Expediente

Apuntes al vuelo del virus

Vino el virus y se comió la vida. Nada fuera de él; nada fuera de la muerte. Como si la naturaleza se hubiese hartado de la frivolidad, la impostura y la arrogancia del ser humano, y quisiera recordarnos nuestra condición de bicho quebradizo, de especie extinguible. Oremos.

 

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Día gris, fatigado. Apenas una brisa mueve las ramas que retoñan. Nadie aparece. La quietud propia de una postal; el silencio de un mundo que aún no despierta. La amenaza parece lejana, irreal, pero está ensartada en nuestro corazón.

 

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Con cuánta tranquilidad crece la mañana: la quietud de los árboles, la luz tenue, las ardillas correteando sobre el césped. Afuera de este pequeño pueblo el mundo se derrumba; la desesperación y el dolor son un eco amenazante. Nunca como ahora has dado gracias a lo que entra por tu ventana.

 

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La amenaza del virus nos obliga a poner atención a nuestros actos más rutinarios y mínimos: tomar el picaporte, abrir el grifo, destapar frascos y latas recién comparadas, en fin, todo aquello que viene a nosotros. Una atención, una forma de estar despierto, que en algunas escuelas ocultistas es la ruta hacia un estado superior de conciencia, pero que para nosotros es bastardía del miedo, seguramente provisoria y que, en vez de abrirnos una ruta de conocimiento, sólo altera nuestro sistema nervioso.

 

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Impresiona que un país tan vasto y complejo, tan poderoso y diverso, tenga como presidente a un fantoche. Y que ese fantoche represente la cara abierta de la mitad de la población y el rostro oculto de la otra mitad, que jamás lo reconocería.

 

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La sensación de irrealidad se te ha pegado a la psiquis como un envoltorio de plástico.

 

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Es la narrativa del poder la que consume lo mejor de nuestra atención. El virus que asola es contagioso y mortal, pero en manos de la narrativa del poder se convierte en una burbuja asfixiante. Nunca leer periódicos ha sido tan desagradable.

 

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Los días corren; la desazón del espíritu también. La vitalidad languidece, flota en la poza de agua tibia del tedio. Nada podemos hacer, sino contemplar cómo la vida pasa, con la perplejidad del que ya no es.

 

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Camina el insecto en pos de la luz, su ruta de salida, sin saber que es entonces cuando se hace visible al contundente golpe de la muerte.

 

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Debes resistir a la tentación malsana de tu época: sentirte víctima, disfrutar la indignación de la víctima, vociferar hasta que alguien te admire y te compense por sentirte víctima. Recuerda: lo que te sucede te lo has ganado palmo a palmo.

 

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El barbero de un pueblito de Michigan ha publicado diez novelas de tema cristiano que tiene cuidadosamente exhibidas en el aparador de su barbería. Tuvo sus minutos de fama gracias a que se opuso al confinamiento obligatorio decretado a causa de la pandemia; tenazmente se negó a cerrar su barbería pese a la orden de las autoridades. Fue un héroe para los milicianos blancos por su coraje para defender la libertad de seguir trabajando como barbero. Por suerte no tuvo que hacer un gesto semejante para seguir escribiendo novelas. Parece que nadie las ha leído; no se habla de ellas.

 

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Decía Canetti en un apunte de 1942: “el origen de la libertad se halla en el respirar. Todo mundo ha podido aspirar siempre cualquier aire, y la libertad de respirar es la única que no ha sido realmente destruida hasta el día de hoy”. Setenta y ocho años después, esa libertad peligra.

 

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Imitación de Isaías: generación quebrada, víctima de la más intensa campaña de intimidación de la que se haya tenido noticia en la historia. El miedo pesa en la atmósfera más que las partículas de plomo, y cada día que pasa la presión se intensifica, obliga a bajar la cerviz, a temer el aire, a temer al otro. Qué especie es ésta que aplaude su obligado embozo (sin boca, sin rostro) y su propio encierro…

 

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Un hombre que teme sus sueños, que ve en cada sueño un mal presagio y pasa el día intranquilo, temeroso de que algo malo le suceda, angustiado por la espera de la mala noticia que le fue presagiada en el sueño de la noche anterior.

 

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Los alguaciles ideológicos de la época pronto prohibirán las Mil y una noches, porque es el esclavo negro, grande y musculoso quien siempre ensarta a la mujer del Sultán cuando éste se ausenta. Estereotipo racista, dictaminarán. Qué poca imaginación tienen estos puritanos para el placer.

 

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Se vive en la incertidumbre; se muere en la incertidumbre. Son las únicas certezas.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa