuerpo antes de contraer el virus y que solo evidencia su condición.

Dos amantes se besan sin cubrebocas con desenfrenada pasión en una sala de cine vacía. Mientras tanto me estremece el testimonio directo de una amiga enfermera de urgencias que se tiene que vestir de astronauta cada vez que entra al hospital. Recibe nueve casos diarios al borde de la muerte. Reporta que sus pacientes dicen siempre lo mismo. “¡Fui por una cerveza. No me cuidé. Viviré una muerte estúpida. Una muerte provocada por la inconsecuente necesidad de salir a tomar como si eso fuera tan importante!”. Hubiera, hubiera… ¿cómo puede haber gente tan boba, me dice, que por una puta fiesta sacrifica a quienes más ama o sucumbe al Covid, a contraer una muerte asfixiante, repentina y desolada?

Imagino niñas, niños y borrachos enloquecidos por los balcones escapando de noche al bosque o al mar… los leopardos en la playa. La brutalidad que se agudiza detrás de una puerta cerrada. La brutalidad que tampoco se aplaca cuando no hay puertas, cuando migran caravanas bajo la parpadeante luz de la intemperie tan obscenamente distinta a la cuarentena que se vive de manera privilegiada. Un exilio voluntario, una isla de risas y jocosos manjares donde aún es romántica la palabra refugio… De manera religiosa o laica hay quienes ven esta pandemia simplemente como el principio del final: Doomsday o Día del Juicio Final. Adiós al futuro, nos desplomamos ante nuestra vertiginosa y globalizada velocidad.

Más que aliarme con una sola respuesta me estremece la singularidad de cada voz. Su ferviente y frágil convicción. Me acuerdo de un poema de Borges donde un hombre logra dibujar el mundo entero y se da cuenta desde la distancia que cada uno de esos trazos también dibuja el contorno de su rostro.[1] Este ensayo más que escritura podría ser un bosquejo cubista hecho de palabras, que intenta dibujar un clamor de visiones para vislumbrar desde la suma de ángulos dispersos una efímera imagen veraz.

 

II

¿Qué puedo decir de esta cuarentena cuando ha sido para mí tan benigna? Miro las montañas de mi pequeño pueblo natal, Amatlán, con sus barbas de piedra lodo y musgo. Entre muchas de mis amistades hay un optimismo compartido, una sensación de estar a salvo. La osadía o la increíble precariedad de sentir que la enfermedad sucede afuera, entre el tráfico de las ciudades y la muchedumbre. Leo a Federico García Lorca; su Cante Hondo. Imaginándome los pasos, el flamenco, sus veladas poéticas y musicales bebiendo el amanecer. Uso una mascarilla en el taxi pero cuando veo a los seres que quiero no resistimos el impulso de tocarnos, de burlarnos de la delgada atadura, de afirmar que el deseo de convivir es más fuerte que el miedo a contagiar muerte. Salgo mucho menos, mi cuarentena, debo confesar, es parcial. Mi brújula es el amor y he de escoger a pocos.

Siento a mi hijo de seis años en mis piernas mientras aprende a trazar una escama de pez, un anillo en el humo, los comienzos de una letra. Baila de nuevo como Michael Jackson y si desvío mi mirada de él unos instantes me grita “¡Mírame, no pienses!”. Me siento afortunado de poder darle en este tiempo de escuela en casa lo que considero valioso. Que se resume en un poema que el me dictó en el día del padre: veo una flor/ me hago chiquito/ y tomo el néctar. Más que una educación, busco brindarle la belleza del juego constante, en el que es posible abrevar el néctar de las cosas.

Acompaño a mi padre que se encuentra frágil del corazón, respirando con oxígeno externo. Veo a su lado deportes y maratones aunque no los comprendo, series de Netflix y películas de Almodóvar. Mientras tanto quiero aprehender nuestro tiempo juntos y el corazón se nos agolpa en el pecho.  Su presencia es y ha sido para mí como el plácido cielo de un inalterable azul que sostiene las nubes de mis tormentas y desvaríos. Mi madre tiene cáncer pero deja de pensar en sí misma como una enferma. Practica ZhiNeng QiGong y desde la energía del infinito que invoca en su cuerpo logra conservar la salud. Reduce el tumor. En el mercado abierto le dicen de nuevo que camina erguida, llena de juventud. Mi hermano se compra un proyector que transforma su pequeño cuarto en una sala de cine.

Pienso que en la contingencia mi trabajo como poeta ya económicamente precario será aún más escaso. Me sorprenden ofertas nuevas de trabajo desde muchas fuentes. La poesía sacia una sed (cada vez más vital) de la cercanía con uno mismo. El derecho a conservar y proteger una interioridad que por fortuna no puede ser usurpada, ni por ideologías, ni por las leyes del comercio.  Me enseñó a amarme a mí mismo con mayor intensidad durante esta cuarentena. Palpando mi cuerpo, reconociéndolo como enteramente propio por primera vez.

 

III

A principios de la contingencia mi amado padre trajo dos nuevos integrantes a la familia: dos periquitos australianos en una jaula amarilla. Qué mal gusto, pensé. Chiste y alegoría perfecta de nuestra cuarentena indefinida. Para el martillo todo es un clavo. Para el poeta todo acontecimiento es poesía que no ha sido labrada. Poesía del horror, de la ternura, del asombro o de lo inconsecuente, pero poesía al fin y al cabo. No es de extrañarse entonces que recuerde buenos y malos poemas de animales enjaulados:

La leyenda persa contada por Rumi de un cazador que encuentra en la jungla a un pájaro codiciado por ser capaz de estremecer las fibras más sensibles del corazón con sus cantos. Cuando lo coloca en una jaula y lo exhibe en su casa solo llena su hogar de llanto y de nostalgia. Al preguntar por qué, el pájaro asombrosamente le responde: “extraño a mi compañera, mi pájara  que vaga en libertad. Ella no sabe si vivo o muero. La reconocerás por su plumaje azul y el gorjeo de su voz plateada. Dile que estoy vivo, que la extraño, que le canto todos los días”. Cuando ella se entera del sufrimiento de su amado preso en una jaula, muere, como muere él amado cuando recibe la noticia.  En la muerte estas dos aves han alcanzado amarse en plena libertad. Si eres un cazador solo veras ante ti a dos pájaros muertos y una jaula vacía.

Cuando la enfermedad y la precariedad del cuerpo nos asaltan en estos tiempos y tantos otros, creo que las palabras vida y muerte son insuficientes. Recordar la jaula vacía de Rumi es luchar (dentro lo posible) al derecho y a la forma en que cada uno desea partir. Cualquier cosa es soportable, nos dice Rumi implícitamente, menos doblegar nuestra fuerza de voluntad y separarnos de lo que verdaderamente amamos.

José Emilio Pacheco en el poema “monólogo del mono” mira la jaula, las prisiones físicas y mentales de nuestras civilizaciones desde una inevitabilidad perturbadora pero innegable: “Nacido aquí en la jaula/ yo el babuino, lo primero que supe fue: este mundo/ por dondequiera que lo mire tiene/ rejas y rejas./ No puedo ver nada/ que no esté entigrecido por las rejas”.

Desde la voz de ese mono, la noción de que podemos escapar de las prisiones sociales o existenciales que nos encierran es ilusoria. Donde quiera que coloquemos la vista veremos rejas y rejas. Hablar es una forma de agitar las manos contra los barrotes. Acto necesario para poner en evidencia nuestra compartida brutalidad humana que sin embargo no nos libra ni nos absuelve de ella.

De niño al desear caminar y liberarme de mi discapacidad motriz me vi reflejado en el símbolo de un pájaro enjaulado. Grité “¡Soy un pájaro en mi propia jaula! Dame mi libertad!”. Pero aun a los doce años ya había en ese lugar común un incipiente sentido de ironía. En la frase “soy un pájaro en mi propia jaula” estaba consciente de algo que todavía no podía articular, que llegué a entender de mí mismo años después. Esta jaula que yo llamo discapacidad o restricción es una jaula cuando la concibo como una atadura. Cuando la re-significo a través de la amistad, la introspección y la poesía la jaula misma se transfigura. Deja de ser cárcel y se convierte en otra expresión gozosa del vuelo.

El poeta chino-estadounidense Li Young Lee desde un agnosticismo perplejo contempla un pájaro en libertad y concluye que en un mundo de depredadores volar también es otra tiranía. La libertad de los que vuelan despreocupadamente por un mundo también tiene un inesperado precio. Simbad, en las Mil y una Noches, enjaulado por el ogro hambriento, insiste en segarle un ojo con una de las brasas de su hoguera. Su historia es fuego para la rebeldía y la lucha cívica que no se aplaca hasta liberarse del yunque. Robert Bly mira las manos de una persona que ama y reconoce en ellas las líneas de una delicada jaula. Lo que nos ama también nos apresa inevitablemente pero es preferible ese encierro; el que ama de verdad ama el pájaro y la jaula más que la intemperie de su  desolación.

Cada una de esas jaulas llenas y vacías me ofrece una manera de relacionarme con cualquier situación que de manera voluntaria o forzada me encierra. El canto de cada una me acompaña durante la contingencia. Me tomo la libertad de no citarlas de manera exacta sino de aludir a su esencia desde la memoria donde sus palabras se entretejen con las de mi cuerpo. Sería tentador decir que una de esas jaulas es más hermosa o precisa que la otra, que una de ellas tiene la llave para develar el encierro, pero las comparaciones partidarias sucumben ante las cosas paradójicamente bellas.

Al pasar los días mis periquitos australianos cantan espantando a los símbolos y los clichés que ya había recorrido mi memoria. (“Nada de ideas” nos aconseja William Carlos Williams, “sino en las cosas”). Sus cantos dispersos y joviales existen sin agonía ni pesadumbre. Se besan y se pelean con la fidelidad de un matrimonio duradero y tradicional. La hembra ahueca poco a poco el tronco que le compramos, preparando el lecho. El macho que quizás ya está familiarizado con la idea de transgredir los roles establecidos por el patriarcado también le ayuda a ahuecar el tronco aunque ella sigue insistiendo que esa es su tarea.

Vestidos de verde y de amarillo en su hermosura confían. Descansan y se columpian sobre palitos y desde su mirar o el mío su jaula es un paraje. ¿Quién soy yo para afirmar que no se sienten libres, incluso plenos desde su confinamiento? ¿Quién puede afirmar que no contemplan su jaula como una casa, una amable dispensadora de agua, refugio y comida? Esta pregunta también la hizo Yann Martel, mientras Pi, el personaje principal de su novela, entabla una larga y extraña amistad con un tigre enjaulado. Ha sido noble para mí esta jaula, esta cuarentena y dulces sus cantos sin que por ello ignore la crueldad compartida que nos cerca.

 

IV

La creación de este ensayo me llegó por encargo. Y el encargo era registrar la vivencia de la contingencia desde lo íntimo. Los encargos son dificultosas trabas para algunos poetas aun cuando provengan de una noble petición. Resistimos reaciamente la escritura temática, confiando plenamente en el azaroso y enigmático destino que nos dicta la imperiosa voluntad del lenguaje. Así que estuve a punto de no escribirlo cuando la Real Academia Española con su definición de la palabra contingencia me animó a aceptarlo. Contingencia: Posibilidad de que algo suceda o no suceda”. 2. f. “Cosa que puede suceder o no suceder”. 3.“riesgo”. El poeta debe estar enteramente dispuesto a vivir en un estado de contingencia para escribir: a nutrirse de la incertidumbre, a  volcarse cuesta abajo al abismal mar de la hoja en blanco, pescando a veces una sílaba, una serie de oraciones dispersas o el vago y constante rumor del silencio. En la contingencia del silencio, de la frase interrumpida, está el aliento, la imagen y el sonido del siguiente verso.

Muchos de nosotros antes de la contingencia actual ya buscábamos una cuarentena indefinida para gestar nuestra escritura creativa. La actual también resulta favorable cuando es posible aprovechar sus virtudes. Declaro esto con pleno sentido de ironía y pesadumbre sabiendo que la contingencia que nos atraviesa para muchos significa un caldero para el tumulto, la violencia familiar o el duelo. Si tenemos una casa tranquila y acogedora nos corresponde aprovecharla como un gesto de gratitud ante la inmensa fortuna de nuestra vida.

Los escritores hemos de resguardarnos en estos y otros tiempos en la casa donde nuestro ser se sienta contenido aun cuando las presiones familiares y laborales pueden volverla un sitio frágil para el refugio creativo; lograr en ese espacio la urgencia y el hábito de ir hacia el encuentro con nuestra interioridad. Hallar la intimidad que surge del diálogo con nosotros mismos y que tantas veces al vulnerarnos nos vuelve tiernos. De la cual (con mayor o menor pudor) hemos de escribir.

Quedarse en casa (cuando las condiciones lo permiten) puede transformarse en la extensión física y simbólica donde se concentran los parámetros de nuestro cosmos personal. Nuestra cama, el lugar donde soñamos, el patio, un sitio para observar el transcurrir de la noche y el día. Nuestros libros predilectos manchados de chocolate y café, desencadenando nuestras letras. En la privacidad de nuestro jardín encontramos una vaga memoria de nuestro edén que muere y se renueva. Los rostros que hemos de ver todos los días, pueden volverse de pronto tan familiares y tan extraños como las nubes que cruzan nuestros cielos cotidianos. El sol renueva una vez más su inestable contrato de alumbramiento. Cada acontecimiento es tan nuevo y tan viejo como un aliento.

Desde esa pausa podemos preguntamos ¿quién vive aquí en la casa de mis sentidos? Nos resguardarnos del bullicio de las multitudes, pescamos tras la puerta cerrada la palabra justa, escuchamos la vibración de un verso, una imagen temblorosa sobre las aguas fluctuantes de nuestros pensamientos dispersos. Desde una sana distancia nuestra escritura se agudiza. Pero resguardarnos no debe confundirse con aislarnos, ni ser sinónimo de la indiferencia.

Si bien el escritor se nutre de la soledad y la distancia donde el tiempo madura el fruto de su obra, también le son vitales la risa y el dolor, el acontecimiento improvisado que sucede con otros, el debate y la conversación amorosa. Desde esa congregación se amplían los parámetros de su visión. Hoy la palabra contingencia inmediatamente denota el distanciamiento social. Pero “distanciamiento social” es un término equívoco. “¿Quién dijo”, pregunta el poeta Fran Quinn, “que resguardarnos y distanciarnos era lo mismo?”. La contingencia en su raíz etimológica nos revela su paradójica naturaleza: “Con-Tangere”. Se refiere directamente desde el latín a la convergencia, al suceso que se encadena inextricablemente con otro, al contacto tangible, a la interferencia. En nuestra vida y en nuestra escritura hemos de buscar el umbral entre “tu” y “yo”. Adentro y afuera. Silencio y clamor.

Ahora es aún más evidente: no hay forma de ensayar nuestra vida, por más premeditadas que parezcan las estrategias. Bajo la lupa vemos el precario andamio que las sostiene. Estamos siempre actuando sobre la tarima frágil de nuestra vida sin conocer el guion. Así lo señala Wislawa Szymborska en sus potentes versos: Vida al instante/… Función sin ensayo…/ Cuerpo sin prueba…/ Ignoro el papel que hago./ Sólo sé que es mío, no es intercambiable./… ¿De qué va la obra?, debo adivinarlo sobre el escenario…”.

 

V

Mis periquitos me recuerdan (con sus brincos y pequeños ruidos) a roedores con alas hechos de una carne selvática y vegetal. Pronto taparemos las cortinas y cerraremos las puertas. Abriremos la puerta de su jaula y volarán por primera vez mas allá de los barrotes.

Libres. Conocerán el cielo que llega hasta el techo del comedor. El que se desenvuelve en el espacio finito de nuestro hogar. No están adaptados a la dureza de estas lluvias, ni a la cortante luz del mediodía que desnuda los follajes. Son migrantes que han llegado hasta nosotros hablando un dialecto que apenas comprendemos. ¿Que estarán dispuestos a entregar en su vagancia? Nuestra felicidad a veces es felina. Entra y nos transgrede. Nuestra libertad sostiene el peso de las plumas agitadas…

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa