Expediente

Autoconfinamiento

¡Pum! La nube estalló, se desintegró en mil pedazos, me tiró y derramó el frío. “¡Mañana de mierda!”, gritó atronadoramente un pájaro sobre mi cabeza. Empecé a temblar… y me desperté.

Me encontraba descubierto en esta fresca mañana primaveral; la colcha estaba en el suelo. El despertador se activó en un timbrazo feroz. La ventana traslucía un cielo muy azul y se oía el singular y atronador graznido de los cuervos.

Me quedé acostado todavía un rato más, mientras recobraba lentamente la conciencia aunque temblaba cada vez con más fuerza. Después recogí de un tirón la colcha del suelo y me cubrí hasta la cintura. Tenía muchas ganas de levantarme y acercarme a la ventana para disfrutar del cielo inusualmente azul, pero la ventana estaba casi inmediatamente abajo del techo y se podía ver el cielo sólo recostándose sobre la cama. Cosa que hice durante las siguientes dos largas, aburridas, inútiles horas vividas en vano desde el momento en que decidí encerrarme a mí mismo en una torre.

Apenas salido de la escuela, hace ya mucho tiempo, me había condenado al autoconfinamiento. Me aislé del mundo que me rodeaba primero con una línea invisible, y después, cuando crecí, empecé a ganar buen dinero y decidí construirme una casa decente, lo primero que hice fue levantar una valla de tres metros en todo el perímetro de mi terreno. Las aislantes puertas de metal fundido se aseguraban con enormes cerrojos de hierro.

Sólo ahí, dentro de mi mundo cercado, me sentía bien y tranquilo, podía hacer todo lo que quisiera. Y lo que quería era muy poco: rociarme con la pistola de agua, acostarme en el pasto por la noche y mirar las desparramadas miríadas de estrellas, pararme frente al caballete cubierto con un lienzo y pintar mis sueños infantiles. En todos mis sueños volaba en lo alto del cielo.

Por eso la casa que construí tenía una torre de nueve metros coronada con una puntiaguda cúpula de hierro. Una escalera de caracol, también de hierro, llevaba hasta la parte más alta de la torre, en la que había un pequeño cuarto y un baño contiguo. La ventana del cuarto, en el que sólo cabían una amplia cama de forma oval, una mesa, una silla y el caballete, se extendía debajo del techo, de manera que durante las noches podía ver el cielo y fantasear con los sueños de mi infancia, en los que volaba.

En una casa de tres pisos y doce habitaciones, este cuartucho era sólo mío. Incluso después de casado y con un hijo, prefería retirarme en la torre. Para todos los demás la entrada a la torre estaba severamente prohibida.

En este cuartucho me entregaba a las ensoñaciones y a los recuerdos. No me gustaba recordar, pero solitos los pensamientos se deslizaban a mi cabeza.

He aquí que el vecinito Sasha tiene una bicicleta nueva y yo le pido con pudor: “por favor, déjame rodarla hasta ese árbol”, seguro de que no se negará, pues ya todos los chicos han andado, uno tras otro, no sólo hasta el árbol, sino hasta la plazuela e incluso hasta el crucero.

Después, otra vez el vecino Sasha y yo estamos sentados en el mismo pupitre y yo le comparto pequeños secretos: que me gusta Marina, la del otro salón; que había recogido una cornejita que se había caído del nido y la había criado; que me gusta comer buñuelos con malteadas; que vuelo en el sueño y que eso me produce una emoción tal, que una vez hasta me oriné encima… porque el éxtasis del vuelo era tanto, que no me pude controlar.

Pero Sasha de repente me baña con una mirada despectiva y dice con desdén y en voz alta para que todos escuchen:

―¡No te creo! ¡Te orinas apenas sueñas que te metes en la cama!

Siento como si recibiera dos golpes. Uno, en el estómago, y se vuelve imposible respirar a causa de la inesperada bajeza y traición de Sasha. El otro golpe aterriza en mi cabeza, no, no en las orejas, sino en los mismísimos tímpanos. Son los chicos que se burlan y hacen gestos, me sacan la lengua y ponen ambas manos sobre sus braguetas, haciendo ver como que están a punto de mearse. Su risa desgarra mis oídos, mi alma y salgo corriendo a mi casa, me escondo debajo de la vieja mesa de la alacena, en donde nadie puede ver mis lágrimas ni escuchar mi llanto.

Y al otro día, y al siguiente, y después de una semana y durante todo un año tengo que ir a la escuela, escuchar que me suelten a la cara y a mis espaldas el lacerante “meón”, aguantar las humillaciones de los chicos y lo peor: bajar los ojos y alejarme corriendo cobardemente de la burlona mirada azul de Marina.

Y después, regresando de la escuela, volver a esconderme una y otra vez debajo de la mesa con el viejo mantel de felpa y borlas, donde estaba muy oscuro y silencioso y donde nadie te veía. A través de los agujeros del viejo mantel miraba hacia la opaca ventana de la alacena, detrás de la cual se adivinaba el azul celestial, e intentaba tortuosamente entender por qué mi amigo Sasha había actuado de esa manera conmigo. ¿Acaso no era yo quien le ponía la espalda para que se apoyara cuando se metía a los jardines vecinos en busca de cerezas? ¿No era yo quien lo invitaba a la pastelería a comer esos buñuelos con malteadas? ¿No era yo quien había compartido con él los entonces desconocidos “Snickers”, que mi tío Slava traía de sus viajes de trabajo al extranjero? ¿No le había regalado yo una camiseta increíble con la imagen de la torre Eiffel? ¿Y no era yo quien lo dejaba copiar las tareas de todas las materias (yo era un alumno sobresaliente)?

Después del evento con la bici no me quedó de otra que estudiar todavía mejor. ¿Qué más podía hacer un adolescente de trece años que por sobre todas las cosas le gustaba jugar futbol en el patio, pero ahora estaba obligado a quedarse sentado en la alacena que apestaba a ancianidad? “Estoy haciendo tarea”, les decía a mis familiares, y era verdad. Estudiaba como poseído, porque me obsesionaba la idea de irme de nuestra ciudad, aplicar a la universidad en Moscú y convertirme en un pez gordo para, como el tío Slava, ir a trabajar al extranjero.

Sentado en confinamiento voluntario, escuchaba con atención los gritos de los niños que jugaban en la calle y, con el consuelo del mártir, repetía como loro párrafos y capítulos. Podrá ser que hoy tenga el ofensivo apodo de “meón” y Marina me cubra con la fría mirada azul de sus ojos, pero mañana… Mañana yo seré el vencedor.

Y así sucedió. No voy a contar con qué esfuerzo ni después de cuánta sangre creé una enorme empresa de construcción que ahora cuenta con filiales en cuatro grandes ciudades de Rusia.

Mi nombre se pronuncia con admiración. Tengo unas cuantas casas y departamentos en Moscú, San Petersburgo, Sochi, en España y en Alemania, pero la que más me gusta es ésta, con la torre construida en el mismo lugar donde antes estuvo la vieja alacena. Aquí es mi territorio, mi isla de la salvación y de descanso espiritual, con todo y que podría permitirme viajar a cualquier parte del mundo. Es mucho lo que puedo permitirme.

Incluso pude haber ayudado ese día, con un simple chasquido de dedos, a Shasha cuando, cojeando, vino a mi nueva casa y me llamó a través del guardia. ¡Oh! Salí sintiendo un regocijo maligno, pues sabía que a Sasha le estaba yendo muy mal, que lo había dejado Marina, con quien se había casado poco después de salir del colegio, Marina, la mujer que había sido la causa de que pisoteara mi alma despiadadamente.

Esa tarde, mientras abandonaba la opípara mesa y me dirigía a las puertas ―no lo invité a pasar a la casa―, sabía que yo sería todavía más despiadado, pero salí con una ligera sonrisa.

Sasha se veía francamente mal. Tenía la cara muy pálida, vestía ropa vieja, cojeaba, era evidente que estaba desnutrido y en este momento, claramente hambriento.

―Zhen[1] ―dijo con voz ahogada, pues no esperaba ver mi rostro con gesto altanero―. Yevgueni Andréievich, ayúdame, por el amor de Dios. Como guardia, como conserje… Como sea, dame trabajo, te lo pido.

Poco a poco a nuestro alrededor empezó a reunirse gente, no sé quiénes eran. Ciudadanos, paseantes, no sé. Yo guardaba silencio, dirigía la mirada por encima de su cabeza, entrecerrando los ojos para ver el azul del cielo previo al anochecer. El cielo, cuyo color era el de los ojos de Marina. Con dificultad me contuve de golpearlo en el hocico hambriento.

El canalla, traidor, que durante veinte años me había apuñalado por la espalda para ganar la atención de Marina y que después se había casado con ella, ¡cómo podía este gusano lastimero pedirme hoy cualquier cosa!

―Zhen ―me llamó con voz ahogada y extendió hacia mí su delgada mano con dedos temblorosos y huesudos.

Yo me separé con una mirada glacial.

―No ayudo a pordioseros. Lárgate de aquí, que nos vas pegar los piojos ―dije y, volteando hacia mis dos guardias, grité―: Si este limosnero vuelve otra vez por acá, suéltenle a los perros.

Y me fui sin mirar atrás.

Después de unos días me dijeron que una mujer joven preguntaba por mí. Entendí que no se trataba de la mamá de Sasha, mandé que la dejaran pasar al patio y literalmente me caí al suelo cuando vi que Marina cruzaba las puertas. Estaba increíblemente flaca, como si se hubiera chupado toda, sólo los ojos mantenían su anterior brillo azulado. Salí a su encuentro para invitarla a pasar, pero ella extendió su brazo.

―No te acerques ―dijo―. Vine a decirte que antier se colgó Sasha. Ayer a su mamá se le detuvo el corazón. Yo moriré pronto. Espero que estés contento: lograste vengarte después de tantos años.

Enmudecí y ella continuó:

―Sasha resintió toda la vida el incidente con la bicicleta, decía que nunca sería feliz. Vino a verte para hacer las paces. Y sí, además necesitaba ayuda.

―¿Y no resentía algo mientras yo, durante años, me tragaba las lágrimas? ―Recuperé el don de la palabra― ¿Por qué nunca se acercó en todos los años que pasé sentado en la alacena, solo, confinado? ¿O es que las piernas se mueven con mayor facilidad para encontrarse con un camarada pudiente?

Sentí una rabia salvaje. ¡Ahora esta miserable, salida de la niebla del pasado, viene a aleccionarme!

―¿Por qué lo dejaste, si era tan bueno? ¿Y quién te crees que eres para venir a regañarme a estas horas de la mañana?

―¡Mañana de mierda! ―Dijo voltéandose hacia las puertas― Padezco una enfermedad incurable. Me alejé para no contagiarlo. Yo nunca hubiera estado contigo: siempre supe que eras un sádico y un masoquista. ¡Mañana de mierda! ―Repitió ya en las puertas.

―¡Lárgate de aquí, muerta de hambre! ―Le grité en respuesta. Gritaba de tristeza, pues esta demacrada mujer había matado a la Marina de mis recuerdos, de mis sueños, cuando volábamos juntos por el cielo y era tan emocionante que yo perdía el control sobre mí mismo.

Pasé todo el día en la torre, acostado en la cama, jadeando de ira y del vacío interno que sentía. ¿A quién y qué cosa demostré durante tantos años, trabajando hasta el desgaste, sin descansar durante meses, a veces sin comer días enteros? ¿A estos dos seres condenados e infelices?

Algo empujaba dentro de mí: “podrías ayudarlos, darles dinero para medicinas, pagarles un doctor, no te costaría nada…”.

Pero entonces recordaba los días infinitos en la alacena con ventanas opacas, mi tristeza y mi soledad, el miedo al día siguiente, el temor a las burlas, la terrible sensación de andar siempre con la cola entre las piernas. Y entonces en mí bullía la ira. ¿Por qué en ese tiempo nadie me tendió la mano? ¿Por qué, si sabían que durante meses y años no salía de la alacena, ninguno de ellos vino a verme? ¿Por qué ninguno estuvo ahí cuando murió mi abuela y, dos años después, cuando murió mi mamá? Entonces tenía apenas veinte años…

Todo lo que recuerdo de mi vida independiente son los estudios y el trabajo, en los que invertía de 19 a 20 horas del día, y una soledad eterna. Ni siquiera cuando me casé con una bella muchacha de ojos azules, con la que tuve un hijo, pude deshacerme de ese sentimiento. El único lugar en donde logré ser feliz fue la torre con su ventana debajo del techo, donde podía practicar lo que siempre había soñado. Desnudo hasta la cintura, dibujaba los sueños en los que volaba…

Después del encuentro con Marina ya no fui capaz de sostener los pinceles en la mano: me empezaron a temblar los dedos. Cuando me acostaba, sentía el latir de mi corazón.

“La generosidad es atributo de los fuertes”, me dijo un día una voz al amanecer. Yo, que me había hecho de muchas cosas en la vida, no pude ser lo suficientemente fuerte como para salir decididamente de la alacena en la que pasé sentado toda la vida. Sobre la libertad interior y los vuelos en el cielo preferí el autoconfinamiento.

Después de ese encuentro con Marina me apareció una constante y extraña tos, más parecida a una risita. No le pongo atención. Sólo tengo un deseo: desprenderme de este eterno autoconfinamiento, dormir tan profundamente como lo hacía en la infancia y volar al cielo libre, sintiendo un entusiasmo tal, que me haga perder el control. Pues volaré entre nubes ligeramente enrojecidas, húmedas nubes doradas y rosas, que se deslizarán por mis piernas cálida y dulcemente…

Traducción de María del Mar Gámiz Vidiella

 

 

[1] Zhen es una forma cariñosa y de confianza del nombre Yevgueni (Eugenio).

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa