Expediente

Apuntes acostados sobre una nube digital

Las semanas de confinamiento que acabo de experimentar en tres países y en dos continentes no afectaron a todo el mundo de la misma manera, por el contrario. Todo comenzó, para mí, los primeros días de marzo del 2020 en Washington donde doy clases una parte del año en la Universidad George Washington, joya de la capital. Diez o doce días después, tomé uno de los últimos vuelos comerciales de Air France, las autoridades consulares alentaban a los ciudadanos franceses a que regresaran a París lo más rápido posible. Ahí pasé las siguientes cuatro semanas solo, antes de finalmente reunirme con mi hija y mi pareja en Milán donde, desde hace dos años, nos establecimos. Y henos aquí, desde mediados de junio, finalmente en Sicilia donde el virus del Covid-19 tuvo menos impacto. Ese pequeño esbozo indica cuánto mi trayectoria es la de un hombre privilegiado. Privilegiado pero consciente de su estatus. No ignoro que en los Estados Unidos, en Europa o en otro lugar, solamente una parte de la población pudo trabajar a distancia y respetar las reglas relativas al confinamiento. Una gran parte de la población mundial no tuvo elección. Son muchos los que no pudieron evitar las estaciones o los metros abarrotados, los pasillos de los hospitales sobrepoblados y las filas frente a los supermercados. Llevaban a cabo y llevan a cabo, de un tiempo acá todo el mundo está consciente de esto, roles esenciales. En todo el mundo las autoridades fingieron descubrir repentinamente su utilidad. Vertieron palabras huecas a sus espaldas mientras estrangulaban su poder adquisitivo y mataban de hambre los servicios públicos.

La crisis del coronavirus le impuso al mundo su agenda en un momento en que en las cuatro esquinas del planeta suenan en las calles los gritos de protesta y que una nueva generación, menos cínica, se subleva contra todo lo que seguimos haciéndole soportar al planeta. En mi campus, los más insumisos militan en el movimiento Sunrise que comenzó en el 2017. En respuesta a su pugna con los dirigentes, nuestra universidad acaba de retirar los sesenta millones invertidos en el sector de los hidrocarburos fósiles. A escala nacional, apoyaron la magnífica campaña del senador Bernie Sanders y le dieron el espaldarazo a Alexandria Ocasio-Cortez, la representante del 14o distrito de Nueva York en la Cámara de representantes de los Estados Unidos y abanderada del Green New Deal, que en estos días celebró su reelección.

Le sacaron provecho a los meses de confinamiento para urdir sus armas y aprender en línea, con la felicidad contagiosa y la inquietud legítima. Su arma predilecta: una laptop. Su territorio de caza: la proximidad de una red wifi. Se les llama millenials. Admiro su frescura, su apertura de espíritu, su energía en mi salón de clases como en el seno de la sociedad. A diferencia de sus padres, rápidamente comprendieron la cólera, la impaciencia o el miedo desnudo que atormentan cíclicamente las plazas y las avenidas de Washington.

Los ingenios solo ven la espuma en la superficie: los disturbios esporádicos. Nadie ve a los millones de jóvenes negros e hispanos detrás de los barrotes o atenazados por las mandíbulas de la máquina inhumana. Nadie ve a los cientos de miles en la calle que usan una mochila como almohada, una banca pública como cama y una dignidad que es imposible de encontrar en alguna otra parte. Nadie ve a los otros, a los últimos que contratan y los primeros que despiden, dispuestos a entregar el alma, asfixiados con una rodilla o un garrote sobre la yugular. Sus gritos de angustia “Please, I can’t breathe” no consiguen alterar su confort.

Fue durante la primera semana de marzo cuando la universidad nos pidió transferir las clases a una plataforma virtual. Mis millenials renegaron, pero luego aceptaron la evidencia. Nuestros cerebros primarios se reflejan en modo crisis. Se hizo evidente que un virus asfixiante abatía al planeta. Se volvió urgente protegernos del riesgo y del peligro. Ya no más disputas, apretones, abrazos. Ya no más calor ni sudor humano. Se decretaron nuevas reglas de higiene y el distanciamiento social se instituyó como un axioma.

 

 

Nudos de interdependencia

Que se detuviera la máquina fue la oportunidad de suspender la carrera desenfrenada del productivismo y de obstaculizar el becerro de oro y del progreso. Y estuvimos muy obligados a quedarnos entre cuatro paredes, de ya no poner un pie afuera. Sobre todo de ya no hacer nada juntos. De dejar a la tierra respirar, al asfalto descansar y a los animales aventurarse en el corazón de la ciudad y hasta debajo de nuestras ventanas. Algunos pudieron aprovechar este paréntesis para erigir un altar para sus ancestros, sumergirse en el silencio y en el examen de sí mismos. Algunos otros también vieron cómo las crisis se ensamblaron hasta el infinito: crisis biológica, crisis sanitaria, crisis económica, crisis política, crisis ecológica, etcétera. El Covid-19 nos hizo recordar lo obvio. Todo está ligado, todo está en todo y lo olvidamos durante años, décadas, siglos, tal vez. Para mí, este olvido es una clara señal de otra crisis para seguir con la metáfora: una crisis de la sensibilidad. La crisis holística, que es la nuestra, es una crisis de las sociedades humanas. Su hogar es el hemisferio norte y su combustible es el modelo depredador y capitalista. Poco a poco conquistó el resto del mundo, desde las estepas de Siberia hasta las dunas del Kalahari. Pone en peligro el destino de las generaciones futuras, las mismas bases de nuestra subsistencia y la calidad de nuestras existencias en los entornos contaminados. Tiene muchos nombres: Antropoceno, Capitaloceno, Chtuluceno, sexta extinción de las especies o más comúnmente: cambio climático.

Los millenials son impacientes, tienen razón. Todavía hay tiempo para poner a prueba nuestros saberes técnicos, perezosos, erigidos en panaceas. Para salir del presente instantáneo, el de los cristales líquidos, las nubes digitales, la inteligencia artificial y otros algoritmos para entrar en la densidad del presente, en lo oscuro de nuestras existencias, en la opacidad de nuestros pasados y nuestros linajes entremezclados. Para aceptar el embeleso como experiencia, el movimiento como una figura de carne y de estilo, lo imprevisto como horizonte. El mal se gestaba desde hace mucho tiempo, desde que la modernidad le dio al Hombre blanco la ilusión de su superioridad y de su singularidad. Todavía peor, a fuerza de ya no ponerle atención al mundo vivo, a las otras especies, a los entornos, a las dinámicas ecológicas que todos los seres vivos tejen juntos, creó de la nada un cosmos mudo y vacío, tan tornasolado por afuera como muerto por dentro. Un mundo que deshumaniza, desanimaliza, amenaza concretamente las condiciones de habitabilidad de la Tierra para los seres vivos. Un mundo muy incómodo para vivir, tanto a escala individual y colectiva como existencial. Todavía estamos a tiempo de cambiar de dirección, de alimentar el interés por todos los otros pueblos de los seres vivos. Se dice que en las naciones amerindias que hablan iroqués, se tenía la costumbre de preguntar, antes de cada reunión quién, en la asamblea, iba a hablar a nombre del lobo. Reconectar con esas sapiencias, sus temporalidades y sus espacialidades no es un sueño, ni siquiera un gesto insensato que se pone al alcance de los antropólogos que buscan legados extraños y exóticos.

 

 

Por un desconfinamiento decolonial

Tengo una hija de siete años, le encantan los cuentos. Sus ojos se abren de par en par cuando una historia se acciona a su alrededor. Como mis estudiantes, está ávida de historias, de cuentos y de mitos. Una de las misiones que nos atañen, a nosotros, los demás, tejedores de relatos y agitadores de viento, consistirá en unir los hilos subterráneos de los mundos que comúnmente no se cruzan, a hacer un rizoma pero de igual manera a acostumbrar a nuestros hijos a beber de las fuentes de lo maravilloso, al margen de la mortífera modernidad. No, Madagascar no es una caricatura. No, Madagascar no le debe nada a Walt Disney. Madagascar primero mira con desprecio a Hollywood, luego con lástima. Porque ella es tan antigua como la Tierra. Es antigua, desde la noche de los tiempos, como la insondable constelación del universo en la intersección de África, del Océano Índico y de Oceanía.

Para educar a los niños de una manera abierta, difractada, transespecie, multipolar, descolonial, no tenemos nada en qué basarnos. En mi lengua materna, el somalí, un adagio dice que el caracol nunca retrocede. Estamos contra la pared. El mundo está acabado, inscrito en el catastro. No hay retroceso. No hay regreso a un paraíso perdido o encontrado. Solo tenemos este planeta deteriorado. Solo tenemos este presente denso por vivir. Y tenemos herramientas que pueden parecer magníficas si tan solo las cuidamos. Nos llegan de las generaciones que nos precedieron. Quiero hablar de los mitos, de las leyendas, de los cuentos y de los relatos que cargan sus respiraciones, que pasan por sus cuerpos y que llegan hasta nosotros con toda su complejidad y matiz simbólicos, oníricos, totémicos o cosmogónicos. ¿Cuáles eran sus tramas? ¿En qué se convirtieron? ¿Qué valores destacaban? De ninguna manera se trata de apropiarse de esos tesoros superponiéndolos a nuestros mitos actuales, a menudo tecnológicos y desencarnados, sino de hacerlos pasar por el ojo de nuestros imaginarios recientes. Los espigadores de ayer nos mostraron la vía porque el pasado también es el futuro. Está frente a nosotros y no detrás puesto que la flecha de la modernidad ya no es un indicador confiable en materia de temporalidad. Somos espigadores de historias desde siempre. Seguimos siendo espigadores porque ayer éramos cazadores, recolectores, nómadas, recicladores, compostadores, basureros, descubridores, proveedores de sonidos y sentidos, friccionadores en búsqueda de ficciones que todavía están bajo la amenaza de la sexta gran extinción, aquella que arruina los presentes y futuros viables para los humanos y las otras formas de vida y ecosistemas.

En África nunca estamos solos. Una vez que salimos del vientre materno, ya nunca estamos solo. Constantemente estamos en contacto directo, físico, permanente con los otros. Somos mirados, tocados, palpados, acariciados, empujados, molestados, acogidos, abrazados por los demás. Por mucha gente. Todo el tiempo. Dondequiera. En todo lugar. De niño tuve el privilegio de conocer el escurrimiento de manos, de palmas y de brazos que te arrolla, derriba y hechiza. Los tiempos cambiaron también para esas cosas y los niños de hoy en día no son amasados como en los tiempos de mi abuela. Nos quedan las historias. Son historias terrícolas a pesar de los sueños ascensionales de los hombres. Recordemos que nada crece allá arriba. Nada palpable, orgánico. No hay biotopo, fauna ni flora allá arriba. No hay arrecifes de coral, no hay fango terrestre. ¿No están cansados de esas películas y relatos conquistadores, narcisistas, repletos de ángeles y de diablos, llenos de remordimientos, de culpabilidades y de castigos? ¡Yo sí! Quiero conversar, mejor cohabitar con espigadores terrosos, con los pies en la arcilla y el musgo de los sotobosques, empecinados en pensar y soñar a partir de sus apegos. Solo son buenos para espigar una y otra vez, bajo la luna y bajo el sol, con el aire frío de la noche, deseosos de enriquecer las potencialidades que solo piden ser alimentadas conservando un grado de autonomía creadora en el medio ambiente inmediato, ya sin glosar acerca del mundo sino siguiendo a la escucha de los ritos y de los ritmos de los múltiples mundos, presentes en su densidad. Ralladuras, texturas, sabores, olores. Un habla desenfrenada, sensual, indómita, eruptiva, tumultuosa, sin fin, pedregosa, fungosa, terrícola… alimentada con los encuentros y condimentada con los peligros que son el otro nombre de la vida.

 

 

Finocchio, Sicilia

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa